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Mientras unos construyen, otros destruyen

Cecilia González Paredes
Biotecnóloga y divulgadora científica

Brasil acaba de demostrar que la ciencia, cuando se sostiene con Estado, puede volverse política pública y no simple espectáculo. En salud, sus científicos y su sistema sanitario han alcanzado dos avances que hablan de un país que no se resigna: por un lado, la OMS validó la eliminación de la transmisión maternoinfantil del VIH, un logro que implica diagnósticos oportunos, control prenatal casi universal y tratamiento inmediato para embarazadas con VIH.

En otra nota, se destaca como investigadores brasileños desarrollaron la polilaminina, un fármaco experimental basado en una proteína de la placenta humana que apunta a regenerar la médula espinal y reactivar conexiones nerviosas dañadas.

Lo notable no es solo la novedad técnica, sino su alcance humano. En el primer caso, Brasil protegió a recién nacidos de una condena evitable y mostró que la prevención también salva vidas con la misma fuerza que una cirugía o un medicamento.

En el segundo, abrió una puerta largamente considerada cerrada: devolver movimiento a personas paralizadas mediante regeneración neuronal, con resultados iniciales prometedores y sin reacciones adversas relevantes reportadas en los ensayos mencionados.

Ambos avances revelan una misma lección: la salud no mejora por milagro ni por discursos, sino por inversión, continuidad y decisión científica. Brasil, con todos sus conflictos, exhibe una capacidad de Estado que convierte las investigaciones de laboratorio en esperanza. Ese contraste, visto desde Bolivia, no puede menos que causar frustración.

Nuevamente somos rehenes de unos cuantos que en vez de construir, solo destruyen. Me he cuestionado qué tan justificado es el reclamo de un sector privilegiado que recibe un sueldo hasta en vacaciones y encima lleva sobre sus hombros la educación de los niños y jóvenes de este país, mientras al mismo tiempo causa destrozos bajo la excusa de “protesta”. Creo que muchos profesionales jóvenes desempleados, pondrían más ganas en educar.

Sin duda, lo más lamentable es que ya hay fallecidos a causa del capricho de los otros pocos que buscan imponernos el cuento de que son el pueblo y que su petición es lo que quiere una mayoría imaginaria. Si bien algunos turistas se lo están tomando como turismo de desmedida aventura, tampoco se pasará por alto que estas medidas incoherentes de protesta, son el mejor repelente para volver a matar el sector turismo.

Pero claro, hay que esperar que el diálogo surja y mientras tanto, los verdaderamente necesitados que coman polvo. El desabastecimiento en los mercados ya es una realidad y la subida de precios por parte de los especuladores, no podía hacerse esperar. Esta situación, no afecta a los que solo buscan dialogar con un grupo reducido de vándalos que solo saben destruir.

¿Se imaginan que el Estado reconfigure la gestión de empresas con problemas de gobernanza laboral y destine los ingresos (o una parte) a un fondo público de investigación y desarrollo? Mediante auditorías, procesos transparentes y garantías laborales puntuales, se podrían implementar ventas condicionadas o alianzas con capital privado; los recursos se gestionarían con convocatorias competitivas y supervisión pública para financiar investigación, formación y modernización sin perpetuar modelos estatistas ineficientes. Pero una solo puede soñar, mientras no puede ni transitar libremente en su propio país.

Mientras nosotros seguimos paralizados por el mismo sindicalismo que destruye en nombre del pueblo, nuestros vecinos siguen generando respuestas a su problemática local. Es hora de que Bolivia deje de ser rehén de quienes solo saben destruir y empiece a invertir en lo que realmente importa: investigación, tecnología, educación y un Estado que construya futuro en vez de paralizarse en protestas infinitas.

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