¡Qué viene el lobo!

Alfonso Cortez

Desde mi barbecho

Comunicador Social

Había una vez, en una pequeña y alejada comunidad aymara -cercana al lago Poopó-, un joven pastorcillo que cuidaba su rebaño de ovinos y camélidos en pleno altiplano boliviano. Sus vecinos, dedicados a la agricultura, admiraban la tenacidad de este mozalbete que sabía conducir a sus ovejas, llamas y alpacas para que encuentren algo de pasto y arbustos en esta agreste planicie.

Para el inquieto pastorcillo, que se entretenía al son de un trompeta, inundando de tristes melodías la desolada naturaleza a su alrededor, la pasividad de su rebaño lo aburría hasta el tedio. Una infausta ocasión, para divertirse y salir de la monótona rutina del frío lugar, se le ocurrió gastarles una broma a los comunarios, que tanto lo querían. En una de esas noches gélidas, cuando la luz de la luna inundaba la faz de estas altas tierras, inspiró profundo, y con todo el oxígeno que pudo meter en sus pulmones, gritó a voz en cuello: ¡Lobo, lobo… qué viene el lobo! ¡Hay un lobo que persigue a mis llamitas!

Los comunarios —solidarios como pocos—, armados de troncos y palos corrieron para ayudar al pastorcito y ahuyentar al lobo. Al llegar a la cima de la colina, donde estaba el núcleo del rebaño, no encontraron a ningún lobo. Todos los animales pastaban felizmente. El pastorcillo, al ver sus rostros asustados, se echó a reír porque habían caído en su engaño. Los aldeanos, gente sencilla y humilde, sonrieron por la broma y bajaron al pueblo sin decir nada.

Algunos días después, el pastor volvió a pedir auxilio a gritos. Sus vecinos subieron a socorrerle, y al ver que se revolcaba de la risa -porque los había engañado nuevamente-, se fueron enojados colina abajo y le aconsejaron que no pida ayuda innecesaria. Estas mentiras se repitieron por mucho tiempo. Siempre había algún comedido que subía a la carrera con la predisposición de ayudar a ahuyentar al lobo.

Un buen día, en el que el pastorcillo se encontraba jugando con un mapache -nadie sabe cómo llegó este animalito predador al altiplano-, un verdadero lobo apareció cerca del rebaño. Esta vez, era cierto. Un enorme lobo, de feroces fauces, comenzó a perseguir a las ovejas, llamas y alpacas del pastor mentiroso. Aterrado -fuera de sí-, gritando histéricamente, el pastorcillo vociferaba a los cuatro vientos: ¡Lobo, lobo, me persigue un lobo! Esta vez, pensando que estaban siendo engañados nuevamente, ninguno de los comunarios acudió en su ayuda. El pastorcito lloró inconsolablemente, mientras veía al lobo devorar a todo su rebaño.

Al atardecer, cuando bajó al pueblo, les preguntó: ¿por qué no quisieron ayudarme? Sus vecinos le respondieron al unísono: “Te hubiéramos ayudado, así como lo hicimos en tantas ocasiones; pero, nadie cree en un mentiroso, incluso cuando dice la verdad”.

Esta cándida fábula -atribuida a Esopo y con algunas variaciones de mi parte-, acaba con una moraleja que, dados los últimos acontecimientos, y los casi veinte años de falsedades, invenciones, medias verdades, tergiversaciones, relatos antojadizos, farsas y posverdades, vale la pena repetir: “En boca del mentiroso, lo cierto se hace dudoso”.

Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia.