Cecilia González Paredes
Biotecnóloga y divulgadora científica
Hace algunos días, durante un evento abierto al público, donde compartía las bondades de la biotecnología, me consultaron qué es lo que más me emocionaba de esta disciplina. No lo dudé ni 30 segundos: las sorpresas que hay cada día.
Varios años atrás, mis profesores aseguraban que las leyes de herencia genética de Mendel permanecerían intactas por siempre. Hace unos 10 años llegó la tijera molecular CRISPR y nos probó que estas sí pueden cambiar y en vez de tener un patrón hereditario de 9:3:3:1, se puede lograr que toda la descendencia de un insecto como los mosquitos que transfieren enfermedades como malaria, chikungunya y otros, puedan ser alterados de manera que los mosquitos femeninos no se expresen en las siguientes generaciones y por ende, el vector no pueda parasitar a los mosquitos, reduciendo los contagios de este tipo de enfermedades.
También se nos repetía que el dogma central de la biología molecular era de solo una dirección (ADN hacia ARN y luego la producción de aminoácidos, que forman proteínas). Este año, un nuevo mecanismo bacteriano, nos enseñó que también puede irse en sentido contrario. Noticia que nos dejó totalmente sorprendidos.
Con todo esto, la noticia sobre la llamada “SpudCell[1]” confirma algo fascinante: la biología ya no solo se observa, también se reconstruye. Según la revista Science, científicos lograron crear una célula artificial “desde cero” que no nació de una célula previa, sino de componentes químicos ensamblados en el laboratorio, y que además pudo crecer, copiar instrucciones genéticas y dividirse por varias generaciones. El avance es enorme porque no se trata de una célula natural “reducida”, sino de un sistema construido desde la base, un paso muy importante para entender qué hace que algo se comporte como vida.
¿Y por qué importa tanto? Porque esto abre una vía para diseñar plataformas biológicas hechas a la medida: modelos más simples para estudiar procesos fundamentales, herramientas para producir medicamentos, sistemas para capturar carbono o incluso para comprender mejor cómo surgió la vida en la Tierra. En otras palabras, no es solo una curiosidad de laboratorio: es una puerta hacia nuevas aplicaciones científicas y tecnológicas con impacto real.
Pero toda puerta nueva también exige cautela. La misma capacidad de construir sistemas biológicos desde cero puede usarse sin suficientes controles, generar dilemas sobre bioseguridad, propiedad intelectual, experimentación responsable y posibles usos indebidos. Por eso, este tipo de avances debe ir acompañado de regulación clara, supervisión ética, transparencia y debate público informado. No se trata de frenar la ciencia, sino de evitar que el entusiasmo tecnológico se convierta en riesgo social.
Y aquí aparece una lección de fondo: invertir en ciencia no es un lujo, es una necesidad. Muchas veces se cree que los jóvenes en Bolivia formados en ciencia y tecnología, solo terminarán aumentando la fuga de cerebros. Por ello, es necesario dejar de gastar en áreas sin ningún retorno y empezar a generar entornos donde se pueda captar más inversión en investigación y desarrollo de propuestas adaptadas a nuestra realidad.
Los países que apuestan por la investigación forman talento, resuelven problemas propios, fortalecen su soberanía tecnológica y no dependen siempre de soluciones importadas. La ciencia no solo explica el mundo: también ayuda a transformarlo con inteligencia, prudencia y visión de futuro.
[1] https://www.science.org/content/article/lab-created-spudcell-marks-major-step-toward-building-life-scratch
