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Mejorando las papas genéticamente

Cecilia González Paredes
Biotecnóloga y divulgadora científica

Un artículo de Nature Ecology and Evolution del 2019, reconstruyó, mediante genomas historicos y contemporaneos, el origen andino de la papa y su adaptación europea, identificando genes candidatos asociados a la formación de tubérculos bajo días largos y mostrando que las variedades europeas tempranas (1650-1750) estaban relacionadas con variedades locales andinas, mientras que la adaptación a días largos se consolidó después mediante mezcla con genotipos chilenos.

Este trabajo subraya la riqueza genética de las papas nativas de los Andes como fuente de alelos útiles para resiliencia y adaptación, un potencial que países como Bangladesh ya intentaban aprovechar hacia 2019 con papas genéticamente modificadas, que incorporan genes de papas nativas sudamericanas, incluyendo un gen de una papa nativa de Bolivia. La investigación demostró que la diversidad genética de las papas andinas contiene variantes que podrían conferir resistencia a estrés abiótico como sequía, heladas y salinidad, características relevantes ante la variabilidad climática global.

Esta semana la UMSA difundió noticias sobre iniciativas que buscan en papas nativas genes de resistencia a sequías y heladas, articulando investigación con conocimiento ancestral para desarrollar variedades más resilientes frente a fenómenos climáticos extremos como el «Super Niño» 2026-2027, que podría afectar cultivos clave mediante sequías, inundaciones y altas temperaturas. El proyecto Papas Resilientes une ciencia con saberes de agricultores que por generaciones seleccionaron cepas adaptadas a condiciones extremas del altiplano y valles. Sin embargo, la UMSA pretende utilizar cruzas normales, método que aumenta lo aleatorio y la incertidumbre, siendo que se requieren soluciones más pronto.

En paralelo, la universidad ha presentado propuestas de política pública en áreas estratégicas (litio, minerales críticos), demostrando capacidad de generar diagnósticos y rutas técnicas para el desarrollo nacional, pero sin que exista aún un marco normativo claro que habilite la biotecnología agrícola más allá de la investigación académica. La ausencia de legislación específica sobre organismos genéticamente modificados o el uso de técnicas de edición génica mantiene a Bolivia en desventaja frente a países vecinos.

Desde hace años he seguido de cerca el debate sobre edición génica en la región y otras partes del planeta: mientras se promueve la biotecnología como solución para productividad y crisis climática, persisten reticencias sociales y vacíos institucionales que frenan su aplicación en Bolivia. Organizaciones campesinas y ambientalistas expresan preocupación por biodiversidad nativa y soberanía alimentaria, mientras científicos y productores argumentan que la biotecnología es indispensable. Sin una normativa específica, políticas de biotecnología y mecanismos de evaluación de riesgo/beneficio, los esfuerzos de la UMSA quedarán confinados a pequeña escala, limitando la transferencia de soluciones a sistemas productivos y evitando que se aprovechen genes de resistencia para otros cultivos más allá de la papa como quinua, oca, haba y otros granos andinos.

La ausencia de un marco regulatorio impide la articulación con estándares internacionales de inocuidad y trazabilidad, reduciendo oportunidades de exportación y competitividad del sector agroalimentario. Países como Argentina, Brasil, Chile y Uruguay ya han desarrollado marcos normativos que distinguen entre transgénicos y productos de edición génica, facilitando la innovación.

En consecuencia, sin trabajo coordinado en normativa, política pública y comunicación científica que reduzca la reticencia social, las soluciones basadas en biotecnología seguirán siendo prototipos académicos. Es esta reticencia a utilizar la biotecnología lo que nos deja estancados, impidiendo el desarrollo de biotecnología aplicada a mejorar cultivos agrícolas y no solo la papa, perpetuando nuestra dependencia y atraso.