Publicado en

Almendra chiquitana: un tesoro ancestral que se convierte en una apuesta productiva sostenible y de largo plazo

BIOECONOMÍA. La apertura del mercado europeo, el avance de las plantaciones y las experiencias que combinan los árboles con la ganadería abren posibilidades para ampliar esta cadena. El salto de escala, sin embargo, requerirá investigación, trazabilidad, calidad, financiamiento y una estrategia regional que permita crecer sin desmontar ni dejar atrás a las comunidades.

Karina Vargas Alba / Concepción

En un país que necesita diversificar sus exportaciones y generar nuevas fuentes de divisas, la almendra chiquitana es una oportunidad. A diferencia de los minerales y los hidrocarburos, que son recursos finitos y articulan cadenas relativamente cortas, este fruto nativo puede sostener una producción renovable durante décadas, movilizar actividades desde la recolección hasta la transformación y distribuir una mayor parte de los ingresos en el territorio donde se produce.

La primera ExpoAlmendra Chiquitana, realizada recientemente en Concepción, mostró el resultado del trabajo desarrollado en los últimos años para desarrollar esta cadena productiva, pero también los desafíos. El analista Martín Rapp planteó que Bolivia necesita ampliar su canasta exportadora con alimentos capaces de generar un activo productivo permanente. En esa perspectiva, la almendra reúne un conjunto de atributos poco frecuentes: es nativa, cada árbol puede producir durante alrededor de 60 años, tiene menor dependencia de insumos importados que otros cultivos y se dirige a mercados que valoran el origen, la nutrición y la sostenibilidad.

“Bolivia tiene un producto nativo, renovable, ya alineado con esa tendencia y aún sin explotar: la almendra chiquitana”, resumió Rapp.

La oportunidad no surgió solo por la apertura del mercado europeo. Es el resultado de más de 22 años de trabajo para conocer el fruto, mejorar el quebrado, organizar la recolección y el acopio, desarrollar productos y abrir rutas comerciales. El recorrido desde las primeras quebradoras hasta la exportación estuvo marcado por ensayos, dificultades y aprendizajes que permitieron convertir un recurso silvestre, antes destinado principalmente al consumo familiar, en el punto de partida de una cadena con proyección internacional.

Buena parte de ese crecimiento descansa en las comunidades y, especialmente, en las mujeres. Ellas recolectan, quiebran y acopian la almendra, administran fondos, elaboran alimentos y cosméticos y sostienen emprendimientos que llevan el fruto a nuevos consumidores. Ese esfuerzo se extiende como queda en evidencia en Concepción, donde organizaciones de mujeres avanzan en la transformación; está surgiendo un centro de investigación, y docentes y estudiantes experimentan con derivados y aprenden a reconocer la almendra como parte de su alimentación, su identidad y las posibilidades productivas de su territorio.

La diferencia frente a otros modelos productivos no reside únicamente en el tipo de alimento, sino en su relación con el territorio. La almendra silvestre se recolecta cuando el fruto cae y su aprovechamiento no exige talar el árbol. Hoy también se desarrollan nuevas plantaciones en potreros y con sistemas diversificados, con el objetivo de integrar su producción con la ganadería, en un proceso de largo plazo.

El analista Martin Rapp explicó las potencialidades de la almendra chiquitana y las tareas urgentes, como la consolidación de una denominación de origen.

Un mercado con gran potencial

La posibilidad de llegar a nuevos destinos recibió un impulso en 2025. Mediante el Reglamento de Ejecución 2025/1263, la Unión Europea autorizó la comercialización de semillas tostadas de Dipteryx alata -la especie a la que pertenecen el barú brasileño y la almendra chiquitana- como alimento tradicional procedente de un tercer país.

La norma entró en vigor en julio de 2025 y establece condiciones de composición, humedad, inocuidad y ausencia de contaminantes. Para Rapp, quien también está participando en el desarrollo de la cadena a través de una comercializadora, esta decisión significa que el mercado europeo se encuentra en una etapa inicial y ofrece un gran potencial.

A ello se suma el precedente marcado por el reglamento europeo sobre productos libres de deforestación que entrará en vigencia paulatinamente a partir del 30 de diciembre. La almendra no está incluida entre las materias primas reguladas, pero la norma exige a determinadas cadenas demostrar, mediante geolocalización y trazabilidad, que sus productos no proceden de terrenos deforestados.

Esta exigencia alcanza actualmente a productos como ganado, cacao, café, soya, caucho, madera y aceite de palma, varios de ellos vinculados con la expansión de la frontera agropecuaria. Aunque no regula directamente a los frutos secos, instala un estándar que comienza a influir sobre las decisiones de comercializadores y consumidores.

En un país como Bolivia, que en 2025 volvió a ocupar el segundo lugar mundial por pérdida de bosque tropical primario, según el World Resources Institute, la capacidad de demostrar que un producto conserva la cobertura forestal puede convertirse en una ventaja competitiva.

“La almendra chiquitana se cosecha sin talar un solo árbol: nace libre de deforestación por diseño, no por certificación forzada”, afirmó Rapp.

Hay que cuidar esa ventaja. El incremento de la producción deberá mantener el vínculo con el bosque, evitar que las plantaciones sustituyan áreas naturales y construir sistemas que permitan conocer de qué comunidad, propiedad o zona de recolección procede cada lote.

La trazabilidad no es sólo un requisito administrativo, es esencial para la competitividad futura. Será necesario distinguir la almendra procedente del bosque, de potreros arbolados y de nuevas plantaciones; georreferenciar las áreas productivas y demostrar que la expansión no está asociada con el desmonte.

Una cadena en crecimiento

Un diagnóstico integral de la cadena de valor, elaborado en 2026 para el Programa PPP Bolivia de la Fundación para la Conservación del Bosque Seco Chiquitano (FCBC), estima que más de 1.000 familias participan en la recolección, principalmente familias chiquitanas y con una presencia predominante de mujeres. La actividad alcanza a unas 60 comunidades de nueve municipios, además de propiedades privadas cercanas. También existen alrededor de 45 centros de acopio distribuidos en más de 30 comunidades y centros poblados.

Pese a esa extensión territorial, el 90% de las familias recolectoras entrega menos de 30 kilos al año. La cifra refleja la baja productividad de numerosos árboles, la variabilidad de las cosechas y el costo que representa recolectar en áreas donde los almendros se encuentran dispersos.

La cadena ya abrió canales internacionales. En 2025 se exportaron entre 11 y 13 toneladas, principalmente crudas y por vía aérea hacia Estados Unidos y Canadá. En 2023, cuando hubo mayor disponibilidad del fruto, las ventas externas superaron las 20 toneladas. En el mercado nacional se comercializan entre cuatro y seis toneladas al año y cerca del 70% de la demanda se concentra en Santa Cruz de la Sierra. El principal producto es la almendra tostada, aunque también se desarrollaron barras, mantequillas, harinas, galletas, bebidas vegetales, aceites y cosméticos.

El precio pagado al productor osciló en 2025 aproximadamente entre 35 y 80 bolivianos por kilo, dependiendo del municipio y de la competencia entre compradores. En los centros de acopio, se comercializa a 100 bolivianos el kilo y en el mercado local, luego de su procesamiento, el kilo supera los 350 bolivianos. En el mercado internacional, puede superar los 100 dólares.

Para Rapp, uno de los principales desafíos es dar valor agregado al fruto. La transformación en Bolivia permitiría generar empleos, ampliar la variedad de productos y conseguir que una mayor parte del valor permanezca en el país.

Una oportunidad todavía embrionaria

Rapp aplicó nueve indicadores para evaluar el grado de madurez de la actividad. Los nueve situaron a la cadena en una etapa embrionaria, pero con una gran proyección. La producción y las exportaciones todavía son pequeñas frente al potencial del recurso; el producto continúa siendo desconocido fuera de algunos nichos; la gama comercial es limitada; los compradores se encuentran explorando calidad y volumen; y no existen suficientes contratos de largo plazo.

La oferta, además, depende en gran medida de una cosecha silvestre que varía de un año a otro. Un árbol puede producir entre cero y 7.800 frutos al año. En temporadas favorables, el promedio se sitúa entre 1.000 y 2.000 frutos, mientras que en años malos puede bajar a entre 100 y 700. La genética, la alternancia natural, el clima, los incendios, los depredadores, los pesticidas, el suelo y la competencia con otras plantas influyen en los resultados. Esto dificulta garantizar volúmenes constantes a los compradores.

Sin embargo, este es un momento de oportunidades. Rapp señaló que quienes apuesten por la almendra chiquitana ahora pueden acompañar el crecimiento de un mercado todavía poco desarrollado y posicionarse antes de que aumente la competencia.

Los desafíos para dar el salto

Marcelo Cardozo, coordinador de Chiquitanía Novel Foods, una empresa comercializadora, advirtió que disponer de un producto con atributos ambientales y comerciales no significa que ya exista una cadena de valor consolidada.

Durante más de dos décadas se impulsaron acciones en la recolección, el acopio, el procesamiento, la comercialización y la exportación, pero estos eslabones avanzaron a diferentes velocidades. La producción comunitaria permanece dispersa, la transformación industrial es incipiente y los recolectores todavía no cuentan con una organización que los represente de manera conjunta.

“Ha tomado 22 años para llegar a este punto y no tenemos ese mismo tiempo para enfrentar los desafíos”, señaló Cardozo al plantear que la cadena se encuentra ante un momento de inflexión.

Uno de los principales problemas continúa siendo el quebrado, el proceso durante el cual se extrae la almendra tras partir su corteza. La extracción de la semilla se realiza mayormente en los domicilios, mediante máquinas sencillas o herramientas manuales, con rendimientos que oscilan entre 250 gramos y un kilo por hora.

Para seguir en camino hacia la exportación, el fruto no debe estar quebrado ni dañado luego de sacarlo de su corteza. Foto: Portal Verde

En condiciones favorables, una persona puede quebrar y extraer alrededor de tres kilos por jornada. La dureza del fruto complica el proceso. La falta de mecanización también limita el volumen y desarrollar el valor agregado que permanece en las comunidades. A ello se suman las condiciones sanitarias para su preservación. La humedad puede favorecer la aparición de hongos, mientras que el almacenamiento inadecuado expone la almendra a residuos, polillas y gorgojos.

Rapp identificó cinco cuellos de botella que hoy frenan la escalabilidad. Es necesario construir una denominación de origen que diferencie la almendra chiquitana del barú brasileño; avanzar en su reconocimiento y registro internacional como producto de origen boliviano; garantizar la calidad en todos los eslabones; aumentar la investigación, la productividad y el rendimiento por árbol y por hectárea; y financiamiento para un proceso que demandará unos 14 años antes de consolidar la producción en las nuevas plantaciones.

Cardozo sostuvo que, para avanzar, la cadena necesita una mirada sistémica: producir más sin mejorar el quebrado trasladará el cuello de botella; transformar sin una oferta constante dejará capacidad ociosa; y abrir mercados sin asegurar la calidad aumentará el riesgo de devoluciones.

Plantaciones que buscan convivir con la ganadería

El crecimiento futuro dependerá de aumentar la oferta sin perder el atributo ambiental. La ExpoAlmendra Chiquitana también permitió conocer la experiencia de algunas propiedades que están trabajando con esta especie. El predio Arizona tiene cerca de 1.000 hectáreas y su principal actividad es la ganadería. Actualmente cuenta con 90 hectáreas de plantaciones de almendra y aproximadamente 17.000 árboles establecidos con diferentes distancias. La meta de los propietarios es alcanzar 500 hectáreas.

El 30% de una plantación realizada en diciembre de 2022 comienza a dar frutos, aunque en pequeñas cantidades. “Estamos experimentando, todos estamos aprendiendo. En el tema de cultivo y manejo, todos estamos aprendiendo”, explicó Reinaldo Flores, técnico de FCBC que trabaja en el lugar.

El predio también conserva alrededor de 5.000 almendros nativos. Sin embargo, su historia muestra lo que ocurrió antes de reconocer el valor de la especie: buena parte de los árboles originales fue desmontada para establecer potreros.

Ahora se instalaron parcelas permanentes y se realizan mediciones para determinar cómo crecen las copas y qué distancia debería mantenerse entre árboles. También se hicieron análisis físicos y químicos del suelo, que identificaron deficiencias de materia orgánica, fósforo, azufre, nitrógeno, calcio, potasio, magnesio y boro.

El manejo después de plantar

En Sunima-Candelaria, cerca de San Ignacio de Velasco, se combinan la ganadería, la regeneración natural, las plantaciones y áreas bajo manejo. Allí conviven los almendros de origen natural y los cultivados, totalizando un registro de más de 12.000 árboles. En la zona de plantaciones, durante los primeros dos años, el control de malezas se realiza manualmente y la materia vegetal retirada se incorpora nuevamente al suelo para aportar materia orgánica, conservar humedad y evitar que la tierra permanezca descubierta. El ganado ingresa desde el tercer año, una vez que los árboles superan aproximadamente un metro de altura y el pasto está desarrollado.

La experiencia muestra que ambas actividades pueden ser complementarias. Las áreas silvopastoriles intervenidas presentaron más plantas con fructificación que los sectores de bosque natural sin manejo y aquellos donde el ganado ingresaba sin control.

El diagnóstico integral estableció que existen más de 800 hectáreas plantadas y aproximadamente 100.000 almendros vivos en diferentes propiedades. La extensión podría alcanzar 10.000 hectáreas con nuevos proyectos en diferentes propiedades. Cerca del 90% de la superficie actual se encuentra en San Ignacio de Velasco.

La expansión está siendo impulsada principalmente por propietarios medianos y grandes, ganaderos vinculados con grupos empresariales y empresas forestales. En la mayoría de las áreas, los almendros se combinan con otras especies productivas o forestales.

Este crecimiento puede aportar volumen y continuidad, pero también abre una preocupación: que las comunidades que desarrollaron la recolección silvestre queden relegadas frente a actores con mayor capacidad de inversión.

Cardozo advirtió que la integración vertical puede mejorar la eficiencia, pero debe acompañarse con organización social y una definición de roles que permita a las comunidades participar en los beneficios y no quedar reducidas a proveedoras ocasionales.

Las experiencias acumuladas están dejando lecciones aprendidas. La regeneración natural puede requerir menos inversión y ofrecer mayor supervivencia que las nuevas plantaciones. La ganadería puede convivir con los almendros, pero requiere control, Seleccionar árboles semilleros puede mejorar las plantaciones, pero no tendrán impacto en suelos degradados o sin seguimiento.

La almendra chiquitana en diferentes etapas de procesamiento antes de ser comercializada.

Un camino común

La cadena de la almendra chiquitana ofrece oportunidad que combina economía, conservación e inclusión social. Llegar a nuevos mercados dependerá de demostrar que el producto mantiene esos atributos mientras aumenta sus volúmenes. Rapp propuso posicionarlo ante el Gobierno, diferenciarlo del barú brasileño, asegurar su calidad y promoverlo como parte de sistemas productivos diversificados, no como monocultivo.

“Solo avanzamos si trabajamos toda la cadena; la solución no es individual”, afirmó Martin Rapp.

Después de 22 años de pruebas, investigaciones, organización comunitaria y apertura comercial, es momento de construir un gran proyecto regional, donde comunidades, recolectores, propietarios, empresas, universidades, organizaciones y autoridades conozcan sus responsabilidades, compartan información y avancen bajo una misma visión.

La oportunidad de la almendra chiquitana está identificada. El desafío es aumentar su producción, darle valor agregado y llegar a nuevos mercados, cuidando el bosque que le da origen y a las comunidades que la conservan.