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Incubación asistida: la apuesta científica para recuperar a la paraba barba azul en Bolivia

CONSERVACIÓN. En el Beni, diversas instituciones redoblan esfuerzos para evitar la desaparición de esta especie endémica en peligro crítico. Ahora suman herramienta innovadora respaldada por la academia.

Erika Bayá Santos

En Loreto la población distingue con claridad entre el graznido de la paraba azul y amarillo (Ara ararauna) y el de la paraba barba azul (Ara glaucogularis). Sin embargo, no siempre fue así. Hace dos décadas, en esta comunidad ubicada a 55 kilómetros de Trinidad, en el departamento del Beni, ni siquiera se reconocía que se trataba de especies distintas. Fue el trabajo sostenido de diversas organizaciones especializadas en aves lo que permitió informar y educar a la población, logrando que hoy las identifique y valore. Con el tiempo, la paraba barba azul, endémica de Bolivia, se ha convertido en un verdadero emblema beniano.

Don Ponciano Zabala Flores, estanciero de La Lupita, en Loreto, las describe con precisión: la paraba barba azul, además de la característica franja azul en la garganta, presenta la piel rojiza en el rostro; es más pequeña y se muestra más esbelta al surcar los cielos. En cambio, la paraba azul y amarillo tiene la “barba” negra, un rango de distribución mucho más amplio y un cuerpo más robusto. Son rasgos que los loretanos reconocen al vuelo y sin necesidad de binoculares.

La paraba barba azul habita únicamente en una porción de los Llanos de Moxos. Históricamente, se han identificado tres subpoblaciones fragmentadas en los municipios de Loreto, San Javier y San Ramón. Posteriormente, se confirmó también su presencia en Exaltación, Santa Ana y Santa Rosa.

Actualmente, está catalogada como “En Peligro Crítico” por la UICN. Es una especie altamente vulnerable a presiones antrópicas como los incendios, el manejo inadecuado de los ecosistemas y la deforestación. Además, fue intensamente traficada para el mascotismo en la década de 1980, al punto de ser considerada extinta. En 1992, se estimó que su población se reducía a tan solo 50 individuos. Sin embargo, estudios posteriores han calculado que existen al menos 450 ejemplares en estado silvestre, distribuidos en un área más amplia de la que se creía inicialmente.

Pichones de paraba barba azul, nacidos en una de las cajas nido de la propiedad Villa Lupita en Loreto, Beni. Foto: Rafael Mounzon

Esfuerzos para su conservación

Durante más de dos décadas se han extremado esfuerzos para mantener las poblaciones de estas parabas. La Fundación Conservación Loros de Bolivia (CLB) viene implementando, con buenos resultados, un programa de cajas nido en distintas estancias, con el apoyo de la población local. Este año, además, y con la aprobación de la Dirección General de Biodiversidad y Áreas Protegidas (DGBAP) y el respaldo del Centro de Investigación de Recursos Acuáticos (CIRA) de la Universidad Autónoma del Beni José Ballivián (UABJB) se ha incorporado también el uso de incubadoras: una herramienta de conservación aplicada en Bolivia, también respaldada en el ámbito internacional por World Parrot Trust y por veterinarios de Puerto Rico, Argentina, Costa Rica y México.

“Este año se incluyeron las incubadoras, y los resultados no solo han sido un éxito para la reproducción de la especie, sino también para el equipo y la ciencia en Bolivia, porque se van desmitificando muchas ideas”, explica Rafael Mounzon, director de CLB.

Agrega que durante años se creyó que tocar una cría provocaría el abandono inmediato por parte de sus padres. Sin embargo, la experiencia en campo ha demostrado lo contrario. “Mucha gente piensa que los loros son como los perros, que si tocas a su cría la madre la rechaza, pero no es así”, indica. Este cambio de enfoque ha permitido a CLB actuar con mayor rapidez frente a situaciones críticas, como pichones debilitados o con pérdida de peso.

Mounzon señala que, gracias a la incubadora, los técnicos pueden monitorear de forma constante el estado de los pichones, alimentarlos de manera controlada y aplicar tratamientos veterinarios sin las limitaciones que implica acceder a los nidos. “Antes, llegar a un nido podía implicar seis horas diarias a caballo. Hoy podemos responder de manera inmediata y eso ha incrementado significativamente la supervivencia”, afirma.

Recuperación de huevos

Inspirados en experiencias internacionales, como proyectos similares con loros en Puerto Rico, comenzaron a recuperar huevos abandonados o dañados en las cajas nido. “Algunos presentan fisuras; otros son dejados atrás cuando los padres perciben amenazas en el entorno. Incluso hemos encontrado huevos que las propias parabas esconden. Antes se perdían; ahora pueden ser incubados y desarrollarse normalmente”, expresa.

Mounzon detalla que el proceso no termina con la eclosión. Una vez que el pichón supera las primeras etapas críticas, se busca su reinserción en el entorno natural. En algunos casos, regresa con sus padres biológicos; en otros, se recurre a una estrategia más compleja: la adopción. “No queríamos que un pichón nacido en libertad termine en cautiverio. Entonces decidimos colocarlo en un nido con padres adoptivos”.

Esta técnica requiere precisión. Para ello, se seleccionan nidos activos con huevos de la misma temporada. “En uno de los casos más recientes, un pichón huérfano fue introducido en un nido cuyos padres no habían abandonado. La aceptación no fue inmediata, pero ocurrió. Tomó más tiempo de lo esperado, pero finalmente fue aceptado. Hoy crece con normalidad y es monitoreado como cualquier otro pichón”.

Historia de éxito

La historia fue así: este año, en uno de los nidos, el equipo encontró un huevo que había sido descartado por sus propios padres. Aún estaba tibio cuando lo detectaron, lo que encendió una luz de esperanza. Tras realizarle una oviscopía, confirmaron la presencia de desarrollo embrionario y vasos sanguíneos activos. Contra todo pronóstico, decidieron salvarlo. El huevo finalmente eclosionó y nació un pichón de apenas 3 gramos, muy por debajo del peso habitual —entre 5 y 10 gramos—, lo que hacía prever un desenlace poco alentador. Sin embargo, el equipo redobló esfuerzos: durante los primeros días fue alimentado cada hora, luego cada tres, y más adelante en intervalos regulares a lo largo del día. Tras diez días de cuidados intensivos en incubadora, fue trasladado a un nido con padres adoptivos.

Jorge Roca, encargado de monitoreo de CLB, colocando cámaras trampa en frente de una de las cajas nido. Foto: Rafael Mounzon

Jorge Roca, encargado del monitoreo de las cajas nido de CLB, nos cuenta que el pichón que nació en la incubadora ya tiene un mes y está creciendo fuerte y sano, gracias a la alimentación que recibe de sus padres adoptivos. Esta pareja de parabas tuvo dos huevos que no llegaron a eclosionar, por lo que se convirtieron en los candidatos perfectos para criar al pichón huérfano.

“Costó un poco al inicio. Poco a poco lo fueron aceptando, ahora ellos se encargan de alimentarlo y nosotros ya no intervenimos en la asistencia a ese pichón”, describe Roca durante una conversación en el Potrero Moki, uno de los tantos lugares donde CLB tiene cajas nido.

Para Mounzon, esta experiencia marca un hito en la aplicación de herramientas de conservación en Bolivia. El siguiente paso es sistematizar y compartir el conocimiento generado, con la mirada puesta en su posible implementación en otras especies que hoy se encuentran en estado crítico o de alta vulnerabilidad.

Cajas nido, respuesta a la escasez de palmeras

En el Beni, la paraba barba azul enfrenta una intensa competencia por cavidades naturales. Palmeras como el motacú (Attalea phalerata), el totaí (Acrocomia aculeata) o el árbol de sujo (Sterculia apetala), fundamentales para anidar, son cada vez más escasas o suelen estar ocupadas por otras especies.

Parabas de mayor tamaño, como la amarilla (Ara ararauna) o la roja (Ara chloropterus), imponen su fuerza y la desplazan en la disputa por estos espacios. Pero no son las únicas: patos, lechuzas, loros más pequeños, abejas e incluso algunos mamíferos compiten por los mismos huecos. En este contexto, la posibilidad de anidar se convierte en una carrera desigual.

 CLB tiene distribuidas al menos 100 cajas nido en distintas propiedades del municipio de Loreto. Un espacio esencial para la recuperación de esta especie. Fotos: Rafael Mounzon y Erika Bayá

Frente a este problema, surgió la instalación de cajas nido artificiales, una solución que también ha sido adoptada por otras organizaciones en distintas propiedades. El programa de la CLB se extiende actualmente a 20 propiedades privadas que abarcan cerca de 10.000 hectáreas dentro del área protegida Gran Mojos, con al menos 120 cajas nido instaladas. Sin embargo, más allá de la infraestructura, el proyecto se sostiene sobre un componente menos visible y más complejo: la educación ambiental.

“Primero había que explicar qué es la paraba barba azul, por qué es importante y por qué necesitábamos trabajar en sus tierras”, cuenta Mounzon.

El proceso implicó dialogar con propietarios, comunidades y construir confianza. Con el tiempo, ese trabajo dio paso a una nueva etapa, la participación activa de la gente local. “Ellos conocen el territorio mejor que nadie. Saben dónde han visto parabas, dónde podrían anidar. Esa información es clave”, remarcó.

Resultados concretos

Esa alianza comenzó a dar resultados concretos. En la estancia Villa Lupita, por ejemplo, se instalaron las primeras cajas nido y, en 2022, se registraron los primeros éxitos: tres huevos y tres pichones. A partir de ese momento, el programa empezó a expandirse hacia estancias vecinas. Hoy, varias propiedades cuentan con nidos activos, y los registros más recientes confirman un avance significativo. “Este año tenemos seis nidos activos con doce pichones, en lugares donde antes no había registros de nidificación”, celebró Rafael.

Para el biólogo especializado en ornitología, el impacto va más allá de los números. La instalación de cajas ha demostrado que la especie puede adaptarse si encuentra condiciones adecuadas. “Nos hemos dado cuenta de que, si aumentamos las cajas en otras zonas, las parabas se mueven en busca de lugares seguros”. En otras palabras, no solo se está protegiendo la reproducción, sino también ampliando el mapa de vida de la especie.

Una vez instaladas, las cajas nido pasan a formar parte de un sistema de monitoreo constante. Los dos monitores, Jorge Roca y el guardaparque del Área Protegida Municipal Gran Moxos, Félix Vargas revisan periódicamente cada estructura, y cuando detectan actividad, intensifican el seguimiento. El crecimiento de los pichones, su peso y su comportamiento son registrados con precisión. Este nivel de control ha permitido mejorar el rendimiento reproductivo de una especie históricamente vulnerable.

Los monitores Jorge Roca y el guardaparque del Área Protegida Municipal Gran Moxos, Felix Vargas, revisan periódicamente las cajas con movimiento de las parabas. Foto: Erika Bayá

Es momento de volar

“Según estudios, el índice de éxito reproductivo era de apenas 0,05”, explica el director. Sin embargo, ese panorama está cambiando. “Este año hemos tenido entre 23 y 25 huevos, de los cuales 17 han eclosionado y siguen con vida, solo falta que salgan volando”. (Durante la visita de la RAI Bolivia a las estancias, las parabas aún estaban en crecimiento, al cierre de este reportaje 10 ya habían abandonado el nido). El salto es significativo y refleja no solo el efecto de las cajas nido, sino también el trabajo coordinado entre múltiples actores.

Entre ellos, destaca la participación de la Universidad Autónoma del Beni, que, en su rol como Institución Científica Acreditada (ICA) y autoridad CITES, ha acompañado el desarrollo técnico del programa. “No trabajamos solos. Hay un respaldo institucional que permite que estos proyectos tengan sustento científico y legal”, subrayó.

Este enfoque es respaldado por Álvaro Aguilar Kirigín, director del CIRA en la UABJB que cumple un papel operativo clave en la conservación de la paraba barba azul. La Universidad no solo canaliza autorizaciones respaldadas hacia las autoridades nacionales, sino que también acompaña los procesos científicos de organizaciones como CLB e integra a estudiantes y profesionales en los distintos planes de acción para la conservación de las parabas en su hábitat natural.

“Buscamos, además, formar a futuras generaciones de profesionales, como veterinarios especializados en fauna silvestre, para que continúen con estos procesos de conservación”, detalla la autoridad universitaria.

Álvaro Aguilar advierte que el futuro de esta especie beniana no depende únicamente del rol que están jugando las distintas organizaciones o la misma universidad. La conservación de la paraba barba azul y de otras especies endémicas está estrechamente ligada al buen estado de los humedales y llanuras del Gran Moxos, un ecosistema único y altamente frágil.

Educar para conservar: alianza con la comunidad

La educación ambiental se ha convertido en un eje transversal en el trabajo de conservación de la paraba barba azul, especialmente por su convivencia cercana con comunidades y predios ganaderos. Por eso CLB impulsa un proceso sostenido de sensibilización para que la población comprenda la importancia de proteger las islas de palmeras donde la especie habita y nidifica, así como evitar prácticas como la caza, los incendios forestales o la destrucción de su hábitat.

El Club de Observadores de Aves de Loreto, es uno de los proyectos de Educación Ambiental de CLB. Foto: Erika Bayá
Según René Ibáñez, coordinador de CLB y responsable de educación ambiental, uno de los mayores desafíos ha sido lograr un equilibrio entre la conservación y las prácticas culturales. En el Beni, el uso de plumas de paraba en el traje tradicional del machetero representaba una amenaza directa. A través de procesos educativos, se ha promovido la adopción de alternativas artificiales, lo que ha permitido preservar la identidad cultural sin afectar a las parabas. Este cambio refleja un avance significativo en la apropiación social de la conservación.

Ibáñez señala que el trabajo también prioriza la vinculación con actores locales: escuelas, jóvenes, ganaderos y municipios. Se han generado espacios de participación y redes colaborativas, como el Club de Observadores de Aves y articulaciones con guardaparques, fortaleciendo el conocimiento y el compromiso comunitario. Este enfoque busca que la conservación no dependa únicamente de instituciones, sino que sea sostenida por la propia población.

Además, destaca el uso del arte y la cultura como acciones clave para amplificar el mensaje. La construcción de una gran escultura de la barba azul en Trinidad, la organización de ferias, música y otras expresiones han permitido llegar a un público más amplio y generar identidad en torno a la especie. De este modo, la paraba barba azul no solo se consolida como símbolo del Beni, sino también como una “especie paraguas” que promueve el respeto y la conservación de la biodiversidad en su conjunto.

Las parabas que volvieron a sus raíces

A 25 kilómetros de Trinidad, en la comunidad de Sachojere, en el municipio de Loreto, se encuentra el Centro de Custodia de la CLB, que alberga a 32 parabas llegadas en distintos periodos desde Inglaterra, Canadá y Estados Unidos.

“Volvieron a su patria las hijas de aquellas parabas barba azul que fueron traficadas en los años 80. Fue gratificante ver su rápida adaptación: conocieron a los mosquitos, soportaron el calor y probaron el motacú. Incluso las que llegaron desde Estados Unidos lo consumieron como si les fuera familiar, lo que evidencia la fuerza del instinto”, comenta Rafael Mounzon, antes de explicar el proceso de llegada de estos psitácidos al Beni.

“Las parabas repatriadas tienen una larga historia. Yo empecé como voluntario en la Fundación CLB en 2014. Un par de años antes habían llegado las primeras seis desde Inglaterra», recuerda.

Una de las 32 parabas que llegaron en calidad de repatriadas desde Estados Unidos. Se encuentran en el Centro de Custodia de Sachojere, Loreto. Foto: Erika Bayá

Se estima que existen alrededor de 1.400 parabas barba azul en centros fuera del país y unas 450 en estado silvestre. “Por ello, los zoológicos a nivel mundial han desarrollado un libro de registro de la especie (studbook), acompañado de estudios genéticos. Cada paraba cuenta con un microchip o una anilla que permite su identificación. Al consultar esa anilla, se puede acceder a información detallada: código del individuo, sexo, año de nacimiento, lugar de cría, traslados entre centros y perfil genético”.

Cría en cautiverio

Hace 14 años, World Parrot Trust, junto con la CLB, el zoológico Paradise Park de Inglaterra, African Lion Safari de Canadá y National Encounters Incorporated de Estados Unidos, decidieron impulsar un proyecto de cría en cautiverio de la paraba barba azul en Bolivia. Sin embargo, como el país aún no contaba con las condiciones necesarias, la iniciativa quedó en pausa.

Cuando Mounzon retomó la dirección ejecutiva de la CLB en 2022, el proyecto se reactivó y comenzaron las gestiones con distintas instituciones nacionales, como la Dirección de Biodiversidad del entonces Ministerio de Medio Ambiente, el SENASAG (a nivel nacional y departamental), la Aduana y aerolíneas.

Con el primer permiso CITES se logró el traslado de ocho individuos desde Canadá (cinco machos y tres hembras). Ese mismo año, en septiembre, llegó un segundo grupo desde Inglaterra, compuesto por cinco ejemplares. A finales de 2024 se incorporó un tercer grupo proveniente de Estados Unidos, según informó a la RAI Bolivia.

De acuerdo con el director de la CLB, las parabas repatriadas forman parte de un programa respaldado por un historial sanitario detallado de cada individuo, que incluye el registro de enfermedades potencialmente riesgosas, como la gripe aviar o la enfermedad del pico y las plumas.

“Sabemos cuán rigurosas son las leyes sanitarias en estos países. Por eso, cada paraba cumplió estrictamente su cuarentena tanto en el país de origen como en Bolivia. Llegaron con estudios completos de sanidad y sin antecedentes de enfermedades como gripe aviar en al menos diez años”. Para Mounzon, este proceso de repatriación no ha sido casual, sino el resultado de más de una década de trabajo.

El centro cuenta con infraestructura especializada: aviarios amplios donde las aves están organizadas según su procedencia; una clínica veterinaria atendida por Sandro Beltrán, especialista en fauna silvestre; y una cocina donde se prepara su dieta a base de frutas, verduras y granos. Sin embargo, el trabajo no termina con el cuidado diario. Cada cuatro meses, la CLB elabora y envía reportes escritos y audiovisuales sobre el estado sanitario de las parabas a las instituciones y gobiernos que participaron en el proceso de envío.

“Como CLB, valoramos poder cumplir con estos estándares, que son muy exigentes. Para un siguiente paso, quisiéramos llevar a cabo la cría en cautiverio. Por ahora, esta opción no es viable debido a la normativa boliviana. Sin embargo, se proyecta incluirla dentro del Plan de Acción para la Conservación de la Especie. El primer paso será lograr su reproducción, lo que representaría un nuevo hito para el país, como lo fue en su momento la repatriación”, explica.

Nada de esto ocurre de un día para otro. Sin embargo, se espera que, de concretarse, las parejas puedan reproducirse en sincronía con las poblaciones silvestres. Mounzon menciona experiencias como la de Puerto Rico, donde incluso huevos de cautiverio han sido trasladados a nidos en libertad, permitiendo que los pichones crezcan con padres silvestres.

“La conservación no puede ser rígida: existen múltiples caminos para contribuir a la supervivencia de una especie”, concluye.

René Ibáñez Salazar, presidente de la Fundación CLB viene acompañando este proceso hace 12 años y cree que, para mejorar el estado de la especie, es fundamental impulsar intervenciones coordinadas entre distintas instituciones. Se requiere liderazgo desde el nivel municipal y desde la dirección del Área Protegida Gran Moxos, así como la adecuación de un Plan de Manejo. También es clave fortalecer el sentido de pertenencia en Loreto y en las comunidades donde habita la paraba, de modo que los ámbitos científico, político y económico puedan articular esfuerzos en favor de su conservación.

Hasta ahora se ha logrado evitar la destrucción de palmeras y nidos, así como reducir los incendios forestales. Sin embargo, la especie continúa en estado crítico. Es necesario recuperar un rol más activo del Estado, acompañado de aportes científicos y acciones concretas que permitan incrementar la población. También es fundamental que la población local —y Bolivia en su conjunto— comprenda que esta especie no pertenece solo al Beni, sino a todos los bolivianos, y su supervivencia dependerá de que ese compromiso sea realmente colectivo.

Imagen principal: la paraba barba azul (Ara glaucogularis) es uno de los loros endémicos de Bolivia. Foto: Rafael Mounzon.

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