INFORME. La pérdida mundial de bosques cayó 15% en 2025, hasta siete millones de hectáreas. Para mantener el rumbo hacia la meta de 2030, debió reducirse a 4,2 millones; desde 2021, el déficit acumulado suma 10,7 millones de hectáreas.
El descenso de la deforestación mundial en 2025 no alcanza para cambiar el rumbo hacia la meta de 2030. Si el mundo hubiera avanzado según lo previsto, hoy seguirían en pie 10,7 millones de hectáreas de bosque, una superficie equivalente a Islandia.
La Evaluación de la Declaración Forestal 2026 calcula que el año pasado se perdieron siete millones de hectáreas por deforestación, 15% menos que en 2024. Pese a esa caída, el mundo está 70% fuera de la trayectoria para detener la deforestación en 2030.
El informe mide los avances frente a un período de referencia, entre 2018 y 2020, cuando la deforestación promedió 8,3 millones de hectáreas anuales. Para mantenerse en camino hacia la meta, las pérdidas debían reducirse en alrededor de un millón de hectáreas cada año. En 2025, la cifra tendría que haber bajado a 4,2 millones; llegó a siete millones.
“Esto convierte al año pasado en una excepción, no en una nueva normalidad”, señaló Erin Matson, autora principal del informe y consultora de Climate Focus. La evaluación indica que, entre 2021 y 2024, la deforestación anual apenas se apartó de la línea de referencia, por lo que la reducción de 2025 no compensa los años anteriores.
Avances desiguales entre regiones
La tendencia mundial oculta diferencias regionales. En América Latina tropical y el Caribe, la deforestación cayó y quedó 33% por debajo del promedio de 2018–2020. El informe atribuye parte del avance a medidas adoptadas por algunos gobiernos, entre ellas el refuerzo de la fiscalización en Brasil.
En África tropical, en cambio, la deforestación aumentó hasta 2,4 millones de hectáreas en 2025, una cifra cercana a los 2,5 millones registrados en América Latina tropical y el Caribe. La cuenca del Congo concentró buena parte de esas pérdidas, asociadas a la expansión agrícola, la extracción de madera y la minería. En Asia tropical, la deforestación llegó a 1,6 millones de hectáreas, una reducción modesta frente a su período de referencia.
La evaluación advierte que los avances latinoamericanos son frágiles y dependen de las decisiones de un número limitado de gobiernos. Cambios en las políticas forestales podrían revertirlos. En la cuenca del Congo, el informe no identifica medidas de alcance comparable para frenar las principales causas de pérdida de bosque.
Bosques en pie también son afectados
La deforestación no refleja por sí sola el estado de los ecosistemas. En 2025, la degradación de bosques tropicales húmedos afectó a 3,5 millones de hectáreas, 34% menos que durante el repunte excepcional provocado por incendios en 2024. Sin embargo, en África tropical aumentó 25%, hasta 1,1 millones de hectáreas.
Además, datos de 2024 muestran que 65,4 millones de hectáreas de bosque en el mundo pasaron a una categoría de menor integridad ecológica. Esto significa que el bosque permanece, pero su condición y conectividad se deterioran por presiones humanas.
Entre las causas de fondo, el informe señala la expansión de la producción de materias primas, los incentivos económicos que favorecen la conversión de bosques y una gobernanza débil. La expansión de pasturas para ganado vacuno continúa como el principal factor agrícola de deforestación, mientras que la minería representa una amenaza creciente.
La brecha también se refleja en el financiamiento. La financiación pública internacional para los bosques promedió 6.100 millones de dólares anuales entre 2022 y 2025, mientras que los gobiernos destinan alrededor de 410.000 millones de dólares al año a subsidios agrícolas que pueden resultar perjudiciales para ellos. El informe calcula que el financiamiento forestal equivale a cerca del 1% de esos subsidios.
La evaluación plantea fortalecer las normas y su aplicación, reorientar los subsidios perjudiciales, alinear las cadenas de suministro y el financiamiento con las metas forestales, y asegurar los derechos territoriales de los pueblos indígenas y las comunidades locales. Su conclusión es que la caída de 2025 muestra que el progreso es posible, pero todavía debe convertirse en una tendencia sostenida para acercarse a los compromisos de 2030.
