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La inteligencia artificial avanza más rápido que las reglas para controlarla

TECNOLOGÍA. La IA aporta a la salud, la ciencia y la lucha contra el hambre, pero plantea riesgos para los derechos humanos, la democracia y el empleo.

La inteligencia artificial avanza más rápido de lo que los gobiernos pueden seguirle el paso. Hace apenas unos años, podía responder preguntas o generar texto. Hoy puede escribir código informático, analizar enormes cantidades de datos, crear imágenes y videos realistas, ayudar a los científicos a descubrir nuevos medicamentos y, cada vez más, actuar por sí sola con poca supervisión humana.

Sin embargo, mientras las capacidades de la inteligencia artificial se aceleran, los expertos señalan que las normas destinadas a garantizar su uso seguro tienen dificultades para mantenerse al día. Esa es la conclusión del informe preliminar del Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial de la ONU.

El informe advierte que la oportunidad para establecer una gobernanza mundial eficaz sigue abierta, pero el tiempo podría agotarse pronto.

Un médico interactúa con una interfaz holográfica futurista que muestra un esqueleto humano y órganos internos. © Adobe Stock/DIgilife

¿Por qué importa?

La inteligencia artificial podría convertirse en una de las tecnologías más transformadoras para la humanidad.  Utilizada de forma responsable, podría acelerar los avances hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible al mejorar la atención sanitaria, la educación, la investigación científica, la agricultura y la accesibilidad para las personas con discapacidad.

Pero, sin salvaguardias, la misma tecnología podría profundizar las desigualdades, difundir desinformación, amenazar los derechos humanos, alterar los mercados laborales y poner potentes sistemas de inteligencia artificial en manos de muy pocos gobiernos y empresas.

El desafío, según el informe, es encontrar una forma de aprovechar sus enormes beneficios y, al mismo tiempo, prevenir sus crecientes riesgos.

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Las cosechadoras automatizadas redefinen la eficiencia y la productividad en la explotación agrícola. © Adobe Stock/Sunday Cat Studio

Un ritmo de desarrollo extraordinario

Las capacidades de la inteligencia artificial han avanzado a un ritmo extraordinario en los últimos años. Nuevas y potentes redes de computación, enormes cantidades de datos para el entrenamiento y técnicas mejoradas de inteligencia artificial han producido sistemas capaces de mantener conversaciones fluidas, razonar sobre cuestiones científicas complejas, desarrollar programas informáticos y crear imágenes, audios y videos muy realistas.

En lugar de limitarse a responder instrucciones, los “agentes” de inteligencia artificial pueden cada vez más planificar tareas, usar herramientas digitales, escribir programas y completar encargos complejos con poca o ninguna supervisión humana. Según el informe, los investigadores afirman que la complejidad de las tareas que estos sistemas pueden completar se ha duplicado cada pocos meses.

El profesor Samuel Atuhairwe, que tiene discapacidad visual parcial, ayuda a la alumna Patricia Karungi a utilizar un lector Victor en un aula de la escuela primaria St. Bernadette en Uganda. © UNICEF/ Hugh Rutherford

La revolución de la inteligencia artificial está lejos de ser equitativa. Aunque se utiliza en todo el mundo, el acceso sigue estando fuertemente concentrado en los países desarrollados. El informe señala que Estados Unidos posee alrededor de tres cuartas partes de la capacidad informática que respalda a las principales supercomputadoras de inteligencia artificial del mundo, mientras que China representa alrededor del 15%, lo que da a ambos países cerca del 90% de esa capacidad combinada.

La mayoría de los modelos de inteligencia artificial más avanzados también son desarrollados por empresas radicadas en esos dos países. Muchos países en desarrollo carecen de la infraestructura informática, los conocimientos técnicos, los datos, la inversión y los recursos en lenguas locales necesarios para beneficiarse plenamente de la inteligencia artificial.

Como resultado, a menudo dependen de tecnologías que no pueden desarrollar, inspeccionar, auditar ni adaptar a sus propias sociedades. El panel advierte que, si estas brechas no se abordan, la inteligencia artificial podría reforzar las desigualdades mundiales existentes en lugar de reducirlas.

¿Por qué necesita regulación?

Según el panel de la ONU, los sistemas actuales de gobernanza no fueron diseñados para una tecnología que evoluciona a esta velocidad. Los gobiernos enfrentan lo que los expertos describen como un “dilema de evidencia”: los responsables de formular políticas necesitan datos científicos fiables antes de introducir regulaciones, pero para cuando existe suficiente evidencia, la tecnología puede haber avanzado de nuevo.

Aunque ya existen más de 40 marcos de gobernanza y directrices éticas sobre inteligencia artificial en distintas partes del mundo, siguen siendo fragmentados, inconsistentes y rara vez se ponen a prueba para comprobar si realmente funcionan.

Muchas evaluaciones de seguridad también son realizadas por las propias empresas que desarrollan la tecnología. El informe concluye que se necesitan evaluaciones independientes más sólidas, cooperación internacional y normas comunes para garantizar que los sistemas de inteligencia artificial sean seguros, transparentes y estén sujetos a rendición de cuentas.

Al mismo tiempo, los países necesitan invertir en infraestructura digital, educación, conocimientos técnicos e instituciones para poder regular y desplegar estas tecnologías en sus propios términos.

¿Qué está haciendo la ONU al respecto?

Las Naciones Unidas apoyan una nueva arquitectura internacional para ayudar a los países a tomar decisiones informadas sobre la inteligencia artificial. Este informe alimentará el Diálogo Mundial de la ONU sobre la Gobernanza de la Inteligencia Artificial, que comenzará en Ginebra el 6 de julio.

En definitiva, la inteligencia artificial no es buena ni mala por naturaleza. Su impacto dependerá de las decisiones que tomen hoy los gobiernos, las empresas y las sociedades.

La tecnología ya está transformando la ciencia, la atención sanitaria, la educación y las economías de todo el mundo. Que termine reduciendo o ampliando las desigualdades, y que fortalezca o debilite la democracia y los derechos humanos, dependerá en gran medida de la rapidez con que el mundo pueda construir una gobernanza capaz de seguir el ritmo de la innovación.