BIOECONOMÍA. En Guayabo de Las Mercedes, Concepción y Limoncito, mujeres recolectoras, acopiadoras y emprendedoras transforman conocimientos heredados en alimentos, ingresos y nuevas oportunidades, mientras una experiencia educativa lleva el fruto a las aulas y fortalece su vínculo con la identidad local.
Karina Vargas Alba
En Guayabo, una comunidad de Concepción, Margarita Ortiz administra un centro de acopio desde hace más de una década. Allí recibe la almendra recolectada por familias de varias comunidades, registra las entregas y va quebrando la corteza para extraer el fruto. En su casa tiene tres quebradoras de diferentes características, las que le ayudan en una tarea que requiere tiempo y esfuerzo.
Margarita conoce el almendro desde niña. En su lengua originaria lo llaman Nokümonísh, una palabra que conserva el vínculo del fruto con la memoria y la identidad chiquitanas. Ella recuerda que las familias comían la pulpa como si fuera un dulce y guardaban algunas semillas para extraer aceite, el que usaban en fricciones y remedios domésticos, especialmente para atender a los niños expuestos al frío y la humedad. La semilla no tenía el mercado actual y muchas veces se desechaba.

Décadas después, aquel fruto de su infancia representa una fuente estacional de ingresos. Margarita recibe almendra de comunidades como San Juan, Candelaria y San Pablo; la compra con recursos entregados por Chiquitania Novel Foods y reúne esos pequeños volúmenes para conectarlos con un comprador que opera a mayor escala.
Aunque la tarea es pesada, asegura que «nosotras las mujeres no sentimos cansancio». La frase, pronunciada con humor, refleja una realidad cotidiana: el acopio y el quebrado se combinan con la cocina, la limpieza, el cuidado de la familia y otras labores del hogar.
Su experiencia refleja varios de los papeles que desempeñan las mujeres en esta cadena. Son recolectoras y quebradoras, pero también administran recursos, registran entregas, organizan la compra y construyen la confianza que permite movilizar la producción desde comunidades dispersas. Ese trabajo continúa en otros espacios: en Concepción y Limoncito, grupos de mujeres avanzan hacia la transformación, desarrollan productos y buscan que una mayor parte del valor generado por la almendra permanezca en sus organizaciones.

Del uso familiar al centro de acopio
Los centros de acopio son esenciales en un territorio donde los árboles y las familias recolectoras se encuentran dispersos. Sin esos puntos cercanos, vender unos cuantos kilos exigiría recorrer distancias que podrían absorber buena parte del ingreso.
El diagnóstico integral de la cadena estima que más de 1.000 familias participan en la recolección y que existe una presencia predominante de mujeres. Ellas identifican los árboles, recogen los frutos caídos, los transportan, los almacenan y, en muchos casos, extraen la semilla.
El quebrado continúa siendo una de las tareas más exigentes. Se realiza principalmente en los domicilios, con herramientas manuales o máquinas sencillas. El rendimiento puede variar entre 250 gramos y un kilo por hora y, en condiciones favorables, una persona logra extraer alrededor de tres kilos durante una jornada.
La dureza de la cáscara provoca fatiga y aumenta el riesgo de lesiones por movimientos repetitivos. Alternar las máquinas, como hace Margarita, ayuda a sobrellevar el esfuerzo, pero no resuelve el problema. Aumentar la producción, también pasar por dotar de quipos más seguros a estos centros, con el objetivo de conservar una mayor parte del valor en las comunidades.
Una planta para transformar juntas
En Concepción, otras mujeres recorren el siguiente tramo. Una planta que originalmente procesaba maní abrió espacio para transformar almendra chiquitana mediante una alianza con el Gobierno municipal. Los grupos trabajan de acuerdo con un cronograma y comparten instalaciones que permiten pasar de la preparación doméstica a procesos más controlados.
La Organización de Mujeres Indígenas Originarias Chiquitanas de Concepción (OMIOCHC), que impulsa la marca Paikita, reúne a mujeres del área urbana y de las comunidades. Hoy 25 de sus socias participan directamente en el emprendimiento y la materia prima llega mediante alianzas con unas 20 comunidades.
Antes de trabajar en la planta, algunas ya eran recolectoras o acopiadoras; otras aprendieron a quebrar, remojar, pelar, tostar, condimentar, pesar, envasar y calcular costos. La transformación les permite dejar de vender únicamente la semilla y participar en el valor que generan los productos terminados.
Aprender hasta encontrar el punto exacto
Sandra Supepí, de la comunidad de Limoncito, se encarga del tostado de la almendra. Junto a sus compañeras, tuvo que aprender. Algunas semillas se quemaban y otras quedaban crudas en el centro. La práctica les permitió regular la temperatura, medir los ingredientes y encontrar el punto adecuado.

La Organización para la Alimentación y la Agricultura de Naciones Unidas (FAO) apoyó su capacitación en buenas prácticas de manufactura, elaboración semiindustrial y cálculo de costos. Allí aprendieron a pesar los insumos, registrar las cantidades utilizadas y establecer precios de venta. Sandra ahora quiere estudiar administración para apoyar la gestión económica de la organización.
Paikita desarrolla cinco líneas de producción. Sus integrantes quieren ampliar la oferta, aprovechar otros componentes del fruto y reducir los residuos del proceso. Ana Laura Justiniano explicó que el objetivo es aprovechar el fruto de manera integral, aunque todavía necesitan conocimientos para transformar la pulpa y el jarabe. El desafío no consiste solamente en aprender nuevas recetas, se necesitan recursos y tiempo para formarse mientras sostienen sus hogares y el emprendimiento.

Una identidad que también busca mercado
Para que esos productos trasciendan las ferias y lleguen a más consumidores, las organizaciones locales necesitan aliados comerciales. Alternative Food Trading, industria boliviana que comercializa alimentos bajo la marca La Botana, tiene una alianza con la OECOM Monterito para elaborar productos con almendra chiquitana.
La gastronomía es otra vía para acercar el fruto a nuevos públicos. Javier Libera, chef y fundador del restaurante El Aljibe, recordó que hace 25 o 30 años la almendra chiquitana prácticamente no aparecía en la cocina regional. La persistencia de productores, transformadores y cocineros comenzó a modificar esa realidad. Durante la reciente edición de “Bosque Chiquitano, destino gastronómico”, su establecimiento pasó de vender siete menús a 270 durante los días del Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca Americana.
Esto confirma que incorporar la almendra en sopas, postres y otras preparaciones permite ampliar su mercado y, al mismo tiempo, contar la historia del territorio a través de sus sabores.
La almendra entra al aula
Pero llevar la almendra a restaurantes y nuevos consumidores no es suficiente. Libera considera que la continuidad de la cadena también dependerá de que docentes, estudiantes y jóvenes conozcan el fruto, experimenten con él y lo reconozcan como parte de la identidad y las posibilidades productivas de su territorio.

Esa conexión es una realidad en el colegio Carlos Herrera de Concepción. Allí, durante la primera ExpoAlmendra Chiquitana, alumnos y docentes mostraron diversos alimentos y postres y explicaron el proceso productivo en diferentes ambientes del establecimiento, donde crecen decenas de almendros plantados desde hace 14 años y cuyos frutos se convierten en la materia prima del aprendizaje y de nuevos productos. Cada parte del proceso sirve para desarrollar trabajos en las diferentes materias y varios profesores han elaborado sus tesis de licenciatura en torno a este fruto chiquitano.

A lo largo de los años, este producto los vinculó con la gastronomía, la nutrición, el turismo y la identidad. También acercó a las aulas los conocimientos desarrollados por recolectoras y transformadoras. La cadena que comienza en lugares como la casa de Margarita encuentra así una continuidad: otras manos aprenden a reconocer el fruto, a experimentar con él y pensar qué lugar puede ocupar en el futuro de Concepción y de la Chiquitanía.
