CONSERVACIÓN. La organización contribuyó a recuperar la población de la Paraba Barba Azul, creó reservas, promovió el aviturismo comunitario y tendió puentes con ganaderos. Ahora plantea ampliar su trabajo hacia paisajes completos.
La noche del 10 de agosto de 1992, en una pista sobre la meseta de Caparuch, al sur del Parque Nacional Noel Kempff Mercado, nació la idea de crear una organización para proteger las aves. Allí estaban Louis Jammes, piloto que trasladaba científicos, y Ted Parker, reconocido ornitólogo estadounidense. Mientras acampaban, Jammes preguntó: “En Bolivia no hay alguien conservando aves, ¿por qué no hacer algo?”.
Un mes después, convocó a estudiantes de Biología. Érika Cuéllar fue una de las primeras en sumarse y, junto con otros jóvenes, dio vida en Santa Cruz de la Sierra a la Asociación Armonía, la primera organización boliviana especializada en conservar aves.

Parker planeaba regresar para apoyar al equipo, pero murió en 1993, cuando la avioneta en la que investigaba se estrelló en Ecuador. La pérdida reforzó la decisión de consolidar el proyecto. Los primeros integrantes trabajaron sin sueldo ni oficina. La casa de Jammes fue la sede inicial y su avioneta permitió trasladar investigadores por tarifas reducidas.
En 1993, BirdLife International invitó a la asociación a convertirse en su organización asociada en Bolivia. Ese año llegó también su primer fondo para estudiar la Paraba Barba Azul (Ara glaucogularis), especie endémica al borde de la extinción.
Durante cinco meses, un equipo recorrió zonas cercanas a Trinidad. Encontró poblaciones aisladas, principalmente en propiedades ganaderas y fuera de áreas protegidas. También comprobó que muchas personas desconocían que se trataba de una especie única de Bolivia y críticamente amenazada. La investigación comenzó entonces a combinarse con educación ambiental.
El nacimiento oficial
El 12 de agosto de 1996, Armonía obtuvo su personería jurídica, fecha que adoptó como su nacimiento oficial. En 2002, Bennett Hennessey y Sebastián Herzog asumieron las direcciones ejecutiva y científica e impulsaron una refundación para ordenar las finanzas y crear una estructura institucional.
Armonía pasó de concentrarse en la investigación y la difusión a convertir el conocimiento científico en acciones para proteger especies y hábitats, con una participación creciente de comunidades indígenas y campesinas.
Hennessey recuerda que llegó pensando que conservar consistía en crear reservas y mantener a las personas fuera. Los coordinadores bolivianos le mostraron otra perspectiva. En el programa de protección del Mamaco, Hugo Aranibar propuso apoyar la tramitación de documentos de identidad de una comunidad indígena. La gestión fortaleció el reconocimiento de su territorio y facilitó la posterior creación del Refugio Mamaco. “Ahí entendí que ayudar a la gente también es hacer conservación”, afirma.

Una especie que revirtió su camino hacia la extinción
La Paraba Barba Azul es uno de los resultados más visibles. En los años 2000, algunas estimaciones situaban su población silvestre entre 125 y 150 ejemplares. El censo de Armonía la ubicó cerca de 450 en 2015 y, para 2025, las estimaciones se aproximaban a 800.
“Hemos logrado algo que muy pocas organizaciones conservacionistas en el mundo pueden decir: revertir la tendencia poblacional de una especie que iba camino a la extinción”, sostiene Rodrigo Soria, director ejecutivo de Asociación Armonía.
La recuperación fue resultado de varias acciones sostenidas. En 2008, una expedición encontró 17 parabas reunidas en un sitio remoto del Beni, el grupo más numeroso registrado hasta entonces. Cuando el propietario decidió vender la estancia, Armonía gestionó apoyo internacional para adquirir el predio y crear la Reserva Natural Barba Azul.
La organización había iniciado en 2005 un programa de cajas nido para aumentar el éxito reproductivo de la especie, amenazada por el tráfico ilegal, la caza y la pérdida de hábitat. En 2017 compró 650 hectáreas de la antigua estancia Esperancita, su sitio reproductivo más importante conocido, y creó la Reserva Natural Laney Rickman.

Hasta la publicación del reportaje institucional que sirve de base para esta nota, 183 pichones habían abandonado con éxito los nidos artificiales. En la temporada 2025-2026 volaron 19, igualando el récord alcanzado un año antes. Armonía estima que casi una de cada cuatro Parabas Barba Azul en libertad nació en una de sus cajas nido.
Detrás de esas cifras está el trabajo de los guardaparques. César Flores, integrante de la Reserva Laney Rickman desde 2009, ayudó a perfeccionar las cajas. Al reducir la abertura a 11 centímetros, lograron que fueran ocupadas casi exclusivamente por la paraba. “Todos los años tenemos 18 o 19 pichones”, relata.
De ave “dañina” a símbolo comunitario
En los valles secos de Cochabamba, la conservación siguió otro camino. Durante años, las familias de San Carlos consideraron a la Paraba Frente Roja (Ara rubrogenys) una amenaza porque, ante la reducción de sus alimentos silvestres, ingresaba a cultivos de maíz y maní.
Filemón Soto Gómez, comunario de San Carlos desde 1979, recuerda que antes la gente la espantaba o mataba. “Queríamos que desapareciera, porque no sabíamos el valor que tenía. Ahora la cuidamos”, cuenta.
Armonía comenzó a trabajar en Omereque a inicios de los años 2000. En 2005 recuperó un espacio comunitario donde hoy se encuentra la Reserva Natural Comunitaria Frente Roja, de 50 hectáreas, y acompañó a San Carlos, Perereta y Amaya en un proceso que permitió a las tres comunidades asumir la propiedad y gestión del área.

La estrategia combinó protección del hábitat, turismo comunitario y observación de aves para generar oportunidades económicas vinculadas a la conservación. Actualmente, un comité de comunarios decide el manejo de la reserva y Armonía participa como asesora.
“No vamos con una receta para preservar especies amenazadas. Primero entendemos a las comunidades, cómo piensan y cuáles son sus necesidades”, explica Iván Pérez Hurtado, director administrativo de la organización. El objetivo, añade, es permanecer hasta que las comunidades se apropien de las iniciativas y puedan sostenerlas de manera autónoma.

Ganadería y conservación: construir un lenguaje común
El trabajo con ganaderos del Beni también requirió cambiar percepciones y construir confianza durante décadas. En 2016, la organización reunió a productores y conservacionistas de varios países para mostrar experiencias que integraban biodiversidad y productividad. Las reservas Barba Azul y Laney Rickman funcionaron después como laboratorios de manejo del fuego, restauración de pastizales y ganadería sostenible.
Tjalle Boorsma, director de Desarrollo, reconoce que llegó al Beni viendo a la ganadería solamente como una amenaza. El trabajo en las sabanas le permitió comprender que mantener la producción pecuaria podía conservar los pastizales y era preferible a su conversión en áreas agrícolas.
La experiencia permitió hablar con los productores desde problemas compartidos. Proteger árboles, por ejemplo, ofrece sombra al ganado, reduce su estrés térmico y puede favorecer su rendimiento. “Ya no nos ven solamente como una organización que habla de proteger aves; nos ven también como ganaderos”, señala Boorsma.
Ese acercamiento derivó en la Alianza Eco Ganadera del Beni, impulsada por Armonía y la Federación de Ganaderos del Beni (Fegabeni), para promover prácticas sostenibles y demostrar que la producción y la protección de la Paraba Barba Azul pueden coexistir.
La primera guía moderna de las aves de Bolivia, publicada en 2016, se convirtió además en una referencia y favoreció el aviturismo y la formación de clubes de observadores.

El desafío de ampliar la escala
Hoy, Asociación Armonía cuenta con más de 60 integrantes y trabaja con comunidades, productores, instituciones públicas y organizaciones nacionales e internacionales. Soria identifica como desafío central la brecha entre los recursos necesarios para proteger la biodiversidad y el financiamiento disponible.
La organización busca mecanismos de sostenibilidad financiera y ampliar la escala de sus intervenciones: pasar de sitios específicos a paisajes completos definidos por la presencia de las especies más amenazadas.
“Las aves son excelentes indicadores de la salud de los ecosistemas y, al protegerlas, también estamos conservando todo lo que depende de esos ambientes”, explica Pérez.
A 30 años de obtener su personería jurídica, la organización mantiene el propósito de evitar la extinción de las aves más amenazadas de Bolivia. Su experiencia muestra que protegerlas exige conservar hábitats, fortalecer territorios, generar alternativas económicas y construir acuerdos con quienes viven y producen en esos paisajes.

Fuente y fotos: Asociación Armonía.
