Publicado en

Cuando las máquinas nos consuelen

Desde mi barbecho
Alfonso Cortez
Comunicador Social

Confieso una herejía televisiva: ya no tengo paciencia para las series largas. No siempre fue así. Pertenezco a una generación que creció con telenovelas de doscientos capítulos y radionovelas donde una puerta demoraba tres semanas en abrirse. No existía el botón para adelantar escenas ni plataformas para devorar temporadas completas durante un fin de semana. Había que esperar. Y la espera formaba parte de la historia.

Quizás por eso, ahora que la oferta audiovisual parece infinita, me inclino por las series limitadas. Seis capítulos. Ocho, como máximo. Ya no tengo edad —ni atención suficiente— para comprometerme con siete temporadas, cuarenta personajes secundarios y una trama que se estira como bloqueo de caminos en un país-tranca.

Por eso terminé viendo los seis episodios de Futuro desierto, la miniserie mexicana de Netflix, creada por los argentinos Lucía y Nicolás Puenzo.

La serie nos traslada a un futuro que, para ser honestos, ya comenzó. Un psicólogo llega con su familia a una comunidad aislada de Chiapas para probar androides diseñados para convivir con seres humanos. Entre ellos aparece María, una androide creada a partir de la personalidad de su esposa fallecida: una presencia artificial destinada a ocupar una ausencia real.

Allí comienza un experimento para integrar androides a la vida cotidiana. Mientras la comunidad los rechaza y María empieza a mostrar emociones que nunca debieron aparecer, la serie se adentra en un conflicto mucho más humano que tecnológico: qué significa ser familia, qué nos vuelve realmente personas y hasta dónde puede correrse el límite de lo real cuando una máquina parece capaz de sentir.

Lo interesante es que la serie evita el camino fácil: no hay ejércitos de robots destruyendo ciudades ni máquinas exterminando a la humanidad, como en tantas películas de ciencia ficción. La amenaza es mucho más sutil. Los androides no vienen a matarnos. Vienen a acompañarnos. Y ahí empieza el problema. La serie deriva hacia el suspenso psicológico y explora los riesgos de una tecnología capaz de intervenir en los vínculos humanos, manipular emociones y reemplazar presencias.

Mientras la veía, recordé una observación que escuché hace poco: el verdadero riesgo de la inteligencia artificial quizá no sea que las máquinas aprendan a pensar como nosotros, sino que nosotros empecemos a relacionarnos con ellas como si fueran humanas.

La diferencia parece pequeña. Pero no lo es. Porque las máquinas ya no llegan solamente a nuestros escritorios. También están entrando en nuestras emociones. Cada vez más personas conversan con asistentes virtuales para pedir consejo, desahogarse o combatir la soledad. Algunos les agradecen. Otros les cuentan problemas íntimos. Muchos terminan desarrollando una extraña sensación de compañía.

No resulta difícil entender por qué. Las inteligencias artificiales escuchan sin interrumpir. No juzgan. No contradicen demasiado. Están disponibles las veinticuatro horas del día y parecen infinitamente pacientes. En cierto sentido, son mejores oyentes que muchos humanos.

Pero precisamente ahí aparece la pregunta que atraviesa toda la serie: ¿puede una relación convertirse en un vínculo cuando desaparecen la vulnerabilidad, el conflicto y la incertidumbre?

Los afectos humanos son complejos porque están llenos de imperfecciones. Amar implica correr riesgos, perder, equivocarse y soportar silencios incómodos. Aprender a convivir con alguien que no siempre responde como esperamos. Las máquinas, en cambio, están diseñadas para adaptarse. Y una relación donde todo funciona exactamente como queremos quizás sea cómoda, pero difícilmente humana.

Lo más provocador de Futuro desierto no son los androides. Es la sospecha de que podríamos terminar delegando en ellos tareas profundamente humanas: escuchar, acompañar, consolar, recordar.

La serie plantea una pregunta sin respuesta sencilla: ¿qué nos hace humanos? Algunos personajes la buscan en las emociones. Otros, en la conciencia. Otros, en la memoria.

A mí me quedó dando vueltas otra posibilidad: quizás lo humano no esté tanto en nuestra capacidad de pensar como en la de compartir. De construir comunidad. De acompañarnos mutuamente en la fragilidad.

Porque una máquina puede simular empatía. Puede reproducir una voz. Puede recordar una conversación e incluso anticipar nuestras respuestas. Pero todavía no sabe lo que significa extrañar a alguien. Ni sentir miedo por una hija o una nieta. Ni quedarse despierto pensando en una persona que vive lejos. Ni experimentar esa mezcla de amor y preocupación que acompaña a los vínculos verdaderos.

Tal vez el futuro no llegue con robots conquistando el planeta. Tal vez llegue, como en esta serie, de manera silenciosa y amable. Tocando nuestra puerta con una sonrisa perfecta y ocupando lugares que creíamos exclusivamente humanos.

Y quizás entonces la cuestión ya no sea qué pueden hacer las máquinas, sino qué parte de nuestra humanidad estamos dispuestos a delegar en ellas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *