“Logré visualizar a unos cinco metros un símbolo, una marca rojiza, unos trazos. Al acercarse, la pigmentación ya era bien nítida”, relató a la ABI el guardaparque, quien explicó que su atención no estaba puesta únicamente en las plantas y los animales, sino también en las huellas de quienes habitaron ese territorio.
Antes de internarse, el grupo realizó un ritual para pedir protección al “dueño del monte”, una práctica que forma parte de las costumbres de las comunidades. La caminata incluyó la instalación de cámaras trampa en tres puntos que los comunarios definieron por la presencia de animales silvestres.

Un momento de descanso
Mientras recorría las formaciones rocosas, Gil Egüez observaba cuevas, árboles y cualquier señal que pudiera revelar la historia del lugar. Al llegar a una especie de refugio natural, un espacio bajo una gran piedra donde era posible sentarse y contemplar las formaciones rocosas, distinguió la primera marca. Llamó a sus compañeros para mostrarles el hallazgo. Al principio, algunos no lograron verla; después se acercaron y reconocieron los trazos rojizos.
“Yo no soy arqueólogo. Les dije que eran trazos, figuras de pigmentación y que tenía que venir un especialista a certificar esto”, recordó el guardaparque.
Después de advertir la primera figura, recorrió otros sectores de la formación rocosa y encontró más pinturas. El equipo tomó fotografías y registró las coordenadas para ubicar los puntos.
La emoción fue inmediata. “Todos locos, todos contentos, felices, porque es un descubrimiento de esa magnitud en ese lugar donde nadie había ido”, contó Gil Egüez.
Durante el recorrido también encontraron una gran cavidad natural con capacidad para albergar a unas 50 personas sentadas. En honor a Malité Schmitter, quien los animó a continuar la caminata, bautizaron el sitio como “El Capricho de Malité”.
El hallazgo llamó la atención por la nitidez de algunos trazos, pero también por la fragilidad de las rocas. Una de las superficies presenta desprendimientos y parte del material podría caer, con el riesgo de que las pinturas se pierdan. En otro sector se observa una zona blanquecina que, según la explicación que recibió Gil Egüez del arqueólogo, está relacionada con la humedad y la falta de exposición al sol.

Trazos de pigmentación rojiza sobre las formaciones rocosas. | Fotos: Sernap.
El sábado 31 de octubre se efectuó una segunda inspección para verificar el hallazgo. Participaron Zora Taborga, presidenta del Comité de Gestión del Parque Kaa-Iya y vicepresidenta de la Central de Comunidades Indígenas de Chiquitos Turubó; Danilo Drakic, arqueólogo de la Gobernación de Santa Cruz; Alan Javier Poquiviqui Suárez, director de Turismo y Cultura de San José de Chiquitos; representantes de Fundación RAMA, guardaparques y la autoridad de la Unidad de Conservación del Patrimonio Natural (UCPN) Santa Cruz la Vieja.
Durante esa visita, el arqueólogo confirmó de forma verbal que las figuras corresponden a pinturas rupestres. Además, comprometió un informe escrito para respaldar la identificación, documento que todavía está pendiente.
“Ya no es solo naturaleza, es parte de la historia”, expresó el guardaparque, quien considera que el lugar reúne valores naturales y culturales que las comunidades quieren proteger.
Por su parte, Poquiviqui Suárez confirmó que “fuimos hasta el lugar y pudimos evidenciar los vestigios de pintura rupestre”.

La segunda visita dejó otra incógnita. Los participantes encontraron una abertura en la roca, de aproximadamente el ancho de una persona, cuyo acceso estaba cubierto con piedras de tamaño similar a ladrillos. Estas piezas estaban acomodadas de una forma que llamó la atención del grupo.
El arqueólogo retiró algunas y alumbró el interior con una linterna. Según la descripción de Gil Egüez, la cavidad se ensanchaba hacia adentro y continuaba en una curva hacia la izquierda, con espacio para que una persona pudiera sentarse e incluso ponerse de pie.
El especialista prevé regresar al lugar a mediados de enero de 2027 con un equipo profesional para examinar el sitio y determinar si existen fósiles u otros rastros de presencia humana. Cualquier hallazgo será documentado y permanecerá en el lugar, sin extracción de materiales.

En el entorno se encuentran la quebrada El Carmen, sectores de vertientes y grandes pozas naturales. Durante el recorrido, los participantes identificaron una formación rocosa que describieron como “la cara del diablo con su trinche”. Estas características se suman al atractivo natural de la zona.
El sitio se encuentra a unos cuatro kilómetros de las comunidades de San Juan del Norte y Cristo Rey. El trayecto incluye un río de agua dulce que acompaña parte de la caminata y constituye una fuente importante para la zona.

Los comunarios tienen la intención de impulsar primero un área protegida comunal y, más adelante, gestionar su reconocimiento como área protegida municipal. La propuesta busca conservar las fuentes de agua, la flora y la fauna, además de mantener la conexión ecológica entre las comunidades, el parque Kaa-Iya y la UCPN Santa Cruz la Vieja.
Para el guardaparque, la participación de las comunidades, las autoridades y los especialistas será clave para conservar este patrimonio. Las pinturas rupestres, las cavidades que aún guardan preguntas y las fuentes de agua que sostienen la vida de los habitantes revelan que el recorrido de San Juan del Norte y Cristo Rey guarda un valor que trasciende su riqueza natural.
ABI
