POBLACIÓN. las olas de calor, las inundaciones, los huracanes y otros eventos extremos afectan cada vez más a millones de personas. Hábitat para la Humanidad advierte que fortalecer las viviendas debe convertirse en una prioridad para aumentar la resiliencia de las comunidades.
Mientras el cambio climático intensifica la frecuencia y la severidad de los fenómenos extremos en todo el mundo, la vivienda sigue siendo uno de los aspectos menos considerados en las estrategias para enfrentar sus impactos. Un análisis de 188 planes nacionales de acción climática de distintos países revela que la mayoría no incorpora la vivienda como un eje central de mitigación y adaptación. Solo 11 países mencionan expresamente los asentamientos informales como una prioridad, pese a que más de 1.100 millones de personas viven en estas condiciones en el mundo.
La brecha también se refleja en el financiamiento climático. Apenas 7 % de los recursos internacionales destinados a la acción climática se orienta al mejoramiento progresivo de viviendas y barrios informales, intervenciones que permiten fortalecer las construcciones y reducir la vulnerabilidad frente a inundaciones, olas de calor, lluvias intensas y deslizamientos.
En América Latina y el Caribe, alrededor de 120 millones de personas viven en asentamientos informales, muchas de ellas en viviendas expuestas a inundaciones, huracanes, lluvias torrenciales, deslizamientos y temperaturas cada vez más extremas.
«En América Latina y el Caribe, hablar de adaptación climática sin hablar de vivienda significa dejar fuera de la conversación a millones de familias. La casa es el primer refugio frente al calor, las lluvias y los desastres, pero todavía no recibe la atención que corresponde en la planificación y el financiamiento climático«, señaló Ernesto Castro García, vicepresidente de Área para América Latina y el Caribe de Hábitat para la Humanidad Internacional.
La vivienda como infraestructura para la adaptación
Para Hábitat para la Humanidad, la adaptación al cambio climático no puede limitarse a grandes obras de infraestructura. También debe comenzar en los hogares, donde las familias enfrentan diariamente los efectos del clima.
Una vivienda resiliente no depende únicamente de la calidad de su construcción. También influyen factores como su ubicación, el acceso al agua y la energía, las posibilidades de evacuación, el manejo del entorno, la adecuación cultural y la capacidad de mantener condiciones habitables durante una emergencia.
Cuando una vivienda resiste un evento extremo, las familias tienen mayores posibilidades de conservar su patrimonio, permanecer en su comunidad, retomar sus actividades económicas y evitar interrupciones prolongadas en la educación de los niños.
El diseño bioclimático complementa este enfoque mediante soluciones que aprovechan las características naturales de cada territorio. Aspectos como la orientación frente al sol y los vientos, la ventilación cruzada, el aislamiento térmico, la protección solar, la vegetación y el diseño de las ventanas permiten mejorar el confort dentro de las viviendas y reducir la necesidad de refrigeración o iluminación artificial.
Estas medidas no requieren necesariamente tecnologías complejas. Incluso intervenciones progresivas en viviendas existentes pueden mejorar la ventilación, disminuir la exposición a temperaturas extremas, extender la vida útil de las construcciones y reducir el consumo de energía.
Soluciones que ya muestran resultados
Los proyectos desarrollados por Hábitat para la Humanidad en distintos países de América Latina y el Caribe muestran que incorporar criterios climáticos en la vivienda genera beneficios concretos para las comunidades.
En El Salvador, viviendas bioclimáticas con sistemas de ventilación especialmente diseñados han logrado reducir hasta dos grados centígrados la temperatura en el interior de los hogares.
En Chiapas (México), el proyecto Lekil’Na, cuyo nombre en lengua tzotzil significa «vivienda sustentable», combina criterios ambientales, sociales y culturales. Cada vivienda incorpora 232 kilogramos de RESIN8™, un material elaborado a partir de plásticos no reciclables, y cuenta con certificación EDGE, respaldada por el Grupo Banco Mundial.
En Honduras, viviendas elevadas sobre pilotes resistieron las inundaciones provocadas por los huracanes Eta e Iota, aproximadamente una década después de haber sido construidas.
Mientras tanto, en Trinidad y Tobago, el trabajo realizado en diez comunidades costeras permitió capacitar a más de 600 residentes y desarrollar un índice de vulnerabilidad costera y resiliencia comunitaria para fortalecer la preparación y la toma de decisiones frente a emergencias.
Estos casos demuestran que la resiliencia habitacional no responde a un único modelo. Las soluciones deben adaptarse al clima, la cultura, los materiales disponibles, los riesgos del territorio y las capacidades económicas de cada comunidad. Sin embargo, todas coinciden en un mismo principio: frente al avance del cambio climático, la vivienda debe dejar de ser un tema secundario para convertirse en una pieza clave de las políticas de adaptación.
Con datos de Inn Context
