Desde mi barbecho
Alfonso Cortez
Comunicador Social
El 23 de septiembre de 2016 publiqué la primera columna de Desde mi barbecho en su segunda época. Yo era diez años más joven y tenía, creo, diez años más de certezas. No recuerdo si entonces entendía mejor el mundo, pero seguro que creía que sí. A cierta edad uno descubre que ambas cosas no son lo mismo.
Este viernes faltarán apenas cinco días para que se cumpla una década desde aquel comienzo. Desde entonces quedaron más de trescientas cincuenta columnas, una pandemia, demasiadas elecciones, tecnologías que parecían de ciencia ficción y un país polarizado que cambió varias veces de humor y de gobierno, sin cambiar de problemas. Y también cambié yo.
Durante ocho años me senté cada semana frente a una página en blanco intentando encontrar algo que valiera la pena decir. Y algo de vanidad debe haber en eso: creer que uno tiene algo que los demás deberían leer. Después vino una pausa de un año. Mi particular annus horribilis. La llamé, con cierta solemnidad, “paro indefinido”. Por fortuna, resultó menos indefinido que algunas obras públicas.
Volví con menos certezas que en 2016: ya no escribo para obtener respuestas, sino para seguir haciéndome preguntas. No para explicar el mundo, sino para acompañarlo. Llegar hasta ahí me tomó diez años.
El problema de publicar lo que uno piensa es que queda escrito. Ahí están las pruebas del delito.
Al releerlas, descubro que estas columnas no han sido solo opiniones. A su manera, son crónicas de estos tiempos. En ellas quedaron elecciones y una pandemia, pero también celulares, memes, fútbol, libros, películas, aeropuertos, árboles, música, conversaciones y algunas de nuestras pequeñas manías. No me propuse registrar una época, pero terminó colándose en cada texto.
Uno puede releer una vieja columna y encontrarse con alguien que lleva su mismo nombre y hasta conserva algunos de sus defectos, pero sostiene cosas que hoy matizaría, discutiría o, en algún caso, escribiría al revés. Las opiniones también envejecen. Algunas lo hacen con dignidad; otras necesitan una cirugía estética de urgencia.
Durante mucho tiempo creí que cambiar de opinión era contradecirme. Ahora me preocuparía más por seguir pensando lo mismo sobre todo. Sería señal de que el mundo cambió y yo no me enteré.
Hay cosas sobre las que no he cambiado de opinión: la libertad, la democracia, la dignidad de las personas. Pero alrededor de esas pocas certezas hemos construido muchas otras que defendemos como si también hubieran sido entregadas en el monte Sinaí. El tiempo, por suerte, convierte algunas en plastilina.
También cambiaron los lectores. Algunos están aquí desde aquellas primeras columnas. Otros se fueron, cansados de mí o en desacuerdo conmigo, dos razones que puedo comprender. Algunos regresaron. Y están quienes jamás estuvieron de acuerdo conmigo, pero continuaron leyendo. Esos tienen todavía más mérito.
Esta columna también es una conversación con personas que, en su mayoría, no conozco. Cada semana dejo algo sobre la mesa. Algunos lo comparten, otros lo discuten o me corrigen, y muchos pasan de largo. Conseguir que alguien se detenga unos minutos a leer tres mil y pico caracteres ya es una pequeña victoria en tiempos de scroll.
Hay algo absurdo en este oficio: el columnista debe tener una opinión cada semana, como si la realidad tuviera la cortesía de volverse comprensible antes del cierre.
Cada lunes y martes escribo la columna que entrego a los medios el miércoles. Para entonces debo haber entendido algo que, con un poco de suerte, seguirá teniendo sentido el viernes. Hay semanas en las que la realidad boliviana se empeña en cambiar de argumento antes de que uno haya terminado el párrafo. Otras veces el problema no es que falten opiniones, sino que sobran. Vivimos rodeados de personas que saben qué ocurrió, quién tuvo la culpa y cómo arreglar el país antes incluso de terminar de leer la noticia.
Por eso, valoro mucho más una frase que antes me costaba pronunciar: “no sé”. Una opinión puede ser apenas una fotografía tomada desde el lugar en que uno estaba, con la información que tenía. El paisaje puede seguir allí, pero uno ya no está en el mismo sitio.
No sé cuántas columnas más vendrán ni cuántas de las que escriba hoy me harán sonrojar cuando vuelva a leerlas dentro de otra década. Espero que algunas.
Ya no pretendo explicarles a los demás cómo funciona el mundo. Prefiero mirarlo con ojos de cronista, dejar constancia de lo que veo e intentar entenderlo con ustedes.
