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Los Nobel de lo casi invisible

Cecilia González Paredes
Biotecnóloga y divulgadora científica

​Este año los premios Nobel en medicina, física y química no tienen una conexión directa. Sin embargo, los avances realizados en las tres categorías permiten observar o controlar fenómenos normalmente invisibles: neuronas mediante luz, neutrinos cósmicos mediante un detector bajo el hielo y moléculas “espejo” mediante síntesis química selectiva.

​El Nobel de Medicina fue para Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel por los canales iónicos activados por luz y el desarrollo de la optogenética. Esta técnica introduce proteínas sensibles a la luz, como las canalrodopsinas de ciertas algas, en neuronas concretas; al iluminarlas, esas proteínas abren canales iónicos y activan o silencian la célula.

​En la práctica, funciona como un interruptor celular: un investigador puede encender o apagar un grupo específico de neuronas en un animal y ver qué conducta, memoria, emoción o síntoma cambia. Esto está transformando el estudio de circuitos cerebrales y de enfermedades como el parkinson o la epilepsia.

​El Nobel de Física fue para Francis Halzen por sus contribuciones decisivas al Observatorio de Neutrinos IceCube, en la Antártida, y a la detección de neutrinos astrofísicos de alta energía.

​Los neutrinos son partículas casi sin masa y muy difíciles de detectar porque atraviesan materia con apenas una actividad muy residual. IceCube usa alrededor de un kilómetro cúbico de hielo antártico con sensores que captan los tenues destellos de luz que produce, de forma muy ocasional, un neutrino al chocar cerca de un átomo.

​Su importancia es que esos neutrinos provienen de sucesos extremos del universo, como pueden ser agujeros negros, explosiones estelares o núcleos galácticos activos, y llegan casi intactos, ofreciendo una forma nueva de ver el cosmos más allá de la luz convencional.

​El Nobel de Química fue compartido por Henri B. Kagan y Kenso Soai por sus trabajos sobre efectos no lineales y autocatálisis en la síntesis orgánica asimétrica. ​Muchas moléculas existen en dos formas especulares, llamadas enantiómeros, como una mano derecha y una izquierda. 

En fármacos, alimentos y sistemas biológicos, esas dos versiones pueden tener efectos muy distintos; por eso, producir preferentemente una de ellas es esencial en química medicinal.

​En una reacción normal, el producto se forma y ya está. En una autocatálisis, el producto también actúa como catalizador: ayuda a fabricar más de sí mismo. Es decir, una molécula de mano derecha favorece la creación de más moléculas de mano derecha. Por eso se llama un efecto de retroalimentación: cuanto más producto hay, más rápido se forma ese mismo producto. El Nobel de Química reconoce precisamente los efectos no lineales y la autocatálisis en síntesis orgánica asimétrica.

​En Medicina se distinguen unas neuronas de otras; en Física se aíslan señales de partículas entre enormes cantidades de ruido; y en Química se selecciona una orientación molecular frente a su imagen especular. Este año, los tres galardones celebran herramientas que convierten procesos invisibles o mezclados en algo observable, controlable y útil.