Cecilia González Paredes
Biotecnóloga y divulgadora científica
El reciente conflicto por la basura en La Paz ha desnudado una crisis estructural que trasciende la coyuntura. Lo que enfrentamos es una falla sistémica que involucra tanto una deficiente gestión municipal como una alarmante falta de cultura en el tratamiento de residuos por parte de la población.
En primera instancia, la administración municipal ha demostrado una incapacidad crítica para negociar y supervisar de manera eficiente el contrato con la empresa responsable del recojo. Esta negligencia no solo se traduce en calles inundadas de desperdicios, sino en una vulneración directa a la calidad de vida de los paceños. La indignación ciudadana alcanzó tal punto que, en el punto más álgido de la crisis, la idea de depositar los desechos en las puertas de los responsables dejó de parecer una exageración para convertirse en un reflejo del hartazgo colectivo.
Sin embargo, la responsabilidad no es unidireccional. La ciudadanía ha revelado un manejo precario de los residuos que genera. La Paz carece de una caracterización de residuos actualizada; los datos existentes son obsoletos, lo que nos impide entender la magnitud de lo que desechamos. Mientras que en ciertas zonas predomina la generación de residuos inorgánicos, en los barrios populares la mezcla de orgánicos e inorgánicos es casi equivalente. Esta falta de segregación en origen es, quizá, nuestro mayor error: si separásemos los desechos en casa, el impacto de cualquier bloqueo o crisis logística se reduciría drásticamente.
Es lamentable observar cómo iniciativas que prometían un cambio, como las «islas de reciclaje», han ido desapareciendo paulatinamente. En su lugar, el peso del reciclaje ha recaído sobre los hombros de las llamadas «recicladoras», brigadas conformadas mayoritariamente por mujeres que recorren distintos barrios de la ciudad pidiendo un trato digno y mejores condiciones para realizar una labor que debería ser parte de una política pública robusta. Hoy existen hasta ferias en distintos barrios donde hay que poner atención para poder facilitar el recojo de residuos no orgánicos y mejorar las condiciones para estos colectivos.
El panorama futuro es desalentador si no cambiamos el rumbo. El relleno sanitario está cerca de su límite operativo, un escenario que no debería sorprendernos pero que, inevitablemente, detonará nuevos conflictos sociales y ambientales. La dependencia de los rellenos sanitarios es una solución retrógrada. En pleno siglo XXI, enterrar basura no puede ser la única estrategia; de hecho, el relleno sanitario debería ser la última opción, reservada únicamente para residuos peligrosos o aquellos que no pueden ser reinsertados en una cadena productiva. Para mi sorpresa, La Paz, aún no cuenta con una empresa y menos con una estrategia para el manejo de residuos peligrosos químicos.
La Paz tiene el potencial de transformar esta crisis en una oportunidad. Podríamos estar generando energía mediante la incineración controlada de residuos o impulsando una verdadera economía circular y vendiendo el servicio a municipios aledaños. Las alternativas son vastas: desde la producción de compost a gran escala hasta la generación de biogás, biocombustibles o papel a partir de fibras vegetales. Estos procesos no solo mitigarían el impacto ambiental, sino que diversificarían las cadenas productivas de la región.
Precisamente, la experiencia internacional muestra que esa diversificación se logra cuando se combinan múltiples tecnologías y rutas de tratamiento: reciclaje, compostaje, digestión anaerobia, recuperación de energía y disposición controlada. Estos aplicados en sistemas de gestión integral que segmentan los flujos de residuos por tipo y destino. Alemania, por ejemplo, articuló plantas de tratamiento mecánico-biológico, centros de recuperación de materiales, incineradoras con recuperación de energía y plantas de compostaje, lo que redujo drásticamente el uso de vertederos; Suecia, a su vez, canaliza el 99,3% de sus residuos domésticos hacia reciclaje o plantas de valorización energética que generan electricidad y calor distrital. En Asia Japón, Singapur y otros países implementan sistemas integrados con clasificación secundaria, recuperación energética, compostaje y procesamiento de residuos inertes coordinados desde un centro de clasificación primario. Estos enfoques demuestran que la diversificación no consiste solo en añadir tecnologías, sino en articularlas en cadenas complementarias que permitan cascadas de materiales, flujos de nutrientes circulares y múltiples fuentes de ingresos operativos, algo que La Paz podría replicar para convertir su gestión de residuos en un eje de desarrollo regional.
Lograrlo requiere voluntad política y una planificación coherente de largo plazo, alejada de intereses personales o coyunturales. Pero también requiere un compromiso real de cada ciudadano. Separar los residuos no es un acto de magia, es un deber civil. Mientras sigamos contaminando nuestros suelos y dependiendo de soluciones obsoletas, la basura seguirá siendo el síntoma de una ciudad que se niega a prosperar.
