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Pese al avance de las renovables, América Latina paga la factura de la crisis petrolera global

TRANSICIÓN. La inflación energética alcanzó en marzo su nivel más alto en un año y evidenció que la región sigue siendo vulnerable a los shocks internacionales de los combustibles fósiles.

América Latina y el Caribe posee una de las matrices eléctricas más renovables del mundo. Sin embargo, la crisis desatada por el conflicto en Medio Oriente volvió a demostrar que la región aún no ha logrado desligarse de la volatilidad de los mercados petroleros internacionales.

Según el más reciente reporte de la Organización Latinoamericana y Caribeña de Energía (OLACDE), marzo de 2026 marcó un punto de inflexión para la inflación energética regional. La inflación energética mensual pasó de 0,19% en febrero a 1,42% en marzo, el nivel más alto registrado en los últimos doce meses. Al mismo tiempo, la inflación total de la economía regional se aceleró de 0,38% a 0,75%, también su mayor nivel del último año.

El detonante fue la escalada del conflicto en Medio Oriente y las tensiones sobre el estrecho de Ormuz, uno de los principales puntos estratégicos del comercio energético mundial. Aproximadamente el 20% del petróleo global transita por esta ruta, por lo que cualquier interrupción repercute de forma inmediata en los precios internacionales del petróleo, el gas natural, los costos de transporte y los seguros marítimos.

En marzo, la incertidumbre provocó que el precio del petróleo alcanzara los 116 dólares por barril. La magnitud del impacto queda reflejada en otro dato del informe: la variación mensual del precio del petróleo WTI llegó al 71,38%, muy por encima de los niveles observados en años anteriores.

Avance y dependencia

Aunque la región ha avanzado en la incorporación de energías renovables para la generación eléctrica, continúa dependiendo del petróleo y sus derivados para actividades esenciales como el transporte, la logística y buena parte de la actividad industrial. Esa dependencia explica por qué un conflicto ocurrido a miles de kilómetros de distancia terminó repercutiendo directamente en los costos de vida de millones de personas en América Latina y el Caribe.

El incremento de los combustibles fue inmediato. En promedio, el precio de la gasolina aumentó un 15% y el del diésel un 21% en la región. Los precios internos de la gasolina oscilaron entre 0,7 y 2,07 dólares por litro, mientras que los del diésel se ubicaron entre 0,8 y 1,65 dólares por litro. Estas alzas encarecieron el transporte de pasajeros y carga, incrementaron los costos logísticos y terminaron trasladándose al precio de los alimentos y otros bienes de consumo.

Sin embargo, el reporte muestra que la relación entre los precios internacionales de los combustibles y la inflación energética regional no es automática ni proporcional. Mientras los precios internacionales del petróleo, el gas natural y el carbón experimentaron fuertes oscilaciones, la inflación energética en la región mostró históricamente un comportamiento más moderado gracias a mecanismos de intervención estatal. Subsidios, impuestos diferenciados, fondos de estabilización y bandas tarifarias han permitido amortiguar parte de los impactos externos sobre los consumidores.

Aun así, marzo de 2026 demostró que los choques geopolíticos de gran magnitud pueden superar esos mecanismos de contención. Aunque el traslado del shock energético a la inflación general no fue total, sí fue significativo, evidenciando que la transmisión de las tendencias internacionales se vuelve difícil de evitar cuando las tensiones alcanzan niveles elevados.

El impacto tampoco fue homogéneo. Los países importadores enfrentaron mayores presiones fiscales e inflacionarias debido al aumento de los costos energéticos, mientras que las economías exportadoras recibieron ingresos extraordinarios de corto plazo gracias a los mayores precios internacionales. Sin embargo, ambos grupos permanecieron expuestos a la volatilidad del mercado energético global.

El combustible de la transición

La situación reabre un debate que también ocupó un lugar central durante la Conferencia ARPEL 2026, realizada recientemente en Buenos Aires. Representantes de empresas, organismos internacionales y asociaciones sectoriales coincidieron en que la seguridad energética, la integración regional y la atracción de inversiones serán factores determinantes para enfrentar un contexto global cada vez más incierto.

Las discusiones destacaron que América Latina dispone de recursos energéticos, potencial renovable y reservas de gas natural que pueden desempeñar un papel importante en la construcción de sistemas energéticos más resilientes. Asimismo, se enfatizó la necesidad de ampliar la infraestructura, fortalecer la integración regional y generar marcos regulatorios que permitan atraer inversiones de largo plazo.

En este contexto, el gas natural continúa siendo considerado por diversos actores regionales como un combustible de transición capaz de acompañar el crecimiento de las energías renovables y aportar flexibilidad a los sistemas energéticos mientras avanzan procesos como la electrificación del transporte y la descarbonización industrial.

La crisis de marzo deja una conclusión clara. América Latina ha logrado avances importantes en generación renovable, pero todavía no ha completado su transición energética. Mientras el transporte, la logística y amplios sectores productivos continúen dependiendo de combustibles fósiles, la región seguirá siendo vulnerable a los shocks geopolíticos y a las fluctuaciones del mercado petrolero internacional. Reducir esa exposición requerirá no solo más energías renovables, sino también mayor integración energética, nuevas inversiones, infraestructura estratégica y una transformación profunda de los sectores que aún dependen del petróleo.

Con datos de Olacde y Arpel

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