Cecilia González Paredes
Biotecnóloga y divulgadora científica
En nombre del gasto público, el Gobierno decidió trasladar el Viceministerio de Ciencia y Tecnología al Ministerio de Educación, después de cerrar el Ministerio de Planificación. La medida puede presentarse como austeridad, simplificación administrativa o reorganización institucional. Pero hay una pregunta que no admite eufemismos: ¿qué mejora concreta ha producido hasta ahora la reducción del Estado en un país que todavía no consigue mejorar su educación?
La austeridad, por sí sola, no es una política pública. Eliminar oficinas no garantiza mejores escuelas, más investigación ni una administración más eficiente. Y colocar la ciencia dentro de Educación tampoco asegura que el conocimiento gane importancia. Puede ocurrir lo contrario: que la investigación quede subordinada a las urgencias de un sistema educativo que ya enfrenta enormes carencias.
El retroceso no está únicamente en el traslado. Está en haber perdido la oportunidad de crear un Consejo Nacional de Ciencia e Investigación, con autoridad, presupuesto y capacidad para coordinar universidades, institutos, empresas, gobiernos subnacionales y comunidades científicas. Un consejo así podría canalizar fondos competitivos para investigación básica y aplicada, establecer prioridades nacionales y evitar que cada gobierno vuelva a inventar la política científica desde cero y con escasos resultados.
Bolivia necesita una institución que piense más allá del periodo electoral y de la coyuntura presupuestaria. La investigación básica no es un lujo ni una actividad decorativa. Es el suelo sobre el que se construyen las aplicaciones futuras.
El reciente descubrimiento del Leopardus tilcayo, una nueva especie de felino de los bosques nublados de los Yungas, lo demuestra. La bióloga boliviana Paola Nogales y sus colegas no llegaron a esa conclusión mediante una ocurrencia tecnológica de moda, sino a través de observación, trabajo de campo, comparación morfológica y análisis genético. El estudio, identificó como especie distinta a un animal que durante años había sido confundido con otro felino.
Ese hallazgo revela algo elemental: la ciencia avanza cuando se formulan preguntas, se acumulan evidencias y se sostienen investigaciones durante años. La biología molecular fue decisiva, pero no habría servido sin biólogos de campo, colecciones científicas, conocimiento local y paciencia. La ciencia no comienza con un robot ni termina en una aplicación móvil.
En Bolivia todavía se habla de las áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemática por sus siglas en inglés) como si esas áreas se redujeran a robótica y programación. No. STEM también es taxonomía, ecología, geología, medicina, agronomía, matemática, ingeniería, química y física. Es observar un bosque, entender un genoma, medir un río, estudiar una enfermedad o anticipar un desastre natural.
Sin ciencia básica, las políticas públicas se convierten en improvisaciones. Se protege tarde, se planifica mal y se decide con información incompleta. Por eso, trasladar el viceministerio sin fortalecer la institucionalidad científica es una pérdida de oportunidad. Bolivia necesita menos anuncios y más investigación; menos recortes presentados como reformas y más inversión sostenida en conocimiento.
Promover STEM no es repetir consignas: es financiar laboratorios, formar investigadores, apoyar expediciones, sostener bases de datos, proteger carreras científicas y conectar el conocimiento con las necesidades del país. La ciencia no debe ser un apéndice de la educación ni una víctima de la austeridad. Debe ser una prioridad nacional, sin ambigüedades.
