Desde mi barbecho
Alfonso Cortez
Comunicador Social
Anoche presenté, en la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz de la Sierra, mi nuevo libro: Desde la línea de cal. Cuentos de fútbol. Y mientras hablaba frente al público, viendo rostros atentos —amigos de siempre, lectores, colegas y futboleros infiltrados entre los asistentes— confirmé algo que sospechaba desde hace años: el fútbol sigue siendo una de las formas más sinceras que tenemos para hablar de la vida.
No porque el fútbol explique la existencia, sino porque alrededor de una pelota aparecen, sin maquillaje, muchas de nuestras emociones más humanas: la esperanza, la frustración, la nostalgia, el miedo al fracaso, la amistad, el paso del tiempo y esa obstinación absurda —aunque hermosa— de seguir jugando incluso cuando el marcador está en contra.
Este nuevo libro nació como una prolongación natural de Pasión inútil. Cuentos de fútbol, aquel primer conjunto de relatos sobre fútbol que publiqué en 2019. Pero estos cuentos llegan ahora con más cicatrices, más silencios y, quizás, una mirada melancólica sobre quienes viven el fútbol desde los márgenes.
Porque en Desde la línea de cal los protagonistas no siempre hacen goles. A veces ni siquiera entran a la cancha: aquí aparecen un tercer arquero, que espera durante años una oportunidad que quizá nunca llegue; un utilero anónimo, que sostiene silenciosamente a todo un club sin figurar jamás en la fotografía oficial; un hombre ciego, que asiste al estadio para imaginar goles que no puede ver; una jueza, que debe hacerse respetar en un universo atravesado por el machismo; y un dirigente ingenuo, que hereda un club corrupto creyendo que administrar fútbol tiene algo de romanticismo.
Son todos personajes invisibles. Gente que rara vez ocupa portadas deportivas. Pero que, justamente por eso, me interesan más.
Siempre me intrigaron esos seres humanos que permanecen “desde la línea de cal”: cerca del juego, respirándolo, pero sin tocar la pelota. Porque sospecho que ahí afuera —en los suplentes eternos, en los hinchas silenciosos, en quienes esperan, resisten o acompañan— también habita una parte importante de nosotros mismos.
Hay una frase que repetí durante la presentación del libro y que resume bastante bien el espíritu de estos cuentos: no todos los partidos se juegan para ganar. Algunos se juegan, simplemente, para no rendirse. Y quizás eso explique por qué el fútbol continúa emocionándonos tanto.
No por los millones de dólares, ni por las transmisiones satelitales, ni por las discusiones infinitas sobre el VAR. Nos sigue importando porque, en el fondo, sigue siendo uno de los pocos lugares donde todavía se juega algo profundamente humano: la ilusión.
Esa ilusión infantil de creer que puede aparecer un gol en el último minuto. Que aún es posible revertir el resultado. Que la próxima temporada será mejor. Que esta vez sí.
Con los años entendí que buena parte de la vida adulta consiste en intentar conservar algo de ese niño que corría detrás de una pelota imaginaria hasta que la noche borraba la cancha. Tal vez por eso escribo estos cuentos.
Porque, como dijo Rainer Maria Rilke, “la verdadera patria del hombre es la infancia”. Y para muchos de nosotros, el fútbol sigue siendo uno de los caminos más directos para regresar a ella, aunque sea por noventa minutos… o a través de las páginas de un libro.

