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El Niño expone a 41 millones de niños en América Latina a sequías, inundaciones y hambre

CLIMA. El fenómeno podría convertirse en uno de los más intensos registrados. La pérdida de cosechas, la escasez y contaminación del agua, las enfermedades y los desplazamientos amenazan con agravar la malnutrición y otras vulnerabilidades que ya afectan a varios países de la región.

El Niño continúa ganando fuerza en el Pacífico y sus efectos podrían alcanzar a 41 millones de niños y niñas en América Latina y el Caribe entre octubre y diciembre. Algunos vivirán en territorios con lluvias muy por debajo de lo habitual; otros estarán expuestos a precipitaciones intensas, inundaciones y deslizamientos.

Detrás de estos extremos climáticos se perfila una crisis que va más allá del tiempo: pérdida de alimentos e ingresos, interrupciones en el suministro de agua, desplazamientos y una mayor exposición a la malnutrición y las enfermedades.

Un nuevo análisis de UNICEF estima que más de 347 millones de niños y niñas de casi 100 países y territorios vivirán durante esos tres meses en zonas donde se esperan condiciones inusualmente secas o húmedas asociadas con El Niño. América Latina y el Caribe es una de las regiones con mayor cantidad de niños expuestos, después de Asia y el Pacífico y al mismo nivel que África Oriental y Meridional.

“Para los niños y niñas, El Niño es mucho más que un fenómeno meteorológico. Puede suponer un aumento de los desplazamientos, la malnutrición, la escasez de agua y los brotes de enfermedades”, advirtió la directora ejecutiva de UNICEF, Catherine Russell.

Un fenómeno que todavía puede intensificarse

El Niño se produce cuando las aguas del Pacífico tropical central y oriental se calientan por encima de lo habitual y alteran la circulación atmosférica. Esa variación modifica los patrones de lluvias y temperaturas a miles de kilómetros de distancia.

Las previsiones indican que el episodio seguirá fortaleciéndose hacia finales de año. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos estima que existe una probabilidad superior al 90% de que alcance una intensidad “muy fuerte” durante el otoño y el invierno boreales de 2026-2027.

También existe un 75% de probabilidad de que, entre octubre y diciembre, alcance una magnitud superior a la de otros episodios observados desde 1950.

Esto no significa que todos los países experimentarán los mismos efectos ni que cada sequía, inundación o incendio pueda atribuirse directamente a El Niño. El tipo y la intensidad de los impactos dependen de la región, la época del año y las condiciones locales.

En América Latina y el Caribe, el fenómeno dibuja un mapa de extremos. Centroamérica, el Caribe y buena parte del norte de Sudamérica podrían registrar menos lluvias y temperaturas más altas, mientras que algunos sectores de la costa del Pacífico sudamericano enfrentarían precipitaciones por encima de lo normal, inundaciones y deslizamientos.

La falta de alimentos ya golpea al Corredor Seco

La preocupación más inmediata en Centroamérica se concentra en el Corredor Seco, donde la falta de lluvias dañó la primera cosecha del año. Para miles de familias, perder el maíz no significa solamente una reducción de ingresos, sino quedarse sin una parte esencial de su alimentación.

Una evaluación realizada en 354 comunidades de Guatemala, Honduras y El Salvador encontró que casi ocho de cada diez hogares productores de maíz perdieron entre el 75% y el 100% de su cosecha. Cerca de dos tercios contaban con reservas para apenas tres semanas o menos. Más de 91.000 hogares rurales enfrentan de manera simultánea pérdidas agrícolas, disminución de ingresos y escasez de agua.

El escenario podría agravarse si también falla la segunda cosecha, conocida como postrera. Esto prolongaría la temporada de escasez y aumentaría las necesidades alimentarias y nutricionales durante 2027, con consecuencias especialmente graves para la infancia.

Escasez de agua, calor e inundaciones

El Caribe enfrenta una combinación de sequía, temperaturas elevadas y episodios localizados de lluvias intensas. En Cuba, alrededor de 2,6 millones de personas sufren interrupciones en el suministro de agua.

En Haití, la sequía vinculada a El Niño contribuyó a la pérdida de cultivos y a la escasez de agua en varios departamentos. La emergencia se suma a una situación de inseguridad alimentaria que ya se encontraba en niveles graves.

En el norte de Sudamérica, Colombia y Venezuela afrontan riesgos de sequía, calor extremo, incendios forestales y una mayor presión sobre las fuentes y los sistemas de distribución de agua.

UNICEF incluye a Colombia entre los países donde las condiciones más secas podrían causar sequía agrícola y escasez de agua, aumentar los desplazamientos y agravar la malnutrición aguda. Un análisis territorial estima que alrededor de 4,3 millones de personas en ese país son susceptibles a interrupciones del suministro.

La situación sería diferente en partes de Ecuador y Perú, donde se esperan condiciones más húmedas hacia finales de año, acompañadas por un mayor riesgo de inundaciones y deslizamientos.

En ambos escenarios, la infancia se encuentra entre los grupos más vulnerables. La falta de agua segura y alimentos adecuados puede afectar su nutrición y desarrollo, mientras que las inundaciones pueden dañar viviendas, escuelas y centros de salud, además de obligar a las familias a desplazarse.

Una amenaza para la salud

La Organización Panamericana de la Salud advirtió que las alteraciones en las lluvias y las temperaturas pueden desencadenar una serie de consecuencias sanitarias. La sequía y la falta de agua deterioran las condiciones de higiene y seguridad alimentaria. En el otro extremo, las lluvias intensas pueden contaminar las fuentes de abastecimiento y favorecer la aparición de enfermedades.

El aumento de las temperaturas y los cambios en las precipitaciones también pueden generar condiciones propicias para la transmisión del dengue y otras enfermedades. A ello se suma el humo de los incendios forestales, que incrementa los problemas respiratorios y afecta especialmente a niños, adultos mayores y personas con enfermedades preexistentes.

Hasta mediados de septiembre, ocho países o territorios de las Américas habían declarado emergencias o alertas oficiales por amenazas relacionadas con El Niño.

La oportunidad de actuar antes de la emergencia

A diferencia de otros desastres que llegan con poca advertencia, El Niño puede seguirse y pronosticarse con meses de anticipación. Esa información abre una ventana para proteger a las familias antes de que la pérdida de cosechas, la falta de agua o las inundaciones se conviertan en crisis humanitarias.

Entre las medidas posibles están el almacenamiento y la distribución preventiva de agua, la protección de cultivos y medios de vida, el fortalecimiento de los sistemas de salud, la vigilancia nutricional de la niñez y la preparación de escuelas y comunidades frente a inundaciones o desplazamientos.

En Guatemala, Honduras y El Salvador, Naciones Unidas activó mecanismos de acción anticipatoria antes de que se materializaran los impactos más graves de la sequía. También liberó 10,5 millones de dólares del Fondo Central para la Acción en Casos de Emergencia para proteger a las comunidades vulnerables.

UNICEF calcula que cada dólar invertido en prevención y reducción del riesgo de desastres puede ahorrar hasta 15 dólares en costos posteriores de recuperación. Sin embargo, menos del 1% de la financiación humanitaria mundial se destina actualmente a la acción anticipatoria.

Frente a un episodio de El Niño que todavía puede intensificarse, las previsiones permiten saber dónde se concentran los riesgos. El desafío consiste en convertir esa información en decisiones oportunas para evitar que una anomalía climática profundice el hambre, las enfermedades y la pérdida de oportunidades para millones de niños y niñas.