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Expertos se unen y plantean acciones inmediatas para devolver la vida al centro histórico de Santa Cruz de la Sierra

El centro de la ciudad atrae bastante gente durante los fines de semana, pero eso no es suficiente para su revitalización. Foto: Karina Vargas.

CIUDAD. El Comité Impulsor del Centro Histórico propone articular a la sociedad civil, el sector privado y las autoridades para recuperar el patrimonio y convertir esta zona en un lugar donde las personas vuelvan a vivir, caminar, encontrarse y desarrollar actividades culturales y económicas. Esto a través de acciones inmediatas y otras de largo aliento.

Karina Vargas Alba

Recuperar el centro histórico de Santa Cruz de la Sierra es urgente y no necesariamente debe comenzar con grandes obras ni esperar la aprobación de proyectos millonarios. Mejorar la iluminación, habilitar baños públicos, ordenar determinadas actividades, ampliar las áreas para caminar, activar patios y casonas, abrir espacios culturales y recuperar lugares de encuentro son algunas acciones que podrían ponerse en marcha con presupuestos reducidos y cambios visibles.

Esta mirada forma parte de las propuestas planteadas durante la presentación del Comité Impulsor del Centro Histórico (CICH), un espacio ciudadano, independiente y multidisciplinario que busca promover, orientar y acompañar la recuperación integral de esta zona de la ciudad.

Integrado por arquitectos, urbanistas y gestores culturales, el comité no pretende sustituir las responsabilidades del Estado, sino articular propuestas, exigir respuestas y movilizar la participación de autoridades, empresas, instituciones y ciudadanía. Su intención es combinar proyectos estructurales, que demandarán tiempo e inversión, con intervenciones pequeñas capaces de recuperar progresivamente el espacio público y devolver confianza en que la transformación es posible.

“Puede haber soluciones fáciles al principio, acciones concretas, pequeñas, pero también soluciones de largo plazo y de mucho más impacto”, explicó el arquitecto Álvaro Mier, vocero de la agrupación. Una de las primeras tareas del comité será organizar las iniciativas existentes y presentarlas a las autoridades y a la sociedad civil.

Mier reconoció que no existe una “bala de plata” capaz de revertir de inmediato décadas de deterioro, despoblamiento y pérdida de usos. Sin embargo, remarcó que el proceso debe comenzar ahora para que sus resultados puedan apreciarse en los próximos años.

Las casonas y espacios del centro albergan diversas actividades, pero muchos están quedando vacíos. Foto: Portal Verde

Una modernidad con escala humana

Uno de los conceptos centrales planteados durante la presentación fue la necesidad de revisar qué se entiende por una ciudad moderna. Para Mier, la modernidad no está determinada por la altura de los edificios ni por el predominio del vidrio y el cemento.

“Una ciudad moderna se mide por el índice de desarrollo humano, por la escala humana, por la seguridad al caminar por sus calles, por el espacio verde y por el tipo de movilidad”, señaló.

Desde esta perspectiva, la modernidad también significa disponer de transporte público de calidad, veredas uniformes, recorridos seguros para bicicletas, espacios donde los vecinos puedan encontrarse y condiciones para que distintas generaciones habiten la ciudad.

La conservación del patrimonio, por tanto, no debe enfrentarse al desarrollo. Una de las alternativas mencionadas es preservar las galerías y los perímetros tradicionales de las manzanas, mientras se aprovechan sus espacios interiores para incorporar vivienda y edificaciones con usos culturales, gastronómicos, comerciales y de trabajo compartido.

“No es excluyente preservar el pasado y el patrimonio y avanzar hacia el futuro”, sostuvo Mier.

El arquitecto y urbanista Fernando Prado recordó que en décadas anteriores se asociaba la modernización con derribar las construcciones antiguas. Hoy desde diferentes disciplinas, como el urbanismo, la sociología, la economía o la psicología, se valoran los centros históricos por sus aportes económicos, sociales y humanos, sumándoles sostenibilidad y el cuidado del medio ambiente.

Las ciudades que conservan estos espacios poseen un patrimonio que otras urbes intentan incluso recrear, dijo Prado. “¿Cómo vamos a permitir que se venga abajo un tesoro que tenemos en las manos?”, cuestionó.

Volver a vivir en el centro

El deterioro de las casonas es el problema más visible, pero su explicación no es únicamente arquitectónica. Para Prado, también responde a factores económicos y sociales que deben ser abordados si se quiere recuperar de manera sostenible el patrimonio.

Entre las prioridades se encuentra el retorno de la vivienda. “Vivir en el centro debería ser un privilegio enorme”, afirmó. Sin embargo, el desarrollo inmobiliario no ha aprovechado los espacios interiores de las manzanas y la zona fue perdiendo población y actividad cotidiana.

El reto consiste en generar condiciones para atraer a nuevos residentes, particularmente jóvenes que buscan independencia, proximidad a servicios y una vida cotidiana que no dependa completamente del automóvil.

La arquitecta Ana Gutiérrez resumió el desafío como la necesidad de “densificar, no gentrificar”. Esto implica sumar habitantes y actividades sin expulsar a quienes ya viven o trabajan en el lugar, ni convertir el centro en un espacio exclusivo y ajeno a su diversidad social.

Para conseguirlo será necesario combinar vivienda, seguridad, estacionamientos estratégicos, movilidad, servicios, comercio, cultura y espacios públicos de calidad. Prado planteó observar incluso qué ofrecen actualmente los centros comerciales: áreas peatonales, recorridos protegidos y estacionamiento. El centro histórico debe responder a esas necesidades, pero cuenta con algo que esos espacios no pueden reproducir: historia, identidad y una forma particular de encuentro ciudadano.

Es necesario poner en valor el patrimonio y generar condiciones para su preservación. Foto: Portal Verde

La vida atrae vida

La arquitecta Mary Betty Boland, como vecina del centro y desde su experiencia cotidiana, destacó lugares pequeños que se convirtieron en puntos de encuentro, como la panadería que se ha convertido en dinamizador cultural y espacio de convivencia en la Plazuela Callejas. Allí las personas se encuentran, se conocen y se cuidan. Es esa dimensión humana -que se está perdiendo- es la que se debe recuperar.

“Es porque hay vida que atrae”, expresó Boland, una idea que sintetiza uno de los principios de la propuesta: las personas regresan a los lugares donde encuentran otras personas, actividades y motivos para permanecer.

La Plaza 24 de Septiembre y Manzana 1 son otros ejemplos de esa capacidad de convocatoria. Gutiérrez destacó que durante los fines de semana, familias procedentes incluso de municipios como Montero y El Torno planifican visitas al centro. Esto demuestra que existe interés ciudadano, aunque la oferta de espacios y actividades sea limitada.

El desafío es extender esa vitalidad hacia otras calles, plazas, parques, galerías y casonas del centro, creando una red de puntos de encuentro y no una única zona activa rodeada por espacios que se vacían al terminar la jornada laboral.

Casonas y patios que ya recuperaron su uso

El centro cuenta también con experiencias que muestran que la revitalización es posible. Gutiérrez mencionó espacios como la Casa Melchor Pinto, La Federal, El Hilo Negro, la casa Gladys Moreno o El Aljibe, que recuperaron inmuebles o los dotaron de nuevos usos vinculados con el arte, la cultura, la gastronomía y el encuentro.

La arquitecta consideró necesario analizar cómo funcionó cada experiencia, porque no existe una fórmula única para revitalizar los inmuebles. Entre los mecanismos que podrían explorarse mencionó los comodatos culturales, que permiten habilitar espacios y darles un uso mientras se conserva su valor.

El arquitecto Virgilio Suárez destacó la dinámica generada en casonas y patios donde funcionan “boliches” y que reciben una asistencia importante de jóvenes. Más allá de los problemas que algunas actividades pueden ocasionar y que deben ser regulados, considera que existe un potencial que puede canalizarse mediante la economía naranja.

La cultura, la gastronomía, el entretenimiento y los emprendimientos creativos pueden convertirse en motores de recuperación, siempre que coexistan con la vivienda y respeten el descanso y los derechos de quienes habitan la zona. El objetivo no es expulsar a los jóvenes ni apagar la actividad nocturna, sino establecer reglas, horarios, condiciones de seguridad y servicios adecuados.

El deterioro es evidente en muchas de las antiguas construcciones. Foto: Milton Sosa

Acciones pequeñas que pueden comenzar ahora

Entre las necesidades concretas mencionadas durante la presentación aparecen algunas que no requieren esperar un plan integral para ser atendidas: instalar baños públicos, mejorar la limpieza y la iluminación, recuperar bancos y sombra, ordenar el uso de calles y aceras, facilitar recorridos peatonales y brindar mayor seguridad.

También se planteó recuperar espacios actualmente subutilizados, como el parque El Arenal -cuya restauración es una buena señal-, y analizar intervenciones semipeatonales en calles que conecten equipamientos culturales. Aceras más amplias, árboles, bancos, cafeterías y recorridos protegidos del sol podrían generar corredores que inviten a caminar y permanecer.

A estas posibilidades se suman la activación temporal de casonas, el apoyo a pequeños escenarios teatrales, la iluminación de edificios patrimoniales y la creación de alianzas con empresas. La iluminación de la Catedral, promovida con participación privada, fue citada como ejemplo de que la recuperación no depende exclusivamente del presupuesto municipal.

Una “acupuntura urbana” con proyectos piloto, localizados y de rápida ejecución que pueden detonar nuevas inversiones, mejorar la experiencia ciudadana y generar optimismo.

Patrimonio con incentivos y reglas claras

El CICH sostiene que el patrimonio no puede protegerse únicamente mediante llamados a la conciencia o discursos nostálgicos. Se requieren normas eficaces, incentivos tributarios, trámites más sencillos y mecanismos que hagan viable para los propietarios conservar y restaurar sus inmuebles.

También plantea mantener una vigilancia ciudadana frente al deterioro, las demoliciones improcedentes y las intervenciones que alteran el paisaje urbano tradicional. La arquitecta Marina Bonino precisó que la educación y la conciencia ciudadana serán pilares del trabajo del comité, porque el valor del centro no se limita a elementos visibles como las galerías, los horcones o las losetas.

La convivencia, las memorias, las costumbres y las formas de encontrarse conforman también un patrimonio intangible que debe ser protegido.

Suárez recordó que Santa Cruz cuenta con antecedentes normativos y estudios de preservación que se remontan a más de cinco décadas. Prado coincidió en que no se parte de cero: existen diagnósticos y propuestas; lo nuevo es la decisión de la sociedad civil de organizarse y participar de manera más activa.

Un trabajo integral y compartido

El comité reúne a profesionales y ciudadanos de distintas generaciones y disciplinas. Entre sus integrantes figuran Humberto Ribera, Marcelo Araúz, Fernando Prado, Carlos Cirbián, Ejti Stih, Guido Bravo, Virgilio Suárez, Raquel Schwartz, Luis Fernández de Córdova, Ana Carola Traverso, Marina Bonino, Mary Betty Boland, Ana Gutiérrez y Álvaro Mier.

Bonino explicó que esa diversidad permitirá superar las intervenciones aisladas y avanzar hacia una visión integral, capaz de incorporar patrimonio, vivienda, movilidad, economía, cultura, seguridad, ambiente y convivencia.

El manifiesto del CICH propone una gobernanza participativa que articule a los tres niveles del Estado, especialmente al Gobierno municipal y a la Gobernación, con el sector privado y la sociedad civil. Plantea alianzas público-privadas, incentivos normativos y menos burocracia para transformar las intenciones en intervenciones reales.

La recuperación no será inmediata ni dependerá de una sola obra. Pero el comité sostiene que tampoco debe permanecer paralizada mientras se esperan grandes proyectos. Puede comenzar con una calle más caminable, un patio que se abre a la cultura, una casona que recupera su uso, un parque que vuelve a recibir personas o un servicio básico que hoy es inexistente.

La apuesta es que esas pequeñas transformaciones comiencen a devolver habitantes, actividades y confianza al centro. Porque el patrimonio puede conservar sus muros, pero solo estará verdaderamente vivo cuando la gente decida volver a habitarlo.

El grupo de profesionales que integran el Comité Impulsor del Centro Histórico y que promete generar propuestas factibles.