Desde mi barbecho
Alfonso Cortez
Comunicador Social
A fines del año pasado, Google Fotos me recordó, con esa eficacia casi maternal que tienen ahora los algoritmos, que hacía ocho años había nacido mi nieta. No tuve que buscar nada. El programa preparó un video, eligió una música melosa e hizo desfilar, una detrás de otra, imágenes de la niña que ha ido creciendo frente a una cámara casi permanente.
Entonces vi el dato: tengo cerca de 16.000 fotografías de ella. Dieciséis mil. Hice un cálculo rápido. Si dedicara apenas tres segundos a cada una, necesitaría más de trece horas para verlas todas. Sin dormir. Sin comer. Sin distraerme. Y sospecho -perdón, corrijo: estoy seguro- de que jamás lo haré.
Mis hijos crecieron en otra frontera tecnológica. De ellos conservo una decena de álbumes de fotografías reveladas, de esos que olían a papel nuevo y tenían hojas negras o blancas protegidas por un plástico transparente. También guardo una veintena de CD con filmaciones familiares: cumpleaños, vacaciones, primeros pasos, actuaciones escolares, ballet, coros y partidos de fútbol.
Hoy ya casi no tengo dónde reproducirlos. Los discos siguen ahí. Los recuerdos también. El reproductor desapareció. Cada generación parece fabricar su propia forma de olvidar.
Mis padres debían elegir cuidadosamente cuándo apretar el disparador. Un rollo tenía 24 o, con suerte, 36 fotos. Cada clic costaba dinero. Uno fotografiaba lo excepcional.
Nosotros empezamos fotografiando casi todo. Nuestros hijos ya fotografían absolutamente cualquier cosa. Un café antes del primer sorbo. La comida antes del primer bocado. Un atardecer antes de levantar la vista. Un concierto entero sin mirar demasiado el escenario.
La escena se volvió tan normal que ya casi no advertimos su paradoja. Miles de personas levantan el celular al unísono para registrar el mismo instante. Durante unos minutos dejan de ser espectadores y se convierten en archivistas de un recuerdo que probablemente nunca volverán a consultar.
No están filmando para recordar. Están filmando porque todos filman. Como si la experiencia no terminara de existir hasta convertirse en archivo.
Por eso cada vez me sorprende más ver, en medio de un concierto, a alguien que guarda el teléfono en el bolsillo y se dedica a una extravagancia antigua: mirar. Sin intermediarios. Con los dos ojos disponibles.
Algunos estudios sobre la memoria han observado un fenómeno curioso: cuando sabemos que una cámara está registrando un momento, el cerebro tiende a delegar parte del esfuerzo de recordarlo. Los investigadores lo llaman “photo-taking impairment effect”, algo así como el deterioro de la memoria provocado por tomar fotografías. Confiamos tanto en que la imagen conservará el instante que nosotros dejamos de hacerlo. Creemos estar fabricando memoria. A veces solo estamos fabricando almacenamiento.
No estoy proponiendo volver a los rollos Kodak ni declarar la guerra a los celulares. Sería tan absurdo como exigir el regreso de las máquinas de escribir. Seguiré fotografiando a mi nieta. Google seguirá alimentando ese álbum sin preguntarme. Y me enternece imaginar que algún día ella podrá recorrer, gracias a esas imágenes, una parte de su infancia.
Pero también quisiera regalarle recuerdos que no necesiten batería: conversaciones que nadie grabó, abrazos que no buscaron el mejor ángulo, risas que no terminaron en una historia de Instagram. Desde hace un par de años intento conservar algo más: no solamente la imagen de su infancia, sino la voz con la que su abuelo la fue mirando.
El 15 de cada mes le escribo una carta. La escribo a mano, sobre papel rayado, y la decoro con algunas pegatinas para darle color. Después, la guardo en un sobre y comienza un viaje que tarda casi un mes en llevarla al otro lado del océano.
Mientras el algoritmo acumula miles de fotografías suyas sin preguntarme, yo intento dejarle unas pocas páginas donde quede registrada otra cosa: no solo su rostro, sino mi mirada. Algún día esas cartas volverán a caer en manos adultas. Y entonces comprenderá cómo la miraba su abuelo cuando ella tenía siete, ocho, nueve… años.
Las fotografías congelan un instante. Las palabras, a veces, consiguen atravesar el tiempo. Cuando yo ya no esté, esas cartas seguirán llegando. Porque una hoja escrita a mano puede conservar una presencia que ningún algoritmo sabría reconocer.
