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La tara muestra el potencial de las neoexportaciones para diversificar la oferta de Bolivia

BIOCOMERCIO. Este árbol de los valles interandinos se produce en seis departamentos y su cadena reúne a cerca de 3.000 familias y medio millón de plantas. Junto con la almendra chiquitana, el asaí, la chía, los aceites esenciales y los derivados de camélidos, forma parte de una nueva oferta que busca llegar a los mercados internacionales con valor agregado.

Karina Vargas Alba

Bolivia puede construir desde su biodiversidad una nueva oferta exportadora con productos todavía poco visibles en los mercados internacionales, pero capaces de generar divisas, impulsar actividades sostenibles y abrir oportunidades para las comunidades rurales.

La tara, la almendra chiquitana, el asaí, la chía, los aceites esenciales, los productos derivados de camélidos e incluso el cabello humano forman parte de las denominadas “neoexportaciones”; es decir, las menos tradicionales dentro de las exportaciones no tradicionales y que están vinculadas con la biodiversidad, el biocomercio, el conocimiento y el aprovechamiento sostenible de los recursos.

Este viernes 4 de septiembre, CADEX realizará el Foro de Neoexportaciones para analizar cómo fortalecer estas cadenas y llevar sus productos a los mercados internacionales con mayor valor agregado.

Tara, un producto de los valles

Uno de los casos que permite dimensionar ese potencial es la tara, un árbol de porte mediano que crece en los valles interandinos. Su producción se extiende por La Paz, Cochabamba, Santa Cruz, Tarija, Potosí y Chuquisaca, donde la cadena reúne a cerca de 3.000 familias y cuenta con alrededor de medio millón de plantas, algunas de las cuales todavía deben desarrollarse para iniciar su periodo productivo.

Del procesamiento de sus vainas se obtienen harina de tara, rica en taninos y empleada principalmente en el curtido de cueros, y goma de tara, utilizada sobre todo por la industria alimenticia. Sus derivados también tienen demanda en las industrias vitivinícola, cosmética y de salud.

Además, su aprovechamiento depende de mantener el árbol en pie, cuidar sus frutos y recolectar las vainas. Esta característica convierte a la tara en otro ejemplo de cómo la biodiversidad boliviana puede generar ingresos y nuevas exportaciones mientras se conserva el recurso que hace posible la actividad, explicó Martín Beaurivage, director país de Socodevi en Bolivia.

Un sistema de riego permite mantener la producción a lo largo del año.

Una cadena que reúne producción y conservación

El desarrollo de esta cadena comenzó en 2017 con el apoyo de Socodevi, una organización canadiense que trabaja con asociaciones y cooperativas para fortalecer su desarrollo empresarial. La iniciativa nació en Chuquisaca y posteriormente se extendió por los valles interandinos de seis departamentos.

En Santa Cruz, el cultivo está presente en Comarapa, Vallegrande, Mairana, Saipina, Pampa Grande y Moromoro, y tiene potencial para extenderse a zonas como Samaipata, donde los pobladores lo conocen como “tara tara”. La planta se incorpora a sistemas agroforestales. Mientras los árboles se desarrollan, las familias pueden mantener cultivos anuales entre ellos o utilizarlos como barreras vivas. En los valles cruceños se cultiva junto con tomate y papa; en otras regiones, con trigo, maíz, frejol, maní y ají.

“La tara se asocia con cualquier cultivo anual que la familia esté acostumbrada a manejar”, explicó Marcelo Velásquez, director adjunto de Socodevi. Al ser una leguminosa, también tiene la capacidad de fijar nitrógeno en el suelo.

Para las familias, la tara no sustituye la producción tradicional, sino que incorpora una fuente complementaria de recursos. “La familia sigue recibiendo los ingresos de lo que cultiva tradicionalmente, pero ahora adicionalmente recibe los recursos que provienen de la entrega y la venta de las vainas de tara”, señaló Beaurivage.

La cadena tiene como base a las comunidades rurales. En 2021 se impulsó la creación de la Asociación Nacional de Productores Diversificados, que articula a las familias mediante comités locales. La incorporación de nuevas comunidades se coordina con los gobiernos municipales e incluye una escuela de campo de aproximadamente un año. En cada comunidad suelen participar inicialmente unas diez familias, que reciben capacitación y plantines para establecer sus parcelas.

El manejo recomienda que los árboles no superen los 2,30 metros y tengan una copa de unos tres metros, para favorecer los frutos y facilitar la cosecha. Las vainas se recogen secas del árbol o del suelo. Sin riego puede haber dos cosechas al año; con riego, la producción puede ser más continua.

La planta está ubicada en Tomina, en el departamento de Chuquisaca.

Una planta con capacidad para 6.000 toneladas

La cadena ya cuenta con un eslabón fundamental para avanzar hacia los mercados: una planta industrializadora instalada en Tomina, en el departamento de Chuquisaca. Allí llegan las vainas producidas en los seis departamentos y son procesadas para obtener harina y goma de tara, evitando que el recurso salga del país únicamente como materia prima.

La planta está en una etapa inicial de funcionamiento y procesa entre 300 y 400 toneladas anuales. Su capacidad instalada alcanza las 6.000 toneladas por año y la proyección es procesar alrededor de 4.000 toneladas anuales en los próximos cinco años y alcanzar su capacidad plena en una década. Si se amplían las horas o los turnos de funcionamiento, podría procesar hasta 10.000 toneladas, según Velásquez.

De aproximadamente 300 toneladas procesadas, unas 180 corresponden a harina de tara, de acuerdo con Socodevi. La cadena cuenta también con un brazo operativo, industrial y comercial que articula la producción familiar con el acopio, la transformación y la venta de los derivados.

Actualmente se procesan alrededor de 400 toneladas anuales de tara, las cuales se exportan en forma de harina y goma.

Una demanda mundial todavía insatisfecha

Perú es actualmente el principal exportador de la región y produce hasta 40.000 toneladas de vainas de tara al año. Sin embargo, Socodevi estima que la demanda mundial puede alcanzar las 100.000 toneladas anuales, lo que deja espacio para otros países productores.

Bolivia busca aprovechar esa oportunidad mediante la comercialización de productos industrializados. La tonelada de harina de tara se cotiza en alrededor de 1.600 dólares, mientras que el polvo de goma puede alcanzar aproximadamente los 5.000 dólares por tonelada, según los representantes de Socodevi. El valor de los derivados muestra la importancia de transformar la tara dentro del país, aunque Bolivia todavía debe consolidar volúmenes, garantizar calidad y abrir mercados.

Para el gerente general de CADEX, Martín Salces, esta es una de las cadenas con mayores avances dentro de las neoexportaciones porque ya cuenta con productores organizados, una empresa y una planta industrializadora.

“Ya está la empresa, ya está produciendo y está en condiciones de exportar. Nosotros estamos ayudando en la apertura de mercado, pero convertirse en exportador será todo un reto”, afirmó.

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El reto de hacer visibles los nuevos productos

La CADEX divide las neoexportaciones en dos grupos: la exportación de servicios, como desarrollos informáticos, servicios profesionales, centros de contacto y turismo; y el biocomercio, que abarca alimentos, ingredientes naturales, productos forestales, biomateriales, artesanías, moda sostenible y fibras naturales.

En este último grupo se encuentran productos ya reconocidos, como la quinua, la castaña amazónica y la chía, junto con otros de presencia incipiente, como la tara, la almendra chiquitana, el asaí, los aceites esenciales y los derivados de camélidos. También aparecen productos poco habituales, como el cabello humano, cuyas exportaciones alcanzaron cerca de 60.000 dólares en 2024, según Salces.

Según el gerente de CADEX, el biocomercio mueve alrededor de 1,6 billones de dólares por año y representa entre el 15 % y el 16 % del comercio mundial. El desafío para Bolivia es transformar y diferenciar sus productos. “Deben integrarse para que formen parte de cadenas de valor y se exporten con valor agregado”, sostuvo.

Otro obstáculo es que algunos no cuentan con partidas arancelarias propias. La almendra chiquitana puede exportarse bajo la partida de la castaña amazónica o Brazil nut, lo que impide conocer sus volúmenes y dificulta posicionarla como producto boliviano. No obstante, ya se está trabajando para fortalecer esta cadena, como lo contamos en una nota anterior de Portal Verde.

Las marcas, sellos o denominaciones de origen pueden ayudar a diferenciarlos. Para la tara, presente en los valles interandinos de varios países, Socodevi plantea evaluar una denominación de origen mediante una alianza entre el Estado, los productores y la industria.

Del potencial a las exportaciones

La experiencia de la tara muestra que contar con una especie con demanda internacional es solo el primer paso. Para convertirla en una exportación sostenida se necesitan organización, asistencia técnica, infraestructura, calidad, financiamiento, logística y acceso a mercados.

Salces enfatizó que también se requiere la participación del Estado para simplificar los trámites, desarrollar partidas arancelarias adecuadas y establecer protocolos sanitarios con los países compradores. Salces recordó que la apertura del mercado chino para la chía boliviana demandó alrededor de siete años de gestiones.

A ello se suman la burocracia, los problemas logísticos, los bloqueos y las diferencias arancelarias. Estas barreras resultan más difíciles para actividades emergentes sin la escala ni el respaldo financiero de las cadenas consolidadas.

“Ser exportador en Bolivia es todo un reto”, resumió Salces.

Tras una agenda común

Por ello, el foro de este viernes busca sentar las bases de una agenda de trabajo compartido. Se realizará a partir de las 08:00, en el hotel Novotel, con el apoyo de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), Swisscontact y la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano (FCBC), además de la participación de representantes públicos, privados y de la cooperación.

Dos paneles presentarán experiencias vinculadas con chocolate, asaí, chía, sésamo, quinua, almendra chiquitana y amazónica, café, miel y aceite de limón, además de productos emergentes como la tara, los derivados de camélidos, la harina de plumas, los ácidos grasos, la biocosmética, la sábila, el achachairú y las bebidas elaboradas con materias primas andinas y amazónicas. La actividad incluirá también un showroom y un panel final sobre las políticas, condiciones de competitividad y mecanismos de cooperación que Bolivia necesita para ampliar sus neoexportaciones.

El objetivo de la CADEX es sistematizar las conclusiones y entregar al Estado una propuesta para concentrar esfuerzos inicialmente en tres o cuatro productos, completar sus cadenas y buscar mercados.

“No queremos que esto termine en un lindo evento. Uno de los objetivos es visibilizar, pero también queremos armar una agenda con el Estado y concentrarnos en algunos productos para buscarles mercado y lograr que se encadenen productivamente”, afirmó Salces.

La tara llega a ese debate con 3.000 familias vinculadas, medio millón de plantas, producción en seis departamentos y una planta industrializadora. La almendra chiquitana lo hace con producción en decenas de comunidades. El desafío es convertir esa base en exportaciones sostenidas que diversifiquen la economía, mantengan el recurso en pie y generen nuevas oportunidades en los territorios rurales.

De la semilla de la tara se obtiene goma, utilizaa como espesante y estabilizante en la industria alimentaria. Además, se obtiene harina para alimentación animal, aprovechando su alto nivel proteico.