DESARROLLO LOCAL. El especialista argentino sostiene que el financiamiento y la capacitación individual no son suficientes para consolidar los pequeños emprendimientos. Hay que conectar, aprovechar los recursos locales y construir cadenas que generen oportunidades de trabajo e ingresos.
Rubén Daza comenzó su vida profesional entre hornos, metales y procesos industriales. Es ingeniero metalúrgico y durante una etapa se dedicó a fabricar acero en su ciudad. Con el tiempo dejó atrás esa actividad y dirigió su atención hacia las personas que, muchas veces desde sus casas y con herramientas básicas, producían alimentos, confeccionaban prendas, elaboraban artesanías o prestaban servicios para generar sus propios ingresos.
Encontró en el desarrollo económico local un espacio desde el cual podía acompañar y ayudar a convertir iniciativas individuales en actividades rentables y sostenibles. A eso ha dedicado los últimos 40 años. En ese recorrido fue vicegobernador y diputado federal. Desde la gestión pública participó en la creación de una Secretaría de Economía Popular dentro del Ministerio de Producción de Jujuy y en programas que apoyaron a cerca de 6.000 emprendedores urbanos durante una década.
La experiencia le permitió confirmar que entregar créditos, equipos o cursos aislados no es suficiente. Para que un emprendimiento avance necesita mejorar sus capacidades, encontrar mercados, utilizar recursos locales y construir relaciones con otros actores del territorio. Daza resume esa estrategia en tres principios: valorizar el trabajo de la gente, construir tramas socioproductivas y cuidar el ambiente.
Su propuesta adquiere relevancia en un momento en el que resulta cada vez más difícil acceder a un empleo tradicional. La incorporación de tecnología en la industria y el avance de la inteligencia artificial están reduciendo la necesidad de mano de obra en procesos productivos, comerciales y administrativos.
“Cada vez cuesta más conseguir trabajo en la forma tradicional, en relación de dependencia. La industria, con la incorporación de tecnología, tiene una tendencia a eliminar puestos de trabajo”, advierte.
Mirando a lo local
Frente a esta transformación, propone mirar lo que las personas ya hacen para sostener a sus familias. Gastronomía, textiles, marroquinería, estética, artesanías, carpintería, cuidado de personas y animales, turismo rural y producción agroecológica son actividades que suelen desarrollarse en pequeña escala, pero tienen capacidad para generar ingresos.
Su propuesta no consiste en convertir obligatoriamente cada emprendimiento en una gran empresa. Busca mejorar su trabajo, incorporar tecnología cuando sea necesaria y fortalecer aquello que diferencia sus productos de los bienes fabricados masivamente.
“Al chino le vas a competir con cultura, con identidad y con productos diferenciados. No compito por escala, compito con las manos”, afirma.
Esa mirada fue la que Daza compartió durante su visita a Santa Cruz, donde llegó invitado por la Fundación Trabajo Empresa (FTE) y como parte de las actividades del Hub Santa Cruz; aquí conversó con emprendedores y conoció experiencias productivas en Porongo y la capital. Por ejemplo, encontró jóvenes que cultivan en terrenos familiares mediante prácticas agroecológicas y el uso de bioinsumos. Su recomendación es conectarlos con otras potencialidades del territorio.
El desafío está en articular la producción con la gastronomía, la transformación de alimentos, el turismo rural y otros emprendimientos. El propósito es que los productos no circulen de manera aislada, sino que formen cadenas capaces de aprovechar y mostrar el valor de cada lugar.
De la iniciativa individual a la trama socioproductiva
El programa desarrollado en Jujuy estaba dirigido a personas que ya realizaban alguna actividad económica, aunque fuera pequeña o precaria. No se buscaban rubros específicos ni se exigía que los emprendimientos estuvieran completamente formalizados antes de recibir apoyo.
El punto de partida era reconocer el esfuerzo de alguien que ya estaba trabajando. La formalización era un paso posterior, cuando la actividad ya estaba consolidada. Los participantes pasaban por un ciclo de formación en diversas áreas e incluía visitas y acceso a financiamiento. El Estado aportaba los recursos, pero el trabajo se ejecutaba de manera descentralizada; uno de los indicadores fue lograr la devolución total de los créditos.
Daza estima que cerca del 80% de los participantes continuó desarrollando alguna actividad económica, aunque algunos cambiaron de rubro y otros combinaron dos o tres emprendimientos, algo frecuente entre quienes producen desde sus hogares.
No todos buscaban convertirse en una empresa más grande. Muchos querían consolidar un ingreso que les permitiera vivir adecuadamente, sin asumir las obligaciones de una operación industrial. Sin embargo, aproximadamente dos de cada diez emprendimientos alcanzaron un nivel superior de organización, volumen, calidad y pequeña industrialización. En esos casos, la actividad llegó a convertirse en la principal fuente de ingresos de una familia.
Financiar una actividad, no solo comprar máquinas
El financiamiento estaba orientado a procesos productivos concretos. Una emprendedora gastronómica podía adquirir un horno convector o una sobadora; un artesano, un torno; y otros participantes, las herramientas necesarias para mejorar la calidad y el volumen.
Daza es enfático al señalar que incorporar tecnología no significa abandonar el trabajo artesanal. Una máquina puede reducir el esfuerzo o aumentar la capacidad productiva, mientras que las manos, el conocimiento y la identidad continúan marcando la diferencia.
“Si tengo que producir cien kilos, pongo una máquina; no lo voy a hacer todo a mano. La diferencia está en el producto terminado”, ejemplifica.
Antes de otorgar recursos, es necesario definir qué se producirá, quiénes participarán, cómo se organizarán y de qué manera llegará el producto al mercado. La capacitación tampoco puede limitarse a enseñar un oficio. Antes, la formación técnica preparaba a las personas para cumplir una función específica dentro de una empresa. Hoy el trabajador independiente debe producir, administrar, comprar, vender, atender a sus clientes y cumplir normas ambientales y sanitarias.
Por ello, las destrezas técnicas deben complementarse con conocimientos administrativos, comerciales, ambientales y asociativos. Un carpintero o un herrero, por ejemplo, puede incorporar diseño y ergonomía para elaborar objetos adaptados a las necesidades de sus clientes. La capacidad de competir con los productos importados no está necesariamente en producir más barato, sino en ofrecer soluciones personalizadas, cómodas y hechas a medida.

“Todo lo colectivo se premiaba”
Una de las principales características de la experiencia de Jujuy era el incentivo a la cooperación. Los participantes recibían apoyo adicional cuando decidían comprar insumos juntos, compartir servicios, organizar la producción o relacionarse con otras actividades. “Todo lo colectivo se premiaba”, resume Daza.
Si un grupo de ganaderos organizaba un engorde comunitario, el programa aportaba parte del alimento. Si varias pasteleras compraban azúcar directamente de un ingenio para reducir los costos de intermediación, el Estado facilitaba la logística. También se apoyaban las compras conjuntas de madera entre apicultores o de frascos y tapas entre productores de dulces y escabeches.
La articulación se extendía a diferentes actividades. Un artesano podía elaborar platos de cerámica para establecimientos gastronómicos vinculados al turismo, mientras los productores rurales se organizaban para atender conjuntamente la demanda de restaurantes urbanos.
La institución pública intervenía inicialmente para facilitar el encuentro. Quien vendía encontraba un mercado y quien compraba obtenía mejores condiciones. Después, la continuidad de la relación dependía de ellos.
Algunas alianzas consiguieron funcionar de manera autónoma y otras continuaron necesitando acompañamiento. Para Daza, construir una trama socioproductiva no es una intervención puntual, “es permanente la necesidad de apoyar lo colectivo”.
Conectar el campo y la ciudad
La conexión entre las áreas rurales y urbanas permitió reducir intermediarios y abrir nuevos mercados para la producción local. Un restaurante, por ejemplo, no podía solicitar una cantidad pequeña de carne de llama y esperar que fuera transportada desde la Puna. Era necesario reunir la demanda de varios establecimientos y, al mismo tiempo, organizar a los productores para garantizar el volumen requerido.
El proceso también debe resolver las condiciones sanitarias y logísticas. Trasladar carne, leche, queso u otros alimentos exige proteger la seguridad de los consumidores, pero los pequeños productores necesitan acompañamiento para comprender y aplicar las normas.
“Hay que adecuar esas normas sin perder el control ni la seguridad alimentaria, pero facilitando el proceso”, afirma.
No se trata de eliminar requisitos, sino de crear las condiciones para que los productores puedan cumplirlos y llegar a mercados que, de otro modo, permanecerían fuera de su alcance.
En Jujuy también se incentivaba la utilización de materias primas del territorio. Quienes elaboraban alfajores, panes o galletas con cultivos y harinas locales recibían apoyo adicional. El programa no se limitaba a financiar una herramienta: premiaba la decisión de fortalecer una cadena que comenzaba en el campo.
Convertir la producción en una experiencia
En Porongo, Daza identificó la posibilidad de conectar las actividades agroecológicas desarrolladas por los jóvenes con el turismo rural. Una finca puede comercializar sus alimentos y ofrecer una experiencia para conocer cómo se cultivan y transforman. El turismo rural puede incluir desde la ordeña de una cabra y la elaboración de una artesanía hasta una caminata, una cabalgata o la visita a un atractivo natural. El paisaje forma parte de la experiencia, pero también la cultura, los conocimientos y la vida de quienes habitan el territorio.
Daza advierte que estos procesos requieren tiempo. No todos los productores se sienten inicialmente cómodos al recibir visitantes o mostrar sus formas de trabajo. Es necesario construir confianza, definir el producto y realizar pruebas antes de ofrecerlo regularmente.
Lo mismo sucede con los productos que representan a un territorio. Una prenda elaborada con fibra de llama requiere trabajar el diseño, el hilo, el tejido, las terminaciones y la forma en que expresa la cultura de una comunidad.
“Llegar a tener un catálogo de primer nivel puede llevar seis, siete u ocho años de trabajo con las comunidades”, explica.
Ese mismo grupo puede convertirse en un sitio de interés turístico. El visitante no solo compra una prenda: conoce el recorrido desde la esquila y la preparación de la fibra hasta el producto final. Algo similar ocurre con los alimentos. Un durazno requiere cuidado y manejo productivo; posteriormente puede transformarse en una mermelada que cumpla todas las condiciones sanitarias, tenga un envase adecuado y una marca vinculada con su lugar de origen.
“Lo que se trata de hacer en lo rural es que toda la cadena de valor se vea”, señala.
Así, ya no se comercializa únicamente un alimento o una prenda, sino también los conocimientos, el trabajo y la historia que hicieron posible su elaboración.

Una economía sostenida por los vínculos
Daza sostiene que el mercado local también requiere consumidores dispuestos a reconocer y valorar los productos elaborados dentro de su comunidad. “Es una economía que depende de las relaciones, del vecino que te compra”, explica el especialista, quien desarrolló este enfoque en su libro “Economía de los vínculos”.
La relación directa también puede construirse mediante presentaciones más pequeñas y accesibles. Un consumidor quizá no pueda comprar una pieza grande de queso artesanal, pero sí una porción para compartir con su familia. De esta manera, el productor amplía sus posibilidades de venta y quien compra accede a un alimento local y establece una relación más cercana con quien lo elabora.
Daza considera que todavía existe un amplio espacio para innovar en alimentos, prendas, objetos para el hogar y servicios personalizados. La oportunidad no está necesariamente en inventar algo nuevo, sino en mejorar lo que ya se produce, incorporar diseño y responder a consumidores más informados y exigentes.
También plantea que la cultura local puede expresarse mediante nuevas presentaciones, alimentos más saludables y formas diferentes de aprovechar los ingredientes disponibles en cada territorio. Menciona, como ejemplo, la posibilidad de mejorar productos cotidianos, como el pan, mediante procesos distintos y propuestas que añadan calidad sin elevar necesariamente su precio.
Participación de jóvenes y mujeres
Cerca del 80% de las personas que participaron en los programas de Jujuy eran mujeres. Daza también observó un crecimiento de la presencia juvenil: aproximadamente un 30% tenía entre 25 y 30 años y la mayoría de los nuevos participantes era menor de 40.
Sin embargo, insiste en que emprender no debe presentarse como una solución sencilla o automática; se necesita acompañamiento, formación, herramientas, articulación comercial y políticas que tengan continuidad.
La tecnología puede aumentar la productividad y abrir nuevas actividades, pero, a su juicio, no resuelve por sí sola la necesidad de generar trabajo. Muchas oportunidades continuarán en actividades que requieren presencia, creatividad, cuidado y contacto entre personas.
El desafío es dotarlas de mejores herramientas, diseño, organización, calidad e identidad. La experiencia de Jujuy muestra que un crédito puede ayudar a comprar una máquina, pero no construye por sí solo un emprendimiento sostenible. Para ello se necesitan conocimientos, mercados, acompañamiento y, especialmente, vínculos.
Daza afirmó que en Santa Cruz, la diversidad productiva, cultural y natural ofrece una base para avanzar en esa dirección. El punto de partida es reconocer lo que las personas ya hacen, ayudarlas a mejorar y conectarlas con otros emprendedores del territorio.
Porque la oportunidad de los pequeños emprendimientos no radica en producir millones de unidades ni en competir por precio con las grandes industrias. Se encuentra en ofrecer algo que la producción masiva difícilmente puede reproducir: el trabajo de unas manos, la historia de una comunidad y la identidad de un lugar.

