MEDIO AMBIENTE. Empresas, organizaciones, universidades y comunidades están transformando residuos en energía, gestionando el agua, cuidando la naturaleza e impulsando ciudades sostenibles. El objetivo es construir un país más resiliente frente a los desafíos climáticos.
Karina Vargas Alba
En distintos puntos de Bolivia, residuos que antes terminaban en vertederos hoy se convierten en nuevos productos; estiércol y restos orgánicos generan energía; los bosques ayudan a garantizar agua para las ciudades; y comunidades indígenas incorporan tecnología para aprovechar de manera sostenible los frutos del bosque. Son iniciativas distintas, impulsadas por empresas, emprendedores, universidades y organizaciones sociales, con una premisa: los desafíos ambientales también pueden convertirse en oportunidades para innovar, producir y generar desarrollo.
Este 5 de junio, en el Día Mundial del Medio Ambiente, estas experiencias muestran cómo la economía circular, las energías renovables, la gestión sostenible del agua, la bioeconomía y la formación de nuevas capacidades avanzan en Bolivia. Varias de ellas fueron compartidas durante la primera jornada de la Semana Verde 2026, un espacio que reunió propuestas orientadas a acelerar la transición hacia modelos más sostenibles y resilientes frente a los desafíos climáticos y ambientales del país.
Aunque sus enfoques son diversos, todas buscan: cómo producir, crecer y generar bienestar reduciendo al mismo tiempo la presión sobre los recursos naturales. Las alternativas van desde el reciclaje y la valorización de residuos hasta la conservación de bosques, la generación de energías renovables, el diseño de ciudades resilientes y el desarrollo de nuevas capacidades para la economía del futuro.
Transformar lo que antes se descartaba
La primera transformación ocurre allí donde tradicionalmente comenzaba el problema: en los residuos. Durante décadas, la gestión de residuos estuvo asociada principalmente a llevarlos a un vertedero para su disposición final. Hoy avanza una visión diferente, en la que materiales considerados desechos vuelven a incorporarse a los ciclos productivos y generan valor económico, social y ambiental.
Semilla Urbana es el reflejo de cómo un problema se convierte en una oportunidad y genera valor económico cuidando el medio ambiente. Conformada por carretilleros del Nuevo Mercado Abasto, hoy recuperan al menos 1 tonelada de residuos, donde los orgánicos se convierten en compost y biol, que también están dando forma a su línea de negocio orientada en el cultivo de plantas ornamentales. Además, han descubierto una oportunidad para mitigar uno de los mayores problemas ambientales: el desperdicio de alimentos. Están impulsando un banco de alimentos que permite recuperar productos que aún son adecuados para el consumo humano y lo entregan a hogares.
Ellos están logrando que menos “basura” llegue al vertedero. Otros, como Cedare, promueven la reutilización, recuperación y valorización de materiales desde una perspectiva que combina educación ambiental, inclusión social y aprovechamiento responsable de recursos.

En los últimos años se ha avanzado en la recuperación de plástico para reintroducirlo a los procesos industriales. Por ejemplo, la empresa Empacar procesa más de 16.000 toneladas de material reciclado al año y cuenta con capacidad de reciclar el 100% de las botellas PET que se generan en el mercado boliviano. Actualmente, cuatro de cada diez botellas que llegan a manos de los consumidores regresan a la planta para convertirse nuevamente en materia prima.
Solo durante 2024, los procesos de reciclaje impulsados por la empresa evitaron la emisión de 76.008 toneladas de dióxido de carbono, una cantidad equivalente a mantener más de 14.500 canchas de fútbol reforestadas con árboles nativos capturando carbono de manera permanente.
Un trabajo integrado
Los recolectores de base son fundamentales para el trabajo de Empacar y otras empresas. En Santa Cruz están organizados en asociaciones, algunas de las que forman parte del programa “Santa Cruz de la Sierra Recicla” y que forma parte del cronograma de recolección de la Empresa Municipal de Aseo Urbano de Santa Cruz de la Sierra (Emacruz). A través de instituciones como la Fundación Amigarse o Cedare, pueden certificar la adecuada disposición de los residuos que recuperan, en un esfuerzo por conectar su trabajo con empresas y los grandes generadores de plástico, cartón, papel y chatarra, entre otros materiales.

La transformación de residuos también está generando nuevas oportunidades económicas y ambientales más allá de las fronteras del país. Tropiflor desarrolló un modelo que combina la gestión de residuos industriales y la biorremediación con la valorización de materiales reciclables, impulsando operaciones de economía circular a escala regional.
En 2025 exportó más de 100 toneladas de polietileno a Perú e importó más de 250 toneladas de materiales desde Argentina, además de consolidar operaciones con Chile, Brasil y Paraguay. En las próximas semanas concretará una exportación de 50 toneladas de materiales obtenidos a partir de aparatos electrónicos y eléctricos en desuso a Malasia, y la importación de más de 100 toneladas de materiales desde Paraguay.
De esta forma, residuos que antes representaban un pasivo ambiental pueden convertirse en materias primas, nuevos mercados y oportunidades de negocio, contribuyendo al mismo tiempo a reducir la presión sobre los ecosistemas y los sitios de disposición final.

Avanza el coprocesamiento
Los neumáticos en desuso son uno de los principales problemas de la ciudad, no sólo ambiental, sino también de salud. Por ello, el coprocesamiento es una alternativa para retirarlos y convertirlos en energía. La cementera Itacamba impulsa este proceso para neumáticos fuera de uso y otros residuos seleccionados dentro de sus procesos industriales. En abril, su planta de Yacuses recibió las primeras 16.000 toneladas y el objetivo es llegar a 55.000 neumáticos por mes, reduciendo los riesgos sanitarios, la amenaza de incendios y la acumulación de residuos en espacios urbanos.
La energía que estos materiales generan permite sustituir parcialmente el uso de combustibles fósiles. Además, el transporte se realiza en tren, lo que permitirá evitar aproximadamente 290 toneladas de dióxido de carbono equivalente por año.

Transformar residuos en energía
En un país con aproximadamente 11 millones de cabezas de ganado bovino, su estiércol representa uno de los residuos orgánicos más abundantes. Durante décadas fue visto únicamente como un subproducto inevitable de la actividad pecuaria. Hoy comienza a ser considerado una fuente de energía y fertilidad para los suelos.
A través de sistemas de biodigestión, Uneco Energy está trabajando para transformar residuos ganaderos y agroindustriales en biogás y fertilizantes naturales. Según Valeria Ribero, CEO de la empresa, apenas 20 kilogramos de estiércol pueden generar hasta dos horas de biogás para una cocina convencional y producir alrededor de 60 litros de fertilizante orgánico. Además de reducir emisiones de metano, la tecnología permite disminuir costos operativos y fortalecer la autonomía energética de los productores.
La propuesta tiene especial relevancia para Santa Cruz y el Beni, donde la ganadería constituye una de las principales actividades económicas. El metano generado por la descomposición de residuos orgánicos es uno de los gases de efecto invernadero con mayor potencial de calentamiento global, por lo que su aprovechamiento energético representa simultáneamente una solución productiva y climática.
Uneco Energy nació pensando en la ganadería pero ha encontrado nuevas oportunidades. Hoy trabaja junto a la Cervecería Boliviana Nacional para aprovechar residuos derivados de procesos industriales y convertirlo en electricidad. Y ahora están empezando a buscar soluciones con la Asociación de Productores de Bajo Paraguá (APB Porvenir), dedicada al aprovechamiento sostenible del asaí y la palma real. El objetivo es transformar sus residuos orgánicos en energía limpia y fertilizantes para fortalecer la producción de esta comunidad que preservar extensas áreas de manejo forestal en las cercanías del Parque Noel Kempff Mercado.

La propuesta de Uneco muestra cómo los residuos orgánicos pueden transformarse en energía a escala productiva. Sin embargo, el potencial del biogás en Bolivia es mayor. Según estimaciones de Next B-Fuels, el país podría generar más de 3,39 millones de metros cúbicos diarios de gas natural renovable a partir de residuos agropecuarios e industriales.
Solo el sector bovino, representa un potencial cercano a 1,8 millones de metros cúbicos diarios. A ello se suman los residuos provenientes de la producción avícola, porcina, la industria sucroalcoholera, los rellenos sanitarios y las plantas de tratamiento de aguas residuales.
Sergio Terán, ejecutivo de la empresa, explicó que el objetivo es transformar un problema ambiental en una nueva fuente energética para el país. La compañía desarrolla proyectos fuera y dentro del país, como una granja porcinocultora en Cochabamba, donde, además de evitar emisiones de metano y otros gases de efecto invernadero, se podría contribuir a diversificar la matriz energética nacional, fortalecer la seguridad energética y generar nuevas oportunidades económicas para distintos sectores productivos.

Alianzas para cuidar el agua
La acción climática no se limita a reducir emisiones. También implica fortalecer la capacidad de adaptación frente a sequías, variabilidad climática y escasez hídrica. En ese contexto, iniciativas como Agua SOMOS de la Cervecería Boliviana Nacional (CBN) buscan ampliar el acceso al agua segura mediante alianzas entre empresas, organizaciones sociales y comunidades. El programa ya benefició a más de 1.000 familias en 13 comunidades distribuidas en seis departamentos del país.
La propuesta demuestra que la sostenibilidad también puede construirse a través de mecanismos que vinculan inversión social, participación comunitaria y resultados concretos para la calidad de vida de las personas, como sucedió en cuatro comunidades de la Reserva Pilón Lajas, donde los pobladores cuentan con agua segura y sistemas de cosecha de agua.
Sin embargo, garantizar agua para el futuro implica ir más allá de la infraestructura. También requiere proteger los ecosistemas que la producen. A través de los Acuerdos Recíprocos por Agua (ARA), se han conservado más de 854.439 hectáreas de bosques, ríos y humedales. El modelo, desarrollado por Fundación Natura con apoyo de empresas y diversas organizaciones, involucra a 41.359 familias comprometidas con la protección de las fuentes de agua y ha sido adoptado por 92 municipios del país.
Los resultados alcanzan una escala nacional. La iniciativa contribuye a la conservación de más de 4.540.236 hectáreas de bosques en áreas protegidas subnacionales y permite capturar aproximadamente 214 millones de toneladas de dióxido de carbono.

De esta forma, el agua deja de verse únicamente como un recurso que se consume y comienza a entenderse como el resultado de ecosistemas que necesitan ser protegidos.
Cuidar la biodiversidad es generar oportunidades
La conservación hoy es una estrategia de desarrollo y forma parte de los medios de vida de numerosas comunidades indígenas. La Cámara Verde, a través de su Centro de Innovación y Desarrollo Sostenible, trabaja junto a productores de la Amazonía y la Chiquitanía para desarrollar tecnologías adaptadas al aprovechamiento sostenible de productos forestales como cusi, asaí, majo, cacao silvestre y almendra chiquitana.
La experiencia de Nancy, productora de aceite de cusi en San Matías, ilustra esta transformación. Gracias a equipos diseñados específicamente para esta actividad, hoy puede mejorar su productividad, aumentar la calidad de sus productos y reducir los riesgos asociados a procesos artesanales. Alex Rodríguez, presidente de la Cámara Verde, explicó que en caso de Nancy, ella dejó atrás el hacha, el martillo, el tronco y la piedra con las que antes partía el fruto para obtener el aceite. De esta forma, la institución contribuye a fortalecer una bioeconomía que genera ingresos y se convierte en un incentivo para mantener los bosques en pie.
Cambiando la forma en que construimos las ciudades
La sostenibilidad también está comenzando a transformar la manera en que se planifican los territorios, se diseñan los espacios urbanos y se construyen las edificaciones.
Durante décadas, el desarrollo urbano estuvo asociado principalmente al crecimiento físico. Hoy, frente a fenómenos cada vez más frecuentes como olas de calor, inundaciones, escasez de agua o pérdida de áreas verdes, comienza a consolidarse una visión diferente: las ciudades deben prepararse para convivir con los desafíos climáticos.
En ese contexto, iniciativas impulsadas por Pro Urbano promueven soluciones basadas en principios de economía circular, gestión eficiente de recursos, infraestructura resiliente y planificación urbana capaz de responder a los impactos del cambio climático. La idea es avanzar hacia ciudades que no solo consuman menos recursos, sino que también sean más habitables, inclusivas y preparadas para enfrentar escenarios de mayor incertidumbre climática. Diez ideas de negocio, que cumplen con estas premisas, ya fueron seleccionadas en el programa Ideas Circulares y están accediendo a un fondo de la Unión Europea para buscar su consolidación.
La transformación también alcanza al sector de la construcción, uno de los mayores generadores de emisiones a nivel mundial y que tiene el compromiso de “Carbono 0” hasta 2050. A través de sus programas de apoyo al emprendimiento, la Cámara de Comercio e Industria Boliviano-Alemana (AHK Bolivia) ha impulsado seis concursos que permitieron identificar y fortalecer más de 60 emprendimientos enfocados en construcción sostenible.
Lucía Márquez, experta en gestión empresarial de Bolivia Construye Más Verde, el programa que lleva adelante el concurso, explicó que las iniciativas se concentran en tres áreas estratégicas: la gestión de residuos de construcción y demolición, la eficiencia energética y el uso eficiente del agua. Entre las soluciones desarrolladas destacan ladrillos y losetas elaborados con materiales reciclados, aplicaciones para conectar generadores de residuos con empresas constructoras, tecnologías para optimizar el consumo energético de las viviendas, sistemas de reutilización de agua y propuestas para valorizar residuos como madera y caucho. Además de promover nuevas soluciones ambientales, el programa involucra a jóvenes, mujeres, universidades e institutos técnicos, contribuyendo a la formación de capacidades y a la creación de un ecosistema de innovación en el sector.
Desarrollando capacidades para el futuro
Todas estas experiencias tienen algo en común: requieren personas capaces de hacerlas posibles, demandando nuevos perfiles técnicos y profesionales. Ya se requieren ingenieros, operadores de sistemas energéticos, especialistas en economía circular, gestores ambientales, urbanistas, arquitectos, emprendedores y técnicos que entiendan que la sostenibilidad ya no constituye un área de especialización aislada, sino una competencia cada vez más necesaria.
Esta necesidad ya comienza a reflejarse en el ámbito académico. Universidades como la Universidad Técnica de Santa Cruz (UTEPSA) están incorporando la sostenibilidad como un eje transversal.
Las soluciones ya están en marcha
La acción climática es una realidad en Bolivia y lo que une a estas experiencias es su capacidad de transformar problemas ambientales en oportunidades de desarrollo. Residuos que vuelven a ser materia prima, estiércol que se convierte en energía, bosques que garantizan agua para las ciudades, comunidades que encuentran nuevas formas de generar ingresos conservando la biodiversidad y ciudades que comienzan a prepararse para los desafíos climáticos son señales de una transformación que ya está en marcha.
En el Día Mundial del Medio Ambiente el mensaje es que frente a desafíos cada vez más complejos, las respuestas surgen de la suma de iniciativas capaces de transformar la manera en que producimos, consumimos, construimos y nos relacionamos con los recursos naturales. El reto ahora es que dejen de ser excepciones.
Foto principal: Esta una de las comunidades de la Reserva Pilón Lajas que hoy cuentan con agua segura para el consumo humano. Llegar a la zona demanda un largo viaje, incluyendo varias horas por río.
