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2.000 petitas son liberadas en el Maniqui tras casi un año de trabajo para conservar la especie

CONSERVACIÓN. Rescatadas cuando aún eran huevos, las tortugas fueron incubadas y cuidadas durante meses antes de ser liberadas. El programa enfrenta desafíos crecientes por el tráfico ilegal y los efectos del cambio climático.

Karina Vargas Alba

Dos mil pequeñas petitas de río emprendieron su viaje hacia las aguas del río Maniqui, en San Borja, en el departamento del Beni. La liberación, realizada el 5 de junio en el marco del Día Mundial del Medio Ambiente, representó la culminación de meses de trabajo desarrollado por guardaparques, comunidades locales y voluntarios para proteger a una de las especies más emblemáticas de la Amazonía boliviana.

La historia de estas 2.000 petitas comenzó mucho antes de su liberación. En agosto de 2025, los guardaparques iniciaron largos recorridos por los ríos y playas de la reserva para identificar las zonas de desove de la especie. Una vez ubicaron los nidos, rescataron los huevos y los trasladaron hasta las playas artificiales construidas en la estación biológica, donde permanecieron bajo vigilancia permanente durante el proceso de incubación y eclosión.

Allí fueron protegidos de depredadores, inundaciones y otras amenazas naturales, en un proceso que se extendió durante varios meses y demandó un seguimiento constante.

La peta de río (Podocnemis unifilis) es considerada una especie vulnerable y enfrenta amenazas permanentes por la extracción de huevos, el consumo de su carne, el tráfico ilegal y la degradación de su hábitat. Frente a este escenario, la Reserva de la Biosfera Estación Biológica del Beni mantiene desde hace más de tres décadas un programa de conservación orientado a fortalecer sus poblaciones silvestres.

“Se trata de un área protegida pionera en esta iniciativa de conservación de la biodiversidad, particularmente de una especie emblemática y tan icónica como es la peta de río en nuestra región”, destacó Marcos Uzquiano, director de la Estación Biológica del Beni.

Raquel Mondino, Iveth Chávez y Eva Canedo son estudiantes de Biología de la UAGRM. Ellas hicieron un voluntariado en la reserva y participaron en el rescate de huevos, una tarea que demanda mucho cuidado.

Un esfuerzo compartido

La conservación de la especie no depende únicamente del trabajo de los guardaparques. “Es fundamental la participación de la sociedad civil, de la población local y de las comunidades en las diferentes etapas del proceso de rescate, incubación, eclosión y todo lo que viene a ser el plan de conservación de la peta de río”, señaló Uzquiano, al explicar cómo se desarrolla esta iniciativa que combina conservación y educación ambiental.

El trabajo permite generar espacios de sensibilización y reflexión sobre la importancia de proteger la biodiversidad amazónica. “Eso nos brinda una oportunidad imperdible para hacer sensibilización ambiental y reflexionar sobre la importancia de cuidar la especie, proteger nuestra Amazonía y hacer de la peta de río una especie más resiliente al aprovechamiento humano”, afirmó.

Los guardaparques, junto a pobladores de San Borja, procedieron a la liberación de los quelonios.

Cada vez más desafíos

El resultado de este año también refleja las dificultades que enfrenta el programa. De los aproximadamente 6.000 huevos rescatados durante la última temporada, solo una parte logró completar exitosamente el proceso de incubación.

Las largas distancias entre las playas naturales y los centros de incubación, las dificultades de acceso y las condiciones de transporte influyen directamente en la supervivencia de los embriones.

“Hemos tenido una gran cantidad de pérdidas y esto es normal, puesto que las distancias que tienen que recorrer los huevitos rescatados desde las playas naturales hasta la playa artificial son considerables”, explicó Uzquiano.

A estas dificultades se suman amenazas como el saqueo de nidos y el tráfico ilegal de huevos, además de los impactos crecientes del cambio climático.

Estas son las playas artificiales que se habilitan para que los huevos completen su desarrollo.

Las crecidas repentinas de los ríos afectan las playas de anidación y reducen las posibilidades de supervivencia de la especie. En la reserva, además, preocupa el fenómeno conocido como la “palizada”, que durante años ha modificado el curso de los ríos y reducido las playas naturales utilizadas por las tortugas para depositar sus huevos.

“Todo se pone cuesta arriba”, reconoció Uzquiano. A pesar de ello, destacó el compromiso del personal de la reserva, el apoyo de las comunidades y la colaboración de autoridades locales para continuar impulsando el programa de conservación.

Un esfuerzo que necesita apoyo

El respaldo ciudadano sigue siendo una pieza fundamental para sostener este trabajo. A través de la campaña de apadrinamiento «Unidos por las petitas», personas, instituciones y empresas contribuyen cada año a financiar parte de la logística necesaria para el rescate e incubación de los huevos.

Durante esta gestión, se lograron recaudar alrededor de 8.000 bolivianos, una cifra menor a la de 2025 debido al contexto económico, pero que permitirá cubrir parte de los insumos y operaciones necesarias para la próxima temporada.

Uzquiano destacó que, más allá del aporte económico, estas campañas permiten acercar a la población a la conservación de la biodiversidad y fortalecer el compromiso colectivo con la protección de la Amazonía y sus especies.

Mientras las 2.000 petitas viajan por las aguas del Maniqui, los guardaparques ya se preparan para una nueva temporada. En julio retomarán las actividades de sensibilización y el monitoreo de playas potenciales de desove. Un mes después volverán a recorrer ríos y comunidades para iniciar otro ciclo de rescate y conservación. Una tarea que repiten desde hace más de tres décadas y que sigue devolviendo la confianza en que este trabajo puede marcar la diferencia para la conservación de una especie amenazada.

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