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Bioeconomía sin biotecnología

Cecilia González Paredes
Biotecnóloga y comunicadora científica

Recientemente el Gobierno de Bolivia y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) acordaron establecer una hoja de ruta conjunta para la formulación de la Estrategia Nacional de Bioeconomía y su marco normativo, en una reunión celebrada en Roma entre el ministro de Producción Sostenible, Medio Ambiente y Agua, Oscar Mario Justiniano, y directivos del organismo internacional.

La bioeconomía, es el nuevo paradigma de desarrollo productivo, con un enfoque económico circular que deja atrás los modelos lineales tradicionales, donde solo se valoraban el capital y el trabajo, marginando a la naturaleza, de manera que se integra la biodiversidad y los ecosistemas como ejes centrales de la producción.

En la obra La Economía de la Vida: La Bioeconomía Ande Amazónica del economista boliviano Jorge León Quiroga Canaviri, especialista en la materia, se plantea este modelo como «la economía de la vida», uniendo instrumentos de análisis económico y modelización matemática con políticas públicas adaptadas a la riqueza natural de los Andes y la Amazonía.

Este modelo está orientado a enfrentar desafíos globales y locales como el cambio climático, la inseguridad alimentaria, las crisis sanitarias (como la pandemia de la COVID-19) y la recesión económica, mediante la inversión pública y la innovación. El autor establece que la investigación y la innovación tecnológica no deben imitar los modelos industriales destructivos de la economía clásica. Por el contrario, plantea un enfoque disruptivo estructurado en tres grandes conceptos.

La convergencia tecnológica y de saberes propone que la ciencia moderna dialogue con la biocultura y los conocimientos ancestrales de los pueblos indígenas. Así, el saber tradicional se valida y potencia como fuente de soluciones sostenibles, permitiendo aprovechar la biodiversidad sin debilitar la identidad cultural.

La bioinformación y las TIC son el motor para gestionar el conocimiento biológico: permiten mapear, catalogar y comprender los recursos naturales y superalimentos andino-amazónicos, apoyando decisiones productivas y políticas públicas.

Finalmente, la modelización termodinámica incorpora la biofísica a la economía, midiendo el consumo energético, los residuos y la entropía. Con ello, el crecimiento deja de verse como ilimitado y se evalúa según los límites reales de la naturaleza.

Sin embargo, una bioeconomía sólida no puede construirse sin biotecnología. Esta disciplina, que utiliza organismos vivos, células y moléculas para desarrollar productos y procesos útiles, es justamente la que permite transformar nuestra biodiversidad en alimentos más nutritivos, semillas más resistentes, medicamentos, bioinsumos y soluciones frente a sequías, plagas y suelos degradados. De poco servirá hablar de “economía de la vida” si los investigadores bolivianos no cuentan con reglas claras, laboratorios adecuados, financiamiento sostenido y procedimientos ágiles para llevar sus descubrimientos del laboratorio al campo y al mercado. La biotecnología no es un lujo científico: es una herramienta concreta para que la riqueza natural del país genere empleo, valor agregado y bienestar, sin renunciar al cuidado del ambiente ni al respeto por los conocimientos de nuestras comunidades.

Por ello, el acuerdo con la FAO debe ser visto como una puerta de entrada y no como el destino final. Bolivia necesita una política nacional de biotecnología y una estrategia actualizada de ciencia, tecnología e innovación, con instituciones fortalecidas, presupuesto suficiente y participación genuina de universidades, centros de investigación, productores y pueblos indígenas.

El contraste es evidente: celebramos la apertura para diseñar una Estrategia Nacional de Bioeconomía, pero aún quedan muchos cabos sueltos, desde la modernización del marco de bioseguridad hasta la definición de cómo se financiará y gobernará la investigación y la innovación. Si no se ordena esa base, corremos el riesgo de tener una bioeconomía de discurso, bonita en los documentos, pero sin la capacidad real de convertir nuestra biodiversidad en desarrollo.