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Biocomercio: Bolivia tiene biodiversidad para competir, el reto es exportar más conocimiento y valor agregado

EXPORTACIONES. Castaña, cacao, café y quinua ya tienen presencia internacional, mientras la almendra chiquitana, el cusi, el isotoúbo y el achachairú muestran nuevas posibilidades. Para aprovecharlas, Bolivia necesita transformar materias primas, incorporar ciencia, garantizar trazabilidad y construir una estrategia de largo plazo.

Karina Vargas Alba

Bolivia posee una de las mayores riquezas biológicas del planeta, pero todavía captura una parte reducida del valor económico que puede generar esa biodiversidad. El desafío no consiste únicamente en exportar más castaña, cacao, café o quinua, sino en transformar esos recursos en ingredientes, alimentos procesados, extractos, cosméticos y soluciones tecnológicas capaces de competir en mercados especializados.

Esa fue una de las conclusiones del Foro de Neoexportaciones–Edición Biocomercio, realizado en Santa Cruz por la Cámara de Exportadores, Logística y Promoción de Inversiones de Santa Cruz (Cadex). Empresarios, productores, especialistas, autoridades y organismos de cooperación analizaron las oportunidades del sector y los obstáculos que Bolivia debe superar para aprovecharlas.

“Bolivia es uno de los 17 países megadiversos del planeta. Tenemos el 70% de los ecosistemas de Sudamérica en solo el 3% del territorio, lo cual es una gran riqueza para hacer biocomercio de manera sostenible”, sostuvo Oswaldo Barriga, presidente de la Cámara Nacional de Exportadores de Bolivia (Caneb) y de Cadex.

Sin embargo, poseer biodiversidad no garantiza una participación ventajosa en el mercado. Los países de origen suelen exportar materias primas, mientras una proporción mayor del valor queda en las economías que desarrollan formulaciones, patentes, certificaciones, marcas y canales de distribución.

El valor está en la transformación

Benjamín Blanco, subsecretario de Cooperación, Asistencia Técnica y Apoyo a los Países de Menor Desarrollo Económico Relativo de la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi), explicó que Bolivia necesita pasar de vender productos a granel a ofrecer bienes con mayor procesamiento y conocimiento incorporado.

“El valor ya no debe estar solamente en el volumen de exportación, sino en el nivel de transformación que podamos dar a nuestros productos”, señaló.

Blanco identificó tres niveles sobre los que el país podría avanzar. El primero es fortalecer productos que ya tienen mercados, como la castaña, la quinua, el cacao y otros alimentos nativos, mediante certificaciones, empaques diferenciados, marcas e identidad de origen.

El segundo supone transformar esos recursos en ingredientes estandarizados y formulaciones para industrias globales. La castaña, por ejemplo, puede convertirse en aceites, insumos cosméticos y alimentos procesados; la quinua, en proteínas y concentrados para bebidas y nutrición deportiva; y la chía, en aceite prensado en frío, harina desgrasada e ingredientes ricos en omega 3. También existe espacio para producir pulpas congeladas, alimentos liofilizados, harinas y extractos de frutos amazónicos, además de mantecas, aceites y principios activos para las industrias cosmética, farmacéutica y de suplementos alimenticios.

Un tercer nivel, más complejo y de largo plazo, sería exportar servicios y tecnologías basados en conocimiento: biotecnología aplicada, soluciones biológicas, trazabilidad digital, servicios ambientales y productos respaldados por propiedad intelectual.

Actualmente, las exportaciones bolivianas de servicios basados en conocimiento representan alrededor del 1% de las realizadas por la región, de acuerdo con los datos presentados por Blanco. La cifra refleja una brecha, pero también el margen existente para crecer.

Los mercados compran origen y sostenibilidad

La experiencia de Swisscontact en la promoción internacional de productos bolivianos muestra que los compradores especializados ya no evalúan únicamente el precio y las características físicas. 

“Los mercados sofisticados y con mayor nivel adquisitivo no compran solamente productos físicos; compran origen e identidad del territorio, calidad de las prácticas agrícolas, cumplimiento normativo, cero deforestación y trazabilidad”, explicó Ariel Miranda, representante de Swisscontact.

Esa diferenciación requiere demostrar de dónde procede el producto, cómo fue obtenido, qué impactos genera y quiénes participan en su cadena de valor. También demanda certificaciones internacionales y respaldo técnico para las propiedades nutricionales, ambientales o funcionales comunicadas a los consumidores.

Swisscontact impulsó, junto con cámaras empresariales y especialistas europeos, el concepto “Conscious Foods from Bolivia”, que presenta los alimentos bolivianos como productos singulares elaborados bajo normas éticas y de calidad internacional. La propuesta fue utilizada posteriormente por organizaciones empresariales en ferias de Alemania, Japón y otros mercados.

Miranda sostuvo que la promoción no debería limitarse a llevar empresas a una feria internacional. Antes es necesario estudiar el mercado, identificar a los compradores y construir una propuesta de valor. “La inteligencia de mercados debe comenzar antes de producir. Hay que saber quién será el cliente y qué mercado valora la propuesta”, puntualizó.

La experiencia con un tostador danés interesado en café boliviano procedente de zonas cercanas a áreas protegidas evidencia esa demanda. La empresa no comercializa únicamente el café: comunica su relación con la protección de cuencas y la conservación de la fauna del territorio donde se produce.

El comprador tiene capacidad para aumentar sus adquisiciones, pero los proveedores bolivianos todavía no pueden asegurar el volumen requerido. Por eso, el café se comercializa como un producto de temporada y no durante todo el año.

Otro caso es el de los chocolates elaborados con cacao silvestre boliviano, que ingresaron a un segmento prémium con un precio superior al de marcas convencionales. Nuevamente, la limitada capacidad de abastecimiento apareció como una de las principales barreras para crecer.

Almendra chiquitana: la semilla es solo el 7% del fruto

El potencial no consiste únicamente en encontrar nuevas especies para exportar. Bolivia puede aprovechar de manera más completa los frutos que ya forman parte de cadenas comerciales. Javier Coímbra, de la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano, mostró esta posibilidad a partir de la almendra chiquitana.

Los primeros acopios organizados comenzaron alrededor de 2006 con aproximadamente 1.400 kilos. En 2011 llegaron a cuatro toneladas y, con el ingreso de compradores internacionales y el establecimiento de plantaciones, la producción continuó creciendo. En algunos años se reportaron más de 30 toneladas y actualmente existirían más de 1.000 hectáreas plantadas.

La almendra boliviana logró diferenciarse por sus características de calidad frente a la producción brasileña, donde es conocida como barú. “Esos valores y atributos diferenciadores son el ancla de la que debemos agarrarnos para potenciar su comercialización. Son nuestro mayor capital y no podemos perderlos”, sostuvo Coímbra.

Pero la semilla comercializada representa apenas el 7% del fruto. La pulpa constituye aproximadamente el 50% y contiene 38% de almidón, 29% de fibra, 20% de azúcar y 8% de proteína. Por su aporte energético y porque está disponible durante la época seca, esta pulpa puede utilizarse como alimento para el ganado. La característica abre la posibilidad de incorporar árboles de almendra chiquitana en sistemas silvopastoriles.

Incluso si el mercado de la semilla atravesara una caída, las plantaciones conservarían valor como soporte forrajero. Esto diversifica los beneficios, disminuye el riesgo de la inversión y favorece sistemas ganaderos que mantienen árboles en los potreros.

Cusi: aceite y carbón sin talar árboles

El cusi muestra otra posibilidad de aprovechamiento integral. Coímbra lo identificó como una de las mayores fuentes silvestres de aceite de palma del mundo, con la ventaja de que su producción no requiere desmontar el bosque para establecer plantaciones.

Aunque el recurso suele asociarse con la provincia Guarayos, San Ignacio de Velasco concentra 162.027 hectáreas, equivalentes al 70,1% del área de cusi identificada en Santa Cruz. Se estima que estas formaciones producen, en promedio, una tonelada de frutos por hectárea.

El aceite -el derivado más conocido- representa una proporción reducida. La semilla equivale al 7% del fruto y el aceite corresponde a aproximadamente la mitad de esa semilla. En términos del fruto completo, el rendimiento en aceite llega al 3,5%.

El mayor volumen se encuentra en el endocarpio o parte dura, que representa el 59% y puede transformarse en carbón con alto contenido de carbono fijo y elevado poder calorífico. A diferencia del carbón convencional, este producto no requiere cortar árboles. Se obtiene de frutos que caen y se renuevan cada año, por lo que Coímbra lo describe como un “carbón de cosecha”.

El aprovechamiento conjunto del aceite y el endocarpio podría generar una actividad económica de mayor escala y dar valor a la conservación de los bosques de cusi. Actualmente, en cambio, la especie llega a ser considerada un problema en algunas propiedades debido a su capacidad de regeneración y a la dificultad para eliminarla.

Isotoúbo: una fábrica natural de detergente

Otra posibilidad todavía poco explorada es el isotoúbo (Sapindus saponaria), un árbol cuyos frutos contienen saponina y pueden utilizarse para elaborar jabones, champús, detergentes y productos de higiene de origen natural. La especie crece desde las zonas húmedas del norte hasta el sur seco, es productiva, fácil de propagar y cultivar, y no presenta problemas importantes de plagas. Otra ventaja es que su cosecha no es perecedera: los frutos pueden almacenarse durante años sin perder su capacidad para el lavado.

Pese a estas condiciones, todavía no existe una cadena organizada ni una oferta exportadora. El paso pendiente es atraer actores interesados en investigar y estandarizar el recurso, desarrollar productos y vincularlos con mercados que buscan alternativas naturales para la higiene y la limpieza.

Achachairú: el riesgo de perder la ventaja del origen

El achachairú muestra una oportunidad perdida. Es uno de los pocos productos con una identidad de origen estrechamente vinculada con el oriente boliviano, pero otros países avanzaron con mayor rapidez en su cultivo y comercialización. Australia, Brasil y Estados Unidos ya desarrollan este fruto. En Brasil incluso se promociona como “achachairú boliviano”, mientras Bolivia todavía no cuenta con una ruta exportadora consolidada.

Coímbra advirtió que el mercado nacional puede encaminarse hacia una sobreoferta. La producción se concentra en un periodo corto, la fruta es perecedera y el consumo interno resulta insuficiente para absorber volúmenes crecientes.

La oportunidad está en abrir mercados para la fruta fresca y, posteriormente, para pulpa y productos liofilizados. El posicionamiento realizado por otros países puede contribuir a que el fruto sea conocido, pero Bolivia necesita actuar para no quedar fuera del mercado de un producto originado en su propio territorio. “De otro modo, quedaremos fuera del juego, lamentando lo que pudo haber sido y no fue”, advirtió Coímbra.

Trazabilidad y cero deforestación

Las nuevas exigencias ambientales están modificando las condiciones de acceso a los mercados. El Reglamento de la Unión Europea sobre productos libres de deforestación, conocido como EUDR, exige demostrar que materias primas como café, cacao, madera, soya y carne bovina no proceden de tierras deforestadas o degradadas.

Para los exportadores bolivianos, esto implica contar con georreferenciación, trazabilidad y documentos que permitan verificar el cumplimiento ambiental. Otros países también avanzan hacia requisitos destinados a controlar la deforestación asociada con los productos importados.

Miranda señaló que el acceso al financiamiento depende cada vez más de demostrar que la producción es sostenible, respeta los derechos de las comunidades y genera beneficios en los territorios. La trazabilidad, por tanto, no es solamente una exigencia comercial: puede convertirse en una ventaja para los productos procedentes de bosques conservados.

Una estrategia que trascienda los gobiernos

Las experiencias de Perú, Uruguay y Chile muestran que desarrollar el biocomercio requiere políticas sostenidas durante décadas. Perú comenzó hace unos 30 años la construcción de su estrategia, desarrolló un sello oficial de biocomercio y consolidó cadenas de alimentos, fibras e ingredientes naturales. Uruguay convirtió la bioeconomía en una política de Estado con horizonte al 2050 y desarrolló un ecosistema que exporta bienes y servicios vinculados con la biotecnología. Chile se posicionó en la producción de semillas y la biotecnología vegetal mediante investigación, capacidades técnicas y una regulación predecible.

Bolivia todavía no cuenta con una estrategia nacional formal que articule comercio, medioambiente, ciencia, comunidades, propiedad intelectual y financiamiento bajo una visión exportadora común. Los participantes del foro coincidieron en que esta estrategia debe construirse mediante una alianza entre el Estado, las empresas, la academia, las comunidades y la cooperación internacional. También debería incorporar metas verificables, investigación, capacitación, certificaciones, financiamiento y una marca país vinculada con biodiversidad, calidad y sostenibilidad.

A ello se suman obstáculos inmediatos: trámites prolongados, demoras en las inspecciones sanitarias, costos logísticos, bloqueos, falta de combustible y dificultades para acceder a créditos adecuados a los ciclos del biocomercio.

El potencial existe y las experiencias de empresas locales ya lo están convirtiendo en productos tangibles. El siguiente paso es conseguir que estas experiencias alcancen escala, se conecten con la ciencia y respondan a las exigencias de los mercados sin poner en riesgo los ecosistemas que les dan origen.

En este escenario, conservar la biodiversidad deja de ser visto únicamente como una responsabilidad ambiental. Puede convertirse en una estrategia para diversificar las exportaciones, generar empleo rural y producir mayor valor en los territorios. Pero para ello Bolivia debe pasar de ofrecer materias primas excepcionales a construir cadenas capaces de vender identidad, conocimiento, sostenibilidad y transformación.

Diversas empresas mostraron el trabajo que están realizando para impulsar exportaciones no tradicionales.