Cecilia González Paredes
Biotecnóloga y divulgadora científica
El artículo publicado en The Atlantic[1] no anuncia que desaparecieron los libros, sino algo más inquietante: que la lectura profunda está dejando de ser una práctica habitual entre las nuevas generaciones. Ese es el verdadero problema. Cada vez crecen más inmersos en un entorno que los acostumbra a leer por fragmentos, con prisa, saltando de una pantalla a otra y con poca tolerancia a textos largos, densos o exigentes.
El ejemplo en concreto que cita la autora Rose Horowitch, es sobre un estudiante de Harvard que no pudo comprender La Naranja Mecánica, refiriéndose a dicho libro como literatura antigua. Si bien A. Burgess utiliza un argot juvenil que él denomina nadsat, este puede llegar a ser entendible luego de revisar un par de veces el glosario, salvo que exista versiones que no lo incluyen pero en la era del Internet, esto ya no es un desafío.
La alarma no viene solo de Estados Unidos. El Banco Mundial advirtió que en América Latina hay una generación que lee sin comprender, mientras en España se habla de jóvenes que leen más, pero entienden menos, y en Costa Rica se insiste en que saber leer no equivale a comprender lo leído. En Bolivia esa distancia también se siente: estudiantes que repiten información, pero no siempre logran explicar un texto, relacionar ideas o construir una postura propia. El problema no es la lectura en sí, sino el tipo de lector que estamos formando.
¿Por qué pasa esto? Porque las nuevas generaciones han sido educadas en un ambiente de velocidad permanente. Redes sociales, videos breves, notificaciones, resúmenes automáticos y multitarea entrenan la atención dispersa, no la concentración sostenida. A eso se suma una escuela que muchas veces premia la respuesta rápida antes que la comprensión real. Leer de verdad no es solo reconocer palabras; es interpretar, inferir, comparar, volver atrás, detectar matices y sostener una idea mientras el texto avanza. Cuando esa práctica se debilita, la lectura se vuelve superficial aunque siga presente en la rutina diaria.
Por eso el papel sigue teniendo un lugar importante. Leer en papel obliga a otro ritmo: menos distracciones, más concentración, más cercanía física con el texto. No es nostalgia; es una manera concreta de cuidar la atención. Lo mismo ocurre con escribir a mano. Diversos estudios muestran que la escritura manual fortalece la memoria, la comprensión y el aprendizaje porque exige procesar mejor la información, seleccionar lo importante y ordenar el pensamiento. Cuando uno escribe a mano, no copia solamente: piensa mientras escribe, y eso deja una huella más profunda.
En la universidad esto se vuelve decisivo. Allí no basta con buscar datos ni con repetir lo que aparece en una pantalla. Hace falta leer textos complejos, discutirlos, relacionarlos con otros y producir ideas propias. Un estudiante que no desarrolla esa capacidad puede acumular información, pero no necesariamente conocimiento. Por eso leer en papel y tomar apuntes a mano siguen siendo herramientas valiosas para el aprendizaje universitario. Ayudan a comprender mejor, a retener más y a pensar con mayor claridad.
Tal vez el problema no sea que ya no leemos, sino que estamos leyendo cada vez con menos profundidad. Y esa diferencia importa más de lo que parece. Porque una sociedad que pierde el hábito de comprender lo que lee también pierde parte de su capacidad para pensar críticamente, debatir con rigor y participar con criterio en la vida pública. El desafío no es defender el pasado por nostalgia, sino recuperar formas de lectura que todavía enseñan a comprender de verdad.
A este punto, aplaudo y reconozco el valor de la labor que lleva adelante el Club de Lectura La Paz, con distintas capacitaciones, talleres de escritura y grupos de lectura, lo mismo que SAMAWI, una comunidad de lectores que se juntan a leer en silencio en espacios públicos o las sesiones que a veces se dan en la casa de Flavio Machicado. Seguro que en el eje troncal existen otras iniciativas más, todas necesarias.
Por eso no basta con quedarnos en la preocupación. Hay que actuar en serio: volver a leer sin prisa, volver a escribir a mano, volver a discutir textos con calma y volver a exigir comprensión, no solo velocidad. En las aulas, en la universidad, en las familias y en cada espacio de formación, necesitamos recuperar la lectura como una práctica de pensamiento, no como un trámite. Si no lo hacemos, el costo no será solo académico. Será también cultural, ciudadano y, sobre todo, humano.
[1] https://www.theatlantic.com/magazine/2026/08/reading-crisis-postliterate-age/687618/
