Cecilia González Paredes
Biotecnóloga y divulgadora científica
El Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) es una evaluación que mide, cada tres años, las competencias de jóvenes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias, con el objetivo de ofrecer una radiografía comparada de la calidad de los sistemas educativos. En la edición 2025 participaron 91 países y economías, representando a unos 33 millones de estudiantes.
Sin embargo, hay naciones que optan por no rendir la prueba o quedan excluidas por no cumplir con los requisitos metodológicos. Bolivia es uno de los países que no participa, junto a otros de la región que en esta edición se retiraron o no lograron muestra representativa, como Panamá.
Los promedios globales de PISA 2025 fueron de 482 puntos en ciencias, 463 en matemáticas y 461 en lectura. Lo alarmante es la caída generalizada respecto a mediciones anteriores, especialmente en lectura, donde el promedio bajó de 409 a 399 puntos en algunos reportes regionales, marcando niveles históricamente bajos desde que PISA existe.
Lo que más llama la atención y debería inquietarnos profundamente es que los jóvenes estudiantes muestran deficiencias críticas en comprensión lectora: muchos no logran entender textos básicos, inferir información o argumentar a partir de lo leído. En matemáticas, la situación es igualmente preocupante: las habilidades para resolver problemas, razonar cuantitativamente y aplicar conceptos en contextos reales están en peligro. Esto no es solo un problema académico; es una amenaza para el futuro laboral, científico y democrático de toda una generación.
En la región hispanoamericana, Uruguay se mantiene como el país con mejor desempeño general. Obtuvo 444,5 puntos en ciencias (líder junto a Chile), 404,9 en matemáticas (segundo, a un punto de Chile) y 423,2 en lectura (segundo, detrás de Chile con 436). El promedio latinoamericano en lectura fue de 389 puntos, muy por debajo del promedio OCDE de 461. Ningún país de la región alcanzó el nivel esperado.
Esta realidad nos obliga a reflexionar: ¿será que en la región las profesiones en ciencia y educación son las menos elegidas precisamente porque el sistema educativo ha fallado estrepitosamente en estas áreas? Cuando los estudiantes no desarrollan competencias básicas en lectura y matemáticas, es lógico que pierdan interés y capacidad para perseguir carreras científicas, técnicas o pedagógicas. No es vocación lo que falta; es cimiento. Un sistema educativo deficiente en ciencias y matemáticas no solo produce bajos puntajes; produce ciudadanos con herramientas insuficientes para pensar críticamente, innovar o transformar su realidad.
Bolivia, mientras tanto, sigue fuera del mapa. No participar en PISA no nos exime del fracaso; solo nos condena a la ceguera. Sin una radiografía objetiva, no hay diagnóstico; sin diagnóstico, no hay cura. Y aquí viene la reflexión más incómoda: en Bolivia, mientras los maestros de magisterio solo piden aumentos salariales, no se ve la motivación para realmente mejorar la enseñanza. Uno duda si hay vocación o solo la comodidad de un sueldo asegurado. ¿Se imparte mala enseñanza por falta de formación, por desinterés o por un sistema que premia la antigüedad y no la excelencia? Mientras los sindicatos negocian aumentos, los estudiantes siguen sin aprender a leer, a razonar, a preguntar. Y eso, más que un fracaso educativo, es un fracaso moral.
La educación no se arregla con decretos ni con aumentos. Se arregla con vocación, con exigencia, con evaluación, con participación en pruebas como PISA que nos digan, sin eufemismos, qué tan bien o mal lo estamos haciendo. Bolivia no puede seguir siendo la excepción que confirma la regla del fracaso. Es hora de dejar de esconderse y empezar a medir, para poder mejorar.
