FORMACIÓN. La educación superior enfrenta diversos desafíos que van desde formar profesionales para puestos que aún no existen hasta generar espacios de mayor inclusión.
La educación superior atraviesa uno de los procesos de transformación más profundos de las últimas décadas. La expansión de la inteligencia artificial, la necesidad de formar profesionales para empleos que aún no existen, el aprendizaje permanente y la urgencia de construir instituciones más inclusivas y sostenibles están redefiniendo el papel de las universidades.
Ese fue uno de los principales mensajes que dejó la directora de Desarrollo de Capacidades del Instituto Internacional para la Educación Superior en América Latina y el Caribe de la UNESCO (UNESCO-IESALC), Yuma Inzolia, durante su participación en el VII Foro Internacional de Innovación Educativa (FIIE) 2026, organizado por Unifranz.
Basada en el más reciente Informe Mundial sobre Tendencias de la Educación Superior, presentado por UNESCO-IESALC, la especialista sostuvo que las universidades ya no pueden limitarse a adaptarse a los cambios tecnológicos, sino que deben liderarlos.
«El desafío que vemos hoy ante la educación superior no es adaptarse a ese futuro, sino realmente construir uno nuevo. Ese es un pilar fundamental de las instituciones de educación superior, de los modelos educativos de nuestros países y, sobre todo, de nuestra región», afirmó durante su conferencia magistral.
Replantear la forma en que se aprende
Para Inzolia, la transformación comienza por replantear la manera en que las personas aprenden a lo largo de su vida. Entre las principales tendencias identificadas por la UNESCO figuran las trayectorias flexibles de aprendizaje, la incorporación de competencias digitales en todos los programas académicos, el fortalecimiento del liderazgo transformador, el desarrollo de una visión sistémica de la educación y la consolidación de universidades capaces de responder a los desafíos sociales con evidencia e innovación.
«Las tendencias se dirigen principalmente a reconocer trayectorias flexibles de aprendizaje, incorporar las competencias digitales dentro de las currículas educativas, fortalecer una visión sistémica del modelo de enseñanza y aprendizaje, consolidar competencias clave para la sociedad y promover un liderazgo sostenible y transformador», explicó en una entrevista concedida durante el foro.
La experta aclaró que ninguna de estas tendencias puede considerarse secundaria o pasajera, ya que su importancia dependerá del contexto y de las prioridades de cada país. Sin embargo, destacó un aspecto que considera indispensable para medir el verdadero aporte de las universidades.
«Un punto importante que me gustaría destacar es todo lo que tiene que ver con la evaluación del impacto. Es fundamental para transformar la misión sustantiva de la universidad hacia modelos orientados claramente al desarrollo de transformaciones sociales», señaló.
Cobertura no es sinónimo de éxito
Durante su exposición, Inzolia presentó cifras que reflejan tanto los avances como los desafíos de la educación superior a nivel mundial. Recordó que actualmente existen 269 millones de estudiantes matriculados, frente a los 100 millones registrados en el año 2.000, mientras que América Latina ya supera el promedio mundial de acceso con una tasa bruta de matrícula del 53%.
No obstante, advirtió que el crecimiento del acceso no garantiza mejores resultados. En la región, explicó, más de la mitad de los jóvenes ingresa a la universidad, pero menos de una cuarta parte logra concluir sus estudios, una realidad que obliga a repensar los modelos de formación y permanencia.
Entre los cuatro grandes ejes que, según la UNESCO, marcarán el futuro de la educación superior destacan la inclusión y la equidad, la igualdad de género, el aprendizaje a lo largo de la vida y la transformación digital.
Digitalización sin conexión
Respecto a este último punto, la especialista llamó la atención sobre una contradicción que enfrentan numerosos sistemas educativos.
«El 77% de los países prioriza la digitalización dentro de sus planes nacionales de educación superior, pero un tercio de la población mundial permanece sin conexión y el 80% del profesorado reconoce que no cuenta con las competencias necesarias para utilizar adecuadamente la inteligencia artificial», explicó.
Ante ese escenario, defendió el desarrollo de las microcredenciales y de modelos flexibles de aprendizaje como herramientas para responder a las nuevas demandas laborales y facilitar la actualización permanente de competencias.
Otro de los cambios relevantes, añadió, está relacionado con una nueva concepción de la internacionalización. A diferencia del pasado, cuando ésta se limitaba a la movilidad estudiantil, hoy implica construir currículos internacionales, fortalecer redes de investigación, desarrollar laboratorios virtuales y ampliar la cooperación entre universidades.
«Hoy, cuando hablamos de internacionalización, no hablamos solo de movilidad. Hablamos de currículos internacionalizados, de cooperación, de aprendizaje en línea, de alianzas de investigación y de ciudadanía global», sostuvo.
Inzolia también planteó que la confianza será uno de los pilares sobre los cuales deberá construirse la educación superior del futuro. «Los estudiantes necesitan confianza en que sus calificaciones serán reconocidas; los empleadores necesitan confiar en el valor de esas competencias y las instituciones necesitamos confianza en la calidad de nuestros programas», afirmó.
Sostuvo que estas transformaciones solo serán posibles si las universidades dejan de reproducir modelos del pasado y se convierten en agentes activos de cambio.
«Tenemos que volvernos agentes de cambio. Debemos activar mecanismos que nos permitan dar respuesta a estas transformaciones desde nuestros contextos, desde nuestras instituciones, desde nuestras aulas y desde nuestros gobiernos», expresó.
La especialista concluyó que ninguna innovación tecnológica tendrá impacto si no está acompañada por una formación ética y centrada en las personas. «Tenemos que volver a la formación en valores. Sin una formación ética no reconoceremos los derechos del otro y la universidad que queremos construir simplemente no será posible», afirmó.
Las reflexiones de Inzolia se alinearon con el espíritu del FIIE 2026, cuyo eje central fue la construcción de un nuevo contrato educativo hacia el 2030. Más allá de identificar tendencias globales, el foro planteó un reto mayor: convertir esos cambios en políticas públicas, estrategias institucionales y acciones concretas que permitan a las universidades formar ciudadanos capaces de responder a un mundo cada vez más complejo, interconectado y cambiante.
