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Bioinsumos, agricultura de precisión y cuidado del suelo marcan el camino hacia una producción más sostenible

AGRICULTURA. Especialistas de Bolivia, Argentina y Brasil analizaron tecnologías y prácticas destinadas a mejorar la productividad sin descuidar la fertilidad del suelo. El encuentro también puso sobre la mesa las condiciones económicas, tecnológicas e institucionales que inciden en su adopción.

Bioinsumos que interactúan con la vida del suelo, drones que permiten pulverizaciones más precisas, cultivos de servicio que contribuyen a reducir las brechas de carbono y herramientas geoespaciales para tomar mejores decisiones en el campo, forman parte de las alternativas que buscan combinar productividad y sostenibilidad en la agricultura.

Estas prácticas fueron analizadas durante el Primer Congreso Internacional de Agricultura Sostenible, realizado el 7 y 8 de septiembre en Santa Cruz, con la participación de especialistas de Bolivia, Argentina y Brasil. El encuentro concluyó con un simposio destinado a estudiantes de carreras vinculadas con las ciencias agrícolas.

A lo largo de las dos jornadas se abordaron la perspectiva climática para la campaña de verano 2026-2027, la agricultura de precisión, el manejo sostenible de suelos, la nutrición de cultivos, el control de malezas, los bioinsumos y las oportunidades de mercado para una producción con criterios de sostenibilidad. También se analizaron las posibilidades del sorgo y el mijo como cultivos alternativos y las medidas para enfrentar el jopo (Orobanche cumana), una maleza parásita que amenaza la producción de girasol.

Tecnología para producir y cuidar el suelo

Uno de los ejes centrales fue la necesidad de elevar la productividad sin agotar la capacidad de los suelos. El argentino Gervasio Piñeiro presentó evidencia sobre las brechas de carbono y fertilidad, mientras que el boliviano Jorge Terrazas abordó el uso de la agricultura de precisión y el análisis geoespacial.

El brasileño Fernando Soriani expuso sobre la utilización de drones para realizar pulverizaciones de precisión. Modesto Roque Mita analizó el manejo de malezas en la producción de soya y los especialistas Pablo Franco Matny, de Bolivia, y Roque Guillén, de Argentina, explicaron las alternativas de manejo sostenible y resistencia genética frente al jopo.

Durante la segunda jornada, los bioinsumos fueron presentados como herramientas capaces de complementar los sistemas productivos mediante microorganismos que actúan en interacción con la vida del suelo y pueden contribuir a reducir el uso de agroquímicos.

“Vimos prácticas que nos ayudan a ser más productivos conservando la nutrición del suelo y la vida que tiene”, afirmó el presidente de la Asociación de Productores de Oleaginosas y Trigo (Anapo), Abraham Nogales, al concluir el congreso.

Según el dirigente, varias de estas prácticas ya forman parte de las decisiones cotidianas de algunos productores. Sin embargo, su aplicación y expansión dependen tanto de la responsabilidad individual como del acceso a información, tecnología y condiciones adecuadas para producir.

La Chiquitanía, entre la producción y el cuidado

La aplicación territorial de estas prácticas fue expuesta por el ingeniero Jorge Escalante, quien presentó su experiencia de manejo agrícola sostenible en la Chiquitanía. La región fue descrita por Nogales como una zona con posibilidades de expansión y alta productividad, pero también como un territorio que requiere especial cuidado. Sostuvo que el manejo adecuado y la reposición de nutrientes son esenciales para preservar su capacidad productiva durante las próximas generaciones.

La experiencia resulta especialmente relevante por las características ambientales de la Chiquitanía, donde el crecimiento de la actividad agrícola plantea el desafío de producir sin acelerar la degradación de los suelos ni aumentar la presión sobre los bosques.

Tres condiciones para la sostenibilidad

Además de las alternativas técnicas, el encuentro abrió la discusión sobre las condiciones económicas e institucionales necesarias para que estas prácticas puedan extenderse.

Nogales planteó que la sostenibilidad agrícola se apoya en tres pilares: el ambiental, relacionado con el cuidado del suelo, el agua y los bosques; el económico, que exige que la actividad sea rentable para el productor; y el institucional, que comprende la seguridad jurídica sobre la tierra y el acceso a tecnología, energía y mercados.

“La sostenibilidad tiene tres pilares, y los tres se sostienen, o se caen juntos”, afirmó. Desde su perspectiva, “ningún productor que pierde dinero puede cuidar el suelo: primero sobrevive y después conserva”.

El dirigente también vinculó esta discusión con las dificultades que atraviesa el sector por el abastecimiento y el costo del diésel, las restricciones a las exportaciones y las limitaciones para acceder a la biotecnología que ya se utiliza en Argentina y Brasil.

En ese contexto, pidió reciprocidad en las condiciones de competencia. “Si se nos exige producir con los costos internacionales, es justo que se nos permita hacerlo con la tecnología y las herramientas que el mundo entero utiliza”, señaló.

Anapo representa a más de 14.000 productores, en su mayoría pequeños. De acuerdo con sus datos, en 2025 sus asociados produjeron 5,6 millones de toneladas de soya, maíz, sorgo, girasol, trigo y chía, generaron más de USD 1.100 millones en exportaciones y sostuvieron alrededor de 120.000 empleos directos e indirectos.

Conocimiento para una nueva generación

El ciclo cerró con el Primer Simposio de Agricultura Sostenible, desarrollado en la Universidad Evangélica Boliviana y dirigido a estudiantes de carreras relacionadas con la producción de alimentos. La actividad fue organizada por Anapo y esa universidad, con el respaldo de WWF Bolivia y Solidaridad.

Los futuros profesionales conocieron experiencias sobre cultivos de servicio y brechas de carbono, bioinsumos, agricultura inteligente, manejo y nutrición de suelos, fertilización y oportunidades de mercado. Nogales señaló que el sector agrícola enfrenta un proceso de relevo generacional y necesita acercar a los nuevos profesionales a las tecnologías y prácticas que comienzan a transformar la producción.

Tras esta primera experiencia, adelantó que el Congreso Internacional de Agricultura Sostenible podría realizarse cada dos años. Su continuidad permitiría mantener el intercambio entre productores, especialistas y universidades, pero el desafío principal estará fuera de los auditorios: convertir el conocimiento técnico en prácticas accesibles que mejoren la productividad, protejan los suelos y respondan a las condiciones concretas de los productores bolivianos.